Loading...

VEGA JANE Y EL REINO DE LO DESCONOCIDO (SERIE DE VEGA JANE 1)

David Baldacci  

0


Fragmento

Créditos

Título original: The Finisher

Traducción: Cristina Martín

1.ª edición: abril 2015

© 2014, by Columbus Rose, Ltd.

© Ediciones B, S. A., 2015

para el sello B de Blok

Consell de Cent, 425-427 - 08009 Barcelona (España)

www.edicionesb.com

DL B 9380-2015

ISBN DIGITAL: 978-84-9069-078-9

Todos los derechos reservados. Bajo las sanciones establecidasen el ordenamiento jurídico, queda rigurosamente prohibida, sin autorización escrita de los titulares del copyright, la reproducción total o parcial de esta obra por cualquier medio o procedimiento, comprendidos la reprografía y el tratamiento informático, así como la distribución de ejemplares mediante alquiler o préstamo públicos.

Contenido

Portadilla

Créditos

Nota del autor

Dedicatoria

Citas

UNUS. Un lugar llamado Amargura

DUO. Chimeneas

TRES. Héctor y Helena

QUATTUOR. Thansius

QUINQUE. La salida

SEX. Los Delphia

SEPTEM. Morrigone

OCTO. En el interior de un libro

NOVEM. La recompensa

DECEM. Un par de Dabbats

UNDECIM. Destin, la cadena

DUODECIM. La posibilidad imposible

TREDECIM. Morrigone llama

QUATTUORDECIM. Una noche de preguntas

QUINDECIM. El principio del fin

SEDECIM. La partida de John

SEPTENDECIM. Harry Segundo

DUODEVIGINTI. De nuevo en casa

UNDEVIGINTI. Sola de verdad

VIGINTI. Un aliado insólito

VIGINTI UNUS. Eón y el Agujero

VIGINTI DUO. El pasado no pasa nunca

VIGINTI TRES. ¿Quién debe sobrevivir?

VIGINTI QUATTUOR. Secretos

VIGINTI QUINQUE. La Empalizada de mentirijilla

VIGINTI SEX. El entrenamiento

VIGINTI SEPTEM. El Duelum

VIGINTI OCTO. El Valhall

VIGINTI NOVEM. El Consejo

TRIGINTA. Actúa o muere

TRIGINTA UNUS. Con la práctica se llega a la imperfección

TRIGINTA DUO. Una sola preocupación

TRIGINTA TRES. Enemigos unidos

TRIGINTA QUATTUOR. Mi yo mágico

TRIGINTA QUINQUE. Comienza la batalla

TRIGINTA SEX. La Sala de la Verdad

TRIGINTA SEPTEM. Un trío de farallones

TRIGINTA OCTO. Una apuesta ganadora

TRIGINTA NOVEM. Todo se derrumba

QUADRAGINTA. Espejito, espejito

QUADRAGINTA UNUS. Muy pocas cuñas

QUADRAGINTA DUO. Una pequeña travesura

QUADRAGINTA TRES. Cuestión de pergamino

QUADRAGINTA QUATTUOR. Vega, ahí debajo

QUADRAGINTA QUINQUE. Una noche especial

QUADRAGINTA SEX. El golpe llegado de ninguna parte

QUADRAGINTA SEPTEM. El polvo al polvo

QUADRAGINTA OCTO. Un batiburrillo de plan

QUADRAGINTA NOVEM. A la muerte

QUINQUAGINTA. El campeón del Duelum

QUINQUAGINTA UNUS. Respuestas, por fin

QUINQUAGINTA DUO. El fin del principio

Nota del autor

Apreciado lector:

De pequeño leí muchos libros de fantasía, pero lo cierto es que nunca probé dicho género cuando me hice escritor. Hasta que se me ocurrió una idea para un personaje: el de Vega Jane. Tuve el convencimiento de que la conocía a fondo, como si de repente hubiera irrumpido en mi cerebro ya totalmente conformada. Lo único que necesitaba era un argumento en el que situarla, y dicho argumento apareció por fin.

Aquel lugar denominado Amargura me envolvió de tal manera que distinguí con claridad todos sus detalles. Sentí el deseo de describir a lo grande un mundo pequeño. No quise ofrecer al lector un mundo enorme y dibujarlo con trazos superficiales, sino mostrarle un espacio diminuto y retratarlo de forma tan vívida que tuviera la impresión de encontrarse dentro de él. Así es como funciona en realidad la suspensión de la incredulidad que resulta necesaria en la mayor parte de la literatura de ficción, y desde luego en la literatura fantástica.

Espero que el lector disfrute leyendo el relato de Vega Jane y el reino de lo desconocido tanto como he disfrutado yo al escribirlo. Para mí representa una emoción muy profunda zambullirme de cabeza en el mundo de la fantasía y dejarme invadir por esa maravillosa capacidad de asombro que es propia de la adolescencia.

DAVID BALDACCI

Dedicatoria

A Rachel Griffiths,

gracias por haberte arriesgado con un autor llamado Janus Pope

Citas

A la mañana solo se puede llegar atravesando las tinieblas.

J. R. R. TOLKIEN

A veces he creído hasta en seis cosas imposibles antes de desayunar.

LEWIS CARROLL

Las personas que busquen aquí dentro erudición serán llevadas ante la ley; las personas motivadas por descubrir significados serán exiliadas; las personas que esperen sacar a la luz una alegoría serán ordenadas sacerdotes de manera sumaria.

El autor

UNUS. Un lugar llamado Amargura

UNUS

Un lugar llamado Amargura

Cuando oí el chillido, estaba dormitando. Me perforó el cráneo igual que un disparo de morta y generó una terrible confusión en mi cerebro. Fue tan estridente y aterrador como si todo estuviera ocurriendo allí mismo y en aquel mismo instante.

Tras el estruendo llegó la visión: el azul, el color azul, en una bruma en forma de nube que aparecía posada en el suelo y que me envolvió la mente al tiempo que apartaba todos los demás pensamientos y recuerdos. Cuando por fin desapareció, también se disipó mi confusión. Y, sin embargo, en todo momento tuve el convencimiento de que había algo de gran importancia que simplemente no había recuperado.

De repente me incorporé sobre la plataforma en que estaba tumbada, en lo alto de mi árbol, y al instante se despejaron la visión y la somnolencia. En la primera luz casi siempre estaba en lo alto de mi árbol, un robusto álamo que se elevaba recto hacia el cielo, dotado de una imponente copa densamente poblada. La escala que utilizaba para subir era una formada por veinte tablones recortados, fijados con clavos al tronco; allá arriba el suelo eran ocho listones anchos y astillados, y el techo, una tela impermeable que yo misma había untado con grasa, extendido sobre las ramas y sujetado bien tensa con unos metros de cuerda que robé furtivamente. Pero no pensaba en eso, porque en mis oídos todavía resonaba un grito, y no era el chillido de la bruma azul, que al parecer tan solo existía en mi mente. Aquel grito procedía de abajo.

Me acerqué hasta el borde de la plataforma para mirar hacia el suelo, y de nuevo lo oí. Esta vez iba acompañado de aullidos de caninos de ataque. Todo aquel griterío alteró profundamente lo que hasta entonces había sido un amanecer tranquilo.

Los Wugmorts, por lo general, no chillaban al amanecer, ni tampoco en ningún otro momento de la luz ni de la noche. Descendí a toda prisa por los tablones del tronco de mi árbol. Nada más tocar el suelo con las botas, miré primero hacia la derecha y después hacia la izquierda. Se hacía difícil distinguir de dónde provenían los gritos y los aullidos, porque entre los árboles los sonidos rebotaban y reverberaban de manera confusa.

Cuando vi lo que se me venía encima, me volví y eché a correr lo más rápido que pude. El canino había surgido de pronto de entre un grupo de árboles enseñando los colmillos y con los cuartos traseros empapados en sudor, señal del esfuerzo que estaba realizando.

Yo era bastante veloz para ser un Wugmort hembra, pero no había Wugmort, ni hembra ni macho, que fuera capaz de correr más rápido que un canino de ataque. Me preparé para sentir el impacto de sus colmillos en la piel y en los huesos. Pero me pasó de largo, redobló su esfuerzo y no tardó en desaparecer de mi vista. En aquella luz, yo no era su presa.

Miré hacia la izquierda y vislumbré entre dos árboles una mancha oscura... era una túnica negra.

Los del Consejo andaban por allí. Seguramente habían sido ellos los que habían soltado a los caninos de ataque.

Pero ¿por qué motivo? El Consejo, con una sola excepción, estaba formado por varones, la mayoría de ellos Wugs de más edad, y siempre guardaban las distancias. Aprobaban leyes, normas y otros edictos que debían acatar todos los Wugs, pero todos vivíamos en paz y en libertad, aunque sin muchos lujos.

Y ahora estaban allí, en el bosque, con caninos, persiguiendo algo. ¿A un Wug, tal vez? Lo siguiente que se me ocurrió fue que alguien se había escapado del Valhall, nuestra prisión. Pero ningún Wug se había fugado nunca del Valhall. Y aunque así fuera, yo dudaba que hubiera por allí algún miembro del Consejo intentando darle caza; para devolver al redil a los Wugs díscolos disponían de otros recursos.

Seguí corriendo, guiándome por los aullidos y por el ruido de rápidas pisadas, y no tardé en darme cuenta de que mi trayectoria me estaba acercando peligrosamente al Quag. El Quag era una barrera impenetrable que rodeaba Amargura igual que el lazo de una horca. Era todo cuanto existía allí: Amargura y el Quag. Nadie había atravesado jamás el Quag, porque los terribles monstruos que había allí dentro lo asesinaban a uno y lo dejaban hecho pedacitos. Y como más allá del Quag no había nada, nunca llegaban visitantes a Amargura.

Me aproximé al límite de aquel lugar tan terrible, que los Wugs sabíamos desde muy temprana edad, porque se nos repetía constantemente, que debíamos evitar. Aminoré el paso y terminé deteniéndome a unos pocos metros de donde arrancaba el Quag. El corazón me latía con fuerza y los pulmones estaban a punto de estallar, y no solo a consecuencia de la carrera sino también debido al hecho de encontrarme tan cerca de un lugar que no deparaba otra cosa que la muerte al que fuera tan idiota como para internarse en él.

Los aullidos ya habían cesado, y también las pisadas. Miré a mi izquierda y vislumbré brevemente unos cuantos caninos y a varios miembros del Consejo que escudriñaban las profundidades del Quag. No alcanzaba a verles la cara, pero imaginé que estarían tan atemorizados como lo estaba yo. Ni siquiera los caninos de ataque querían acercarse a aquel sitio.

Exhalé aire una vez más, y entonces fue cuando percibí un ruido a mi derecha. Miré en aquella dirección y, en un instante de aturdimiento, comprendí que estaba viendo a alguien desaparecer entre la maraña de la vegetación y los árboles retorcidos que se alzaban a modo de barricada alrededor del perímetro del Quag. Y se trataba de un Wug al que conocía bien.

Miré a la izquierda para ver si se había percatado de aquello alguno de los miembros del Consejo o alguno de los caninos, pero por lo visto no. Me giré de nuevo, pero la visión ya había desaparecido. Me pregunté si no habría sido producto de mi imaginación; ningún Wug se aventuraría voluntariamente en aquel lugar tan espantoso.

Estuve a punto de soltar un grito al sentir que algo me tocaba el brazo. Lo cierto es que casi me caí al suelo, pero lo que me tocó, que resultó ser una mano, logró mantenerme en pie.

—¿Vega Jane? Eres Vega Jane, ¿verdad?

Me volví y contemplé las rugosas facciones de Jurik Krone. Era alto y fuerte, tenía cuarenta y cinco sesiones y era un miembro del Consejo en rápido ascenso.

—Soy Vega Jane —acerté a decir.

—¿Qué estás haciendo aquí? —me preguntó. Su tono no era s

Sigue leyendo y recibe antes que nadie historias como ésta