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VíBORA (LA GUARDIA DE LOS HIGHLANDERS 4)

Monica McCarty  

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Fragmento

1

Castillo de Balvenie, Moray, seis meses antes

Bella andaba distraída, con la mente extraviada en todo cuanto tenía que hacer antes de partir. «¡El broche!» No podía olvidarse del broche de los MacDuff para la ceremonia.

No se percató de que el guardia que debía estar a la puerta de sus aposentos no estaba hasta que fue demasiado tarde. Un hombre la agarró desde atrás por sorpresa cuando se disponía a entrar en la cámara. Sintió el peligro que irradiaba el intruso inmediatamente y su corazón, presa del pánico y el estupor, sufrió un brusco vuelco. Era un hombre grande y fuerte, tan firme como una roca. Mas no se la llevarían sin que opusiera resistencia. Bella la emprendió a golpes para liberarse, pero aquello solo sirvió para que el intruso la asiera con más fuerza. También intentó gritar, pero su mano ahogaba cualquier sonido.

—Calmaos —susurró una voz ronca a su oído—. No os haré daño. He venido para llevaros a Scone.

Aquellas palabras atravesaron la bruma del terror y la dejaron paralizada. ¿Scone? Si no partiría hacia Scone hasta el día siguiente. Además, los hombres de Robert la recogerían en el bosque cuando volviera de la iglesia, no en el castillo.

Mientras intentaba aclarar el malentendido y decidía si confiaba en él, su corazón latía a toda prisa, y no dejó de ser consciente ni por un instante de la férrea fuerza con que apretaba su pecho aquel brazo revestido de cuero. ¡Por Dios bendito, ese bruto podría partirla en dos solo con estrecharla con fuerza!

Permanecieron así sin moverse en aquella penumbra durante un minuto, mientras él esperaba a que sus palabras surtieran efecto.

—¿Lo habéis entendido?

Aquella voz bronca no la convencía en absoluto, pero ¿qué otra opción tenía? Su mano le tapaba la boca con tal fuerza que no podía respirar. Aparte de que ya podría haberla matado si esa fuera su intención. Una vez asimilado ese pensamiento tan consolador, Bella asintió y él la soltó lenta y cautelosamente. En cuanto pudo recobrar el aliento se volvió hacia él llena de rabia e indignación.

—¿Qué significa esto? ¿Quién...?

Bella se quedó sobrecogida al verlo. Era prácticamente de noche y entraba poca luz por la ventana de la torre, pero la suficiente para saber que sus temores no eran infundados. No era el tipo de hombre con el que una mujer querría estar a solas en la oscuridad, ni tan siquiera a la luz del día, así que el corazón se le encogió de nuevo. Santo Dios, ¿sería posible que Robert enviara a ese hombre? Parecía hecho para la intimidación: alto, de hombros anchos y muy musculoso. Un poderoso guerrero de los pies a la cabeza: fuerte, macizo, mortífero.

Pero no se trataba de un caballero. Eso lo supo con solo mirarlo. Tenía el aspecto de un hombre nacido para combatir, pero no montado en un corcel blanco con su reluciente armadura, sino como un bruto al que le gustara pelear en el barro. Parecía llevar armas suficientes para equipar a un pequeño ejército, y entre ellas destacaban las empuñaduras de dos espadas que portaba a la espalda. Apenas vestía con coraza, solo un cotun de cuero negro y unos botines ribeteados de acero. Su cota de malla se unía en el cuello a una renegrida cofia asimismo de malla, que lo protegía.

Pero fueron sus ojos los que la paralizaron. Eran de un color tan penetrante que parecían brillar en la oscuridad y relucían con una intensidad anormal bajo el horrendo nasal de acero. Jamás había visto ojos como aquellos. Un escalofrío le recorrió la espalda y se expandió sobre ella como una pátina de hielo. «Ojos de gato», pensó. Ojos de gato salvaje, de una intensidad escalofriante y una ferocidad depredadora innegable.

—Lachlan MacRuairi —dijo, respondiendo la pregunta que Bella no había acabado de formular—. Siento sorprenderos, condesa, pero era inevitable. No tenemos mucho tiempo.

Por segunda vez en aquella noche Bella se quedaba sin palabras a causa del asombro. ¿Lachlan MacRuairi? Abrió los ojos ante la sorpresa. ¿Ese era el hombre que Robert había mandado para escoltarla a salvo hasta Scone? ¿Un mercenario? Y no cualquier mercenario, sino un hombre cuyas proezas en las islas Occidentales lo convertían en el asesino a sueldo más famoso de Escocia, el mayor azote de los mares en el reino de los piratas. Estaba claro que tenía que haber un error. Lachlan MacRuairi vendería a su madre al mejor postor, si pudiera encontrarse a una madre que lo reclamara como hijo. Era un bastardo en todo, excepto por su sangre, heredera de uno de los mayores señoríos de las islas Occidentales. Aunque Christina de las Islas, su hermanastra legítima, hubiera recibido las tierras, él seguía siendo el jefe titular del clan. Sin embargo, había ignorado sus obligaciones y responsabilidades, abandonando a sus compañeros de clan para perseguir sus propios fines. Era un villano despiadado como jamás hubo otro y se rumoreaba que había asesinado a su propia esposa.

Bella no podía creerlo. No podía creer que con todo lo que ella arriesgaba Robert mandara a ese... ese... ¡Pero si no era más que un bellaco!

Se esforzó por ver en la oscuridad y captar los detalles que había pasado por alto. ¡Por todos los santos, solo bastaba mirarlo! Incluso tenía el aspecto de un bandido. Apostaría a que sus barbas no habían visto la sombra de una cuchilla en una semana. Una fina cicatriz le recorría la parte inferior de la mejilla, y su mirada era tan acerada y cortante que rajaría hasta las rocas. Bajo el yelmo, su pelo negro caía en gruesos mechones desgreñados que le llegaban hasta la barbilla. La parte de la cara que veía parecía cincelada a partir de un bloque de duro y frío granito. Bella se percató, no sin sorpresa, de que su mirada sibilina, la mandíbula afilada, los pómulos marcados y su ancha boca podrían pasa

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