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ÁVALON (BRITANNIA. LIBRO 4)

Ana Alonso   Javier Pelegrín  

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Fragmento

Capítulo 1

Era tan profunda la sensación de bienestar, que Gwenn habría dado cualquier cosa por seguir dormida, o al menos sumida en aquel estado de semiinconsciencia en el que solo era capaz de sentir el ritmo lento, quizá demasiado lento, de su corazón. Pero algo tiraba de ella desde fuera, intentaba desesperadamente arrancarla del sueño.

Se resistió. No deseaba despertar. El esfuerzo le produjo un dolor intenso en el costado izquierdo. Por un momento se creyó capaz de detener su propia respiración. Sus pulmones, sin embargo, no tardaron en rebelarse. El aire los hinchó por dentro, alcanzó hasta el último rincón de su masa esponjosa con la violencia de una racha helada de viento. Los ojos se le abrieron antes de que pudiera hacer nada para evitarlo.

La luz era blanca, fría. No recordaba haber visto jamás una luz como aquella.

—Ha despertado —dijo una voz de mujer a su derecha.

Gwenn captó la suavidad cantarina del acento, pero no lo identificó. ¿Una mujer de las islas del Canal, tal vez? Intentó volver la cabeza para mirar, pero su cuerpo se hallaba inmovilizado. Empezó a ser consciente de la maraña de tubos que la mantenían atada a la cama. Algunos se los habían clavado a la piel, a la altura de las muñecas. Y sobre la boca y la nariz le habían puesto una especie de bozal rígido que le hacía daño, pero no le impedía tomar aliento. Inspiró hondo.

La silueta de una cabeza se recortó, en sombras, contra aquella luz imposible. Aunque no distinguía los rasgos, por la envergadura de los hombros dedujo que se trataba de un hombre.

—Si puedes oírnos, parpadea dos veces —dijo con el mismo acento aterciopelado que había empleado antes la mujer.

Gwenn cerró los ojos. No estaba segura de querer obedecer la orden de aquel desconocido.

—No lo hagas —murmuró otra voz en su interior—. No tienes por qué hacerlo.

El miedo le atenazó la garganta, y su dolor en el costado se intensificó. Había reconocido de dónde venía aquella otra orden. Era el Grial.

Lo tenía dentro. Incrustado en su cabeza, como la punta de una flecha en la carne de un herido. Aquel ente monstruoso que no era, en el fondo, más que un largo fragmento de código con vida propia existía ahora en el interior de su mente. Recordó el inmenso salón, los tapices de las paredes, la Tabla Redonda… Todas aquellas miradas hostiles fijas en ella. Miradas que, en otro tiempo, había considerado amigas. Y unos segundos más tarde, el momento del sacrificio, cuando tomó el cáliz entre las manos.

Lo peor no era que el Grial le hablase con su propia voz. Lo peor era que le sugería lo que ella secretamente deseaba: volver a sumirse en la inconsciencia, no enfrentarse a aquel mundo extraño de luces frías y blancas. Regresar.

Se obligó a ignorar el consejo y parpadeó dos veces.

No entendió muy bien el murmullo de voces que acogió su reacción. A juzgar por su tono, parecían agradablemente sorprendidas, incluso excitadas. Fuesen quienes fuesen aquellas personas, se alegraban de tenerla entre ellos. No era un mal principio.

Trató de preguntar dónde estaba, pero el bozal le impedía vocalizar y amortiguaba los sonidos que brotaban de sus labios. Oyó su propia voz deformada, como si resonara dentro de una campana.

Alguien, entonces, le arrancó aquella molesta mordaza. Al liberarse de ella se dio cuenta de lo resecos que tenía los labios. Se imaginó su superficie agrietada; de repente, podía percibir el dolor en cada uno de aquellos minúsculos desgarros en la piel.

—¿Por qué estoy atada? —preguntó—. ¿Dónde está Arturo?

Una cabeza distinta, femenina, se inclinó sobre la suya. A contraluz distinguió un rostro joven y amable.

—¿Quién es Arturo? —preguntó la mujer—. ¿Tu novio? ¿Un familiar?

—Arturo es mi marido, y el rey de Britannia —replicó Gwenn con toda la firmeza que pudo reunir.

Le extrañó el silencio que acogió sus palabras. Y más aún los susurros que vinieron a continuación.

—¿Qué ocurre? —consiguió articular—. No es aconsejable conspirar abiertamente en presencia de la reina.

—Un caso más —dijo la voz masculina, y emitió un suspiro de cansancio—. Habrá que derivarla a Psiquiatría.

Una voz de mujer, pero más autoritaria que la que había oído antes, contestó de inmediato.

—A Psiquiatría no —dictaminó en un tono que no admitía réplica—. Hay que avisar a la Unidad de Investigación de Arimatea. Están pendientes.

—Pero ¿no deberíamos trasladarla antes a planta y dejar que se recupere un poco? —preguntó la mujer más joven—. Tampoco creo que haya tanta prisa…

—Eso no lo sabemos ni tú ni yo —contestó la otra—. La directora fue bastante explícita cuando habló conmigo: «En cuanto despierte, que nos avisen». Pasaremos a recogerla. Así que no hay más que discutir: preparadla.

—Me parece prematuro —observó el hombre, alterado—. La dirección de aquí debería opinar también. Al fin y al cabo Arimatea es una institución privada. No tenemos ninguna obligación con ellos.

—Nuestra obligación, Frank, es hacer lo que esté en nuestras manos por acabar con esta epidemia. Y seamos realistas… Si Arimatea no lo consigue, no lo hará nadie.

—Eso es verdad —admitió la mujer joven.

Siguió un silencio tenso, que contrastaba vivamente con las voces alegres de antes.

—¿Adónde me van a llevar? —quiso saber Gwenn.

Una mano había comenzado a liberarla de algunos de los tubos que la sujetaban. Los de las muñecas, sin embargo, no se los quitaron.

Al menos pudo incorporarse. El vértigo se apoderó unos instantes de su cabeza, lo vio todo borroso. Cuando se le pasó, distinguió por fin a las tres personas a las que había oído antes.

Eran, como suponía, un hombre y dos mujeres. Pero lo que más le sorprendió fue su indumentaria: los tres llevaban mantos de un blanco inmaculado que se abotonaban por delante. Eran prendas cortas, bajo las cuales se veían las piernas enfundadas en extrañas calzas rectas y oscuras.

Se preguntó si serían sacerdotes o druidas pertenecientes a alguna secta desconocida para ella.

—¿No has oído hablar de Arimatea? —preguntó la mujer joven, extrañada—. Muchos estarían encantados de ir a parar a uno de sus centros, aunque solo fuese para presumir luego.

—Las pruebas cerebrales que se te hicieron cuando ingresaste han arrojado resultados… interesantes, digamos —explicó la otra mujer en tono pausado—. En Arimatea creen que tienes potencial para participar en el programa de protección de Britannia. Yo no sé más, es lo que nos han comunicado. Les avisaré de q

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