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UNA VIDA DE PERROS

Estefanía Salyers  

5


Fragmento

1

El día D

Es el día, el 30 de julio de 2017. Y es la hora, las once de la mañana. No es un día cualquiera. ¿Por qué lo sé? Porque no puedo respirar. Estoy muy acelerada y noto cómo los latidos de mi corazón se mezclan con el repicar de las campanas de la iglesia del barrio, que resuenan en mi cabeza tanto o más que mi propia conciencia y ejercen de recordatorio del inevitable paso del tiempo.

Me pregunto cómo he llegado hasta aquí, pero no tengo respuesta. O si la tengo no es la que quiero oír, porque lo cierto es que no hay otro motivo más que la pura cobardía.

Situada frente al altar, observándolo todo y a todos, pero sobre todo a él, sé que ha llegado el momento. Tengo que hacer algo. Debo tomar las riendas de mi vida e ir en otra dirección. En una completamente opuesta a la que he tomado hasta ahora y que me ha llevado a estar donde no quiero estar: justo aquí.

Doy un paso muy leve, casi imperceptible. Aun así, inmediatamente se hace un breve silencio en toda la capilla. Sé que el cura se acerca a la parte de su discurso donde, inevitablemente, si no hago nada, todo seguirá su curso. Nada cambiará.

«Venga, que tú puedes hacerlo. Pon fin a esta farsa», me digo a mí misma en silencio.

Pasa un segundo, me aclaro la garganta y tomo más aire. Dos segundos, abro la boca y…

«Hazlo, no te lo pienses dos veces», me ordeno de forma muda, aunque siento como si todo el mundo pudiera oírme.

Tres segundos y… No puedo. Todavía no. Me lo tengo que pensar dos veces, tres y hasta cincuenta y cuatro. No es nada fácil.

Y es que Alberto parece feliz. Está radiante vestido de esmoquin. Ese traje de color azul marino, que jamás habría imaginado se pudiera llegar a poner de manera voluntaria. Siempre creí que para verlo vestido así debería poco menos que chantajearle. O amenazarle. Pero aquí está y le sienta mucho mejor que a cualquier modelo de El Corte Inglés. Está más guapo que nunca y eso hace que me ahogue un poco más; la angustia y el nerviosismo me vencen. Es como si me hubiera comido un paquete entero de hostias y ni un trago de vino para pasarlas. La culpa se me hace bola. O tal vez es el amor, no lo sé. Pero el caso es que ya no puedo más. Es ahora o nunca.

Espero que sea capaz de perdonarme en un futuro cercano o incluso lejano. Me conformo con que allá por 2038 me llame un día y me diga «No pasa nada, todo está bien».

Qué se le va a hacer, lo del perdón a unos nos cuesta más que a otros, lo entiendo. Nunca es tarde, dicen. Bueno, tarde sí puede llegar a serlo. A saber dónde estaré dentro de veintiún años. ¿Acaso alguien lo sabe con seguridad? El futuro es lo que tiene, que nadie puede garantizarte nada, pero, en este momento, mi presente me dibuja un futuro más que incierto, aunque con algo claro entre tanta incertidumbre. Lo único que sé con certeza es que Alberto no me va a perdonar de la noche a la mañana.

No es fácil mirar hacia otro lado ante un asunto tan delicado y lo que estoy a punto de hacer…

Aquí estoy yo, a punto de arruinar el día más importante de su vida. El de su boda. No solo espero que pueda perdonarme él, sino también perdonarme yo, aunque sospecho, no me preguntéis por qué, que me va a acabar odiando.

Miro a mi alrededor, explorando el territorio, ya que quiero calcular cuánta gente hay en la sala para elevar a esa potencia numérica mi propia vergüenza y culpabilidad. Afortunadamente no somos tantos, pero contamos mucho. Entre los invitados, además de la familia, están nuestros mejores amigos, algunos ya casados también. Y divorciados. Pero para llegar a eso hay que ir paso a paso. No es que piense en el divorcio, bueno, sí, pero sobre todo pienso en evitar la boda. He llegado a la conclusión de que es lo mejor. Es lo que tengo que hacer.

Tal vez sea un poco tarde. Sé que no es el momento idóneo y tampoco es el lugar. En esta pequeña capilla, decorada en tonos cálidos y delicadamente simple, es donde, ahora mismo, siento que muero poco a poco. De vergüenza primero, y de desamor todo el rato.

Se me acaba el tiempo, así que respiro hondo, cierro los ojos y vuelvo a escuchar a mi corazón; casi se me sale por la boca. Me tiemblan hasta las orejas. Debo hacerlo.

Doy otro paso, me aparto un poco, cojo impulso y espero escuchar esas palabras mágicas que pueden abrir la puerta a mi felicidad eterna o lanzar un poco más de tierra a mi particular hoyo. Es la hora.

Tengo que evitar que Alberto Marín, el gran amor de mi vida, se case con Julia Fontana.

Y tengo que hacerlo ya.

—Si hay alguien en la sala que se oponga a este enlace que hable ahora o calle para siempre —dice el cura, con lo que da pie a algo que jamás se podría haber imaginado. Y yo tampoco.

—¡Guau! —digo, no es una exclamación de sorpresa, sino un sonido gutural, grave, de ultratumba, que me deja totalmente desconcertada.

No me lo puedo creer. ¿Qué es eso? ¿Qué acabo de hacer? ¿Ladrar? No es posible. Me lanzo a por el segundo intento, tengo algo muy importante que decir y, obviamente, no es eso.

—Guau, guau guau guau. ¡Guau!

Mi cara de estupefacción es directamente proporcional a las miradas de los invitados. Por no hablar de la expresión de Alberto, que consigue aunar en un único arqueo de cejas la sospecha acumulada durante tiempo y la certeza repentina de que yo, Lucía Palacios, soy… diferente. Socialmente extravagante. Rara de cojones. Y, para que no haya dudas, subnormal perdida.

Vuelvo a probar a decir lo que quiero anunciar. A la tercera va la vencida, pienso. Pero no.

—Guau, ¡¿guauuu?!

Nada, no hay forma, ya no hablo español. Ni humano. Solo puedo ladrar. Vale que estoy nerviosa, pero ¿qué clase de broma del destino es esta? Yo he venido aquí a hablar de mí. Bueno de mí y de Alberto. De nosotros. He venido a evitar una boda por una simple razón: la novia no soy yo. Tengo que hacer ver a Alberto que está a punto de cometer el mayor error de su vida casándose con ella y no conmigo. ¿Y ese es el mejor argumento que tengo? El universo ha decidido demostrarme, en el peor momento posible, que la vida puede ser muy perra, nunca mejor dicho.

No puedo dejar de sollozar y de emitir pequeños ladridos que, traducidos así, en líneas generales, vienen a significar «¿Por qué me pasan estas cosas a mí y por qué ahora?». Seguro que es por todas esas veces que no compartí en Facebook las peticiones de auxilio. Con lo fácil que sonaba: corta, pega y publica en tu muro por los niños de África, por los gatos de Roma, por el vecino del quinto al que le dieron cocido para comer en pleno mes de agosto. Si lo hubiera posteado seguro que mi vida ahora sería distinta.

Llegados a este punto, solo quiero irme a casa, quitarme los tacones y pedir lo que me merezco: «Corta y pega en tu muro si quieres que Lucía Palacios se case con Alberto Marín y nada de lo que acaba de suceder sea verdad».

Entre todos estos pensamientos inconexos y mis ladridos, empiezo a oír mi nombre a lo lejos.

—Lucía, Lucía…

Me giro rápidamente hacia mi derecha, pero todo el mundo está callado y ninguno de los asistentes parece haber pronunciado ni una palabra.

—Lucía, ¡Lucía! —sigo oyendo, así que, de golpe, me vuelvo hacia la izquierda, pero tampoco encuentro a nadie que me llame.

—Lucía, ¿estás bien?

—Gua, guuuau —digo en un intento inútil por responder a quien sea que me está preguntando. Sin embargo, no me entiendo ni yo.

De repente, noto una mano que se posa en mi hombro derecho, siento el calor de una palma nerviosa pero firme. Los dedos me ciñen el hueso, asiéndolo con determinación. La misma sensación se traslada al otro lado, siento cómo me agarran por el hombro izquierdo. Lentamente, me sacuden desde atrás. No consigo distinguir de quién se trata. El zarandeo cobra intensidad, como si fuera un terremoto. Me doy la vuelta y por fin veo a quien está llamando mi atención: es Clara, mi amiga de la infancia. Por unos segundos me siento bien de nuevo, tranquila. Hago amago de saludar, de decirle algo, pero en ese momento tan inesperado Él habla. No Dios, sino Alberto. No soy religiosa, no creo en nadie. Bueno, sí, en Alberto. Me doy cuenta de que siempre he creído que era el único capaz de arreglarme la vida. De destrozármela ya me encargo yo solita.

—¡L

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