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VELáZQUEZ DESAPARECIDO

Laura Cumming  

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Fragmento

1

UN DESCUBRIMIENTO

 

 

 

Mi padre murió repentinamente cuando yo estaba próxima a cumplir los treinta años. Era pintor. Una enfermedad mortal le atacó el cerebro, después los ojos. Atenazada por el dolor, no podía soportar mirar ninguna pintura que no fuera suya; era una forma de mantener su recuerdo tan cercano e íntimo como fuera posible, supongo, y una protesta ciega por que su vida y su arte se hubieran malogrado.

Pasaron varios meses. Fui a Madrid en pleno invierno; elegí esa ciudad porque ni él ni yo habíamos estado allí, y yo no hablaba español. No habría viejas asociaciones ni nuevas conversaciones; el tiempo podría detenerse mientras yo no pensaba en nada ni en nadie más que en él. Cada día salía de la habitación del hotel y daba vueltas sin parar por las calles, alejándome poco a poco hasta los helados suburbios y, más allá, las montañas con las cumbres nevadas. No sabía qué otra cosa podía hacer.

Pero Madrid no es grande. Me encontré pasando por delante del Museo del Prado una y otra vez, incluso dos veces en el mismo día, obstinándome en no entrar. Al final, el esfuerzo por evitar aquel lugar se convirtió en una distracción en sí misma y fue allí, en esa populosa ciudad en el corazón de otra ciudad, donde tuve la más afortunada de las revelaciones. Mientras buscaba a El Greco, uno de los pintores favoritos de mi padre, pasé por la entrada de una gran sala y percibí de refilón un extraño destello de luz. Cuando me volví para mirar, todas las personas que se encontraban en el otro extremo de la sala se apartaron al mismo tiempo, dejando libre la vista a la fuente de esa luz. El monumental cuadro de Las meninas de Velázquez. No había pensado en esa obra, ni sabía que estaría allí, ni me imaginaba lo enorme que sería: una imagen con la profundidad y el tamaño de la vida real. Las personas de carne y hueso habían dejado ver a las personas pintadas detrás de ellas como si todos fueran actores de una misma representación, y ante mí se materializó la visión cristalina de una pequeña infanta, sus jóvenes sirvientas y el propio artista, bañados en la luz bajo un gran espacio en penumbra, una oscuridad acechante que de inmediato marca el carácter de la escena. En el momento en que pones la vista en estos maravillosos niños, sabes que van a morir, que ya están muertos y, no obstante, viven en el aquí y ahora de este momento, efímeros y brillantes como luciérnagas bajo las tinieblas sepulcrales. Y lo que les mantiene aquí, lo que les mantiene vivos —o eso es lo que da a entender el artista— no es simplemente la pintura, sino tú.

Estás aquí, has aparecido: ese es el descubrimiento instantáneo que se lee en sus ojos, todas esas personas que te devuelven la mirada desde su lado de la sala. La infanta con su reluciente vestido, las doncellas con sus lazos y sus cintas, el pequeño paje y el pintor, alto y oscuro, la monja, cuyo murmullo está desvaneciéndose y el aposentador esbozado en la puerta iluminada al fondo: todos son conscientes de tu presencia. Eran como invitados a una fiesta sorpresa que estaban aguardando tu llegada, y en este momento acabas de entrar en la habitación —su habitación, no la real en la que te encuentras—, o eso es lo que misteriosamente parece. Toda la escena palpita expectación. Esto es lo primero que sentimos en el umbral de esa sala del Prado en la que se encuentran Las meninas: que hemos entrado en su mundo y de súbito somos tan reales para ellos como ellos para nosotros.

La imagen nos retiene ahí, paralizados de sorpresa, tan inmóviles como el momento que representa en el que todas estas personas también han quedado suspendidas, excepto el pequeño paje que está empujando con el pie al estoico perro. Todo está quieto menos el aire que les rodea y la trémula luz sobre el pelo rubio blanquecino de la infanta, que nos mira con la ingenua curiosidad de un niño en el centro de una pintura que a su vez rebosa atención. La enana nos estudia abiertamente, con la mano en el corazón, una doncella se arrodilla y la otra hace una reverencia, los criados nos observan y, al fondo, el hombre de negro se ha detenido en el umbral de esta estancia, esperando para conducirnos a la siguiente. Y por detrás del gran lienzo en el que está trabajando, del mismo tamaño que este, aparece el propio pintor, taciturno, atento, el mago revelado momentáneamente.

Pero si nos acercamos unos pasos a esta pintura con toda su asombrosa veracidad, la visión se vuelve vacilante. El lustroso cabello de la infanta empieza a parecer un espejismo, o el aire caliente que reverbera sobre el asfalto en verano y desaparece en cuanto nos aproximamos. El rostro de la dama enana se disuelve en unas pinceladas ilegibles. Las figuras del fondo se vuelven indistintas a quemarropa y ya no se ve dónde termina una mano y dónde empieza la paleta que está sujetando. Cuanto más nos acercamos a la pintura, más desaparecen estas apariencias de realidad hasta el punto de que resulta imposible imaginar cómo pudo haberse creado la imagen. Es como si todo fuera a disolverse y, sin embargo, está tan vívidamente presente que la luz del sol del cuadro parece flotar libremente y entrar en la sala. Es la visión más mágica del arte.

Con toda probabilidad Velázquez pintó Las meninas en 1656, cuatro años antes de su súbita muerte (lámina A). Muestra una estancia del Real Alcázar en Madrid, que también ha desaparecido hace mucho, destruido en dos días por un incendio. Es la misma estancia en la que el cuadro se exhibió por primera vez: solo cabe imaginar lo perfectamente que debió de fundirse la ilusión con la realidad cuando estaba colgado allí, y los dos lados de la cámara, el real y el representado, seguramente parecían contiguos sin solución de continuidad. Entrar en ella y encontrar a esas personas esperando allí debió de ser asombroso —como penetrar en un sueño, o en una vacilante proyección de la vida, inimaginable antes de la invención del cine—, porque aún sigue maravillándonos hoy. Velázquez mantiene ante nosotros este círculo de personas ausentes como el reflejo momentáneo en un espejo, y su cuadro también tiene las características de un espejo: lo miramos y al mismo tiempo somos vistos. Muchos cuadros tienen la capacidad de cambiar el escenario y trasladarnos a otro tiempo y lugar, pero este va más allá, pues crea la ilusión de que las personas que vemos también son conscientes de nuestra presencia, que su escena está completa con nosotros. Velázquez inventa una nueva clase de arte: la pintura como teatro vivo, como una representación que se asoma a nuestro mundo y nos asigna un papel a cada uno de nosotros, incorporando a todos los observadores. Pues todo el que se coloca ante Las meninas, retenido por los ojos de esos niños y sirvientes desaparecidos, se halla exactamente donde estuvieron situadas otras personas en el pasado. Y esto forma parte del contenido del cuadro. Nos pone en compañía de todos los que lo han visto, desde la pequeña infanta y sus doncellas, que debieron de acercarse corriendo para verse en el momento en que Velázquez lo terminó, hasta el rey y la reina, que aparecen en miniatura en ese espejo que se vislumbra al fondo. Nos encontramos donde ellos estuvieron una vez, da a entender el

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