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UPANISHADS (EDICIóN BILINGüE) (LOS MEJORES CLáSICOS)

Anónimo  

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Fragmento

INTRODUCCIÓN

El término sánscrito Upanishad, Upa-ni-shad, proviene de la unión del verbo sad, «sentarse», con upa —conectado a su vez con el latín sub, «debajo de»— y ni, que se encuentra en las palabras inglesas be-neath - y ne-ther. Todo junto vendría a señalar una lección sentada, una instrucción; la acción de sentarse a los pies de un maestro. Cuando leemos en los Evangelios que «Jesús subió a una montaña y, una vez instalado, sus discípulos se le unieron», podemos imaginarlos sentados a los pies de su Maestro, con lo que el Sermón de la Montaña podría considerarse en su conjunto un Upanishad.

Los Upanishads son tratados espirituales que varían en extensión. Los más antiguos fueron compuestos entre el 800 y el 400 a.C. Con el tiempo su número aumentó, y llegaron a editarse unos ciento doce Upanishads en sánscrito. Algunos fueron escritos en época tan reciente como el siglo XV. Estos últimos repiten casi todas las ideas de los antiguos Upanishads usándolas para una determinada escuela de pensamiento o instrucción religiosa. Los Upanishads más extensos y quizá los más antiguos son el Brihad-aranyaka y el Chandogya, que abarcan unas cien páginas cada uno, mientras que el Upanishad Isa, uno de los más importantes y que no dista en edad de la Bhagavad Gita, solo tiene dieciocho versos.

Si todos los Upanishads conocidos se reunieran en un solo volumen, constituirían una antología de aproximadamente la extensión de la Biblia. El espíritu de los Upanishads puede compararse con el del Nuevo Testamento, resumido en las palabras «Mi padre y yo somos uno» y «El reino de Dios está dentro de ti», cuya semilla ya se encuentra en las palabras de los salmos «Yo he dicho: Vosotros sois dioses, y todos sois hijos del Altísimo».

La Bhagavad Gita podría considerarse un Upanishad; de hecho, al final de cada capítulo hallamos una nota, añadida en tiempos posteriores, que comienza con las palabras: «He aquí, el Upanishad de la gloriosa Bhagavad Gita».

Teóricamente, un Upanishad podría incluso ser compuesto a día de hoy: un Upanishad espiritual que tendría su origen en la fuente Única de las religiones y el humanismo y que se aplicaría a las necesidades del mundo moderno.

Cuando el príncipe Dara Shukoh, hijo del emperador Shah Jahan constructor del Taj Mahal, visitó Cachemira en 1640, oyó hablar de los Upanishads e hizo traducir cincuenta de ellos al persa. Esta traducción se terminó en 1657 y Anquetil Duperron la vertió al latín mucho más tarde, publicándola en París en 1802. Schopenhauer leyó esta y dijo de los Upanishads: Su lectura «ha sido el consuelo de mi vida y lo será también de mi muerte» — «Sie ist der Trost meines Lebens gewesen und wird der meines Sterbens sein».

En los cantos de los Vedas encontramos la admiración del hombre ante la naturaleza: fuego y agua, los vientos y las tormentas, el sol y su salida se entonan con adoración. A veces nos recuerdan al amor por la naturaleza expresado por san Francisco cuando canta:

Gloria a ti, mi Dios, por el regalo de tu creación y especialmente por nuestro hermano, el sol, que nos concede el día y a través del cual nos das luz. Él es hermoso y radiante, y grande es su gloria, y da testimonio de ti, oh Altísimo.

Gloria a ti, mi Dios, por nuestro hermano el viento y el aire, sereno o en nubes y en todo tiempo, con el que sostienes a todas las criaturas.

Gloria a ti, mi Dios, por nuestra hermana agua, tan útil y humilde, preciosa y pura.

Gloria a ti, mi Dios, por nuestro hermano fuego con el que iluminas la noche; él es bello, dichoso, fuerte y poderoso.

Los cantos de los Vedas no pueden comenzar con las palabras «Gloria a ti, mi Dios», como lo hace el texto de san Francisco, ni alcanzar el sublime final del canto: «Gloria a ti, mi Dios, por aquellos que perdonan por amor a ti» — «Laudato si, mi Signore, per quelli che perdonano per lo tuo amore». La ascensión de los muchos al Uno no se había completado aún en los Vedas, ni encontramos en ellos el Espíritu de amor revelado en el Upanishad Svetasvatara, en Buda y en la Bhagavad Gita.

Sin embargo, cuando en los Vedas el espíritu del poeta se hace uno con el dios de su alabanza, hallamos a menudo un sentido de unicidad, como si hubiera un Dios por encima de todos los dioses, como cuando oímos estas palabras dirigidas a Varuna, el Dios de la misericordia:

Oh Dios, te alabamos con nuestros pensamientos. Te alabamos aún cuando el sol te alaba cada mañana; para así encontrar la alegría sirviéndote.

Mantennos bajo tu protección. Perdona nuestros pecados y concédenos tu amor.

Dios hizo los ríos para que fluyeran. Nunca sienten cansancio, no cesan de fluir. Vuelan ligeros cual pájaros en el aire.

Que la corriente de mi vida

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