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VEN OTRA VEZ, VEN (OSHO HABLA DE Tú A Tú)

Osho  

0


Fragmento

1

Todo el que llama a la puerta es bienvenido

Osho,
Soy un pecador. ¿Yo también puedo convertirme en tu sannyasin?

¡Sí, por supuesto! En realidad, solo los pecadores pueden convertirse en sannyasins. Las personas que se consideran santas o más beatas que tú están cerradas, están muertas. No son capaces de vivir, no son capaces de celebrar.

El sannyas es la celebración de la vida, y el pecado es natural, es natural en el sentido de que eres un ser inconsciente. ¿Qué puedes hacer? Dentro de la inconsciencia es inevitable cometer pecados. Pecar significa simplemente no saber lo que haces, no darte cuenta, y por eso todo lo que haces está mal. Pero el hecho de reconocer que «soy un pecador» ya es el principio de una gran peregrinación. Reconocer que «soy un pecador» es el principio de la auténtica virtud. Darte cuenta de que «soy ignorante» es el primer atisbo de sabiduría.

El verdadero problema surge con las personas que llegan cargadas de conocimientos. Todos esos conocimientos son prestados, y por lo tanto no sirven para nada. Las personas que se consideran virtuosas por haberse construido una personalidad determinada no están al alcance de Dios. Vuestros santos son los que están más alejados, porque Dios es la vida y los santos han renunciado a la vida. Renunciando a la vida han renunciado a Dios.

Dios es la esencia intrínseca de esta vida. La vida solo es la capa externa, es la circunferencia; Dios es el centro de todo. Renunciar a la circunferencia, huir de ella, es renunciar automáticamente al centro. No hallarás a Dios en ningún sitio. Cuanto más te alejes de la vida, más te alejarás de la divinidad. Hay que sumergirse en la vida y, por supuesto, si eres inconsciente errarás el objetivo muchas veces.

El término original en hebreo de la palabra pecado es muy bello. Al traducirlo por «pecado», los cristianos se han olvidado del verdadero mensaje de Jesús. La palabra original en hebreo es muy distinta al concepto que tenemos de pecado; te sorprenderá. La raíz significa «olvido». No tiene nada que ver con lo que haces, sino con hacerlo de manera consciente o inconsciente; es decir, si lo haces tratando de recordar quién eres o si lo has olvidado por completo.

Toda acción que resulta de la inconsciencia es pecado. Aunque pueda parecer un acto virtuoso, no lo es. Aunque luzca una bella fachada, una personalidad, cierta bondad; aunque digas la verdad, aunque evites la mentira; aunque procures ser ético y todas esas cosas, el resultado de la inconsciencia siempre es pecado.

Jesús hizo una declaración muy significativa al respecto. Dijo: «Si tu ojo derecho te hace pecar, arráncatelo y tíralo. Es mejor perder una parte del cuerpo que mandar a todo tu cuerpo al infierno».

Pero si no entiendes el auténtico significado de «pecado», tenderás a malinterpretar esta declaración y Jesús te parecerá demasiado brusco, duro, demasiado violento. «Si tu ojo derecho te hace pecar, arráncatelo y tíralo» no parece una declaración de Jesús. Un hombre profundamente compasivo y amoroso no podría decir algo así, no debería ser tan violento. Pero esa es la interpretación que han hecho los cristianos.

Lo que realmente significa es: todo aquello que haga que te olvides de ti mismo, aunque sea tu ojo derecho... Esto lo dice para enfatizar, es una manera de hablar, de subrayar algo: «Si tu ojo derecho hace que te olvides de ti mismo, arráncatelo y tíralo». No está diciendo que tengas que hacerlo literalmente; solo es una metáfora. Está afirmando que es preferible ser ciego a olvidarte de ti mismo, porque si eres ciego pero sabes quién eres, tendrás ojos de verdad. ¿Qué sentido tiene tener ojos si te olvidas de ti mismo? Si no eres capaz de verte, ¿cómo puedes ver todo lo demás?

Es una pregunta preciosa. Dices: «Soy un pecador». ¡Todo el mundo lo es! Haber nacido en este mundo significa ser un pecador. Pero no te olvides de que yo recalco que significa olvidarse de uno mismo.

Este es el sentido del mundo: una oportunidad para olvidarte de ti mismo. ¿Para qué? Para poder recordar. Entonces te harás la siguiente pregunta —y parece una pregunta lógica—: «Si ya lo habíamos recordado, ¿por qué hay que pasar esta tortura innecesaria de olvidarnos para volver a recordar? ¿Qué sentido tiene este ejercicio? Parece completamente inútil». Sin embargo no lo es; tiene un profundo significado.

El pez que está dentro del agua ha nacido en el mar, vive en el mar, pero no sabe nada del mar... hasta que lo sacas del agua. Entonces, de repente, el pez se da cuenta. Solo puedes recordar cuando has perdido algo. El reconocimiento se produce cuando hay una comparación. Luego dejas que el pez vuelva al agua. Y seguirá siendo el mismo pez, el mismo mar, la misma situación; sin embargo, todo es diferente. Ahora el pez sabe que el mar es su vida, que el mar es su propio ser. Antes estaba en el mar pero no era consciente de ello. Ahora está de nuevo en el mar y sí es consciente. Esa es la gran diferencia, la que lo cambia todo.

Hemos vivido la divinidad, todos provenimos de la fuente original de la existencia, pero hemos tenido que salir al mundo para empezar a buscar de nuevo la divinidad, para buscar el océano... hambrientos, sedientos, famélicos, anhelantes. Y el día que volvamos a descubrirlo será una gran alegría. Pero no es nada nuevo.

El día que Buda se iluminó, se rió y dijo: «¡Qué raro! Esto que he alcanzado no es un logro en absoluto, simplemente es un reconocimiento. Aunque siempre haya estado ahí, yo no me había dado cuenta».

La única diferencia que hay entre un pecador y un sabio es que el primero rebosa capacidad de olvidar y el segundo rebosa capacidad de recordar. Y entre estos dos se encuentra ese artificio al que llamamos santo. El santo no sabe nada ni recuerda nada. Ha oído hablar a otros santos o quizá haya leído los textos sagrados y los repite como si fuese un loro, y no solamente los repite, sino que también los practica. Intenta comportarse como un sabio. Pero cualquier esfuerzo por intentar comportarte como un sabio solo indica una cosa: que todavía no eres sabio.

El sabio vive con sencillez, de forma espontánea, sin hacer ningún esfuerzo. Vive del mismo modo que tú respiras. Es un hombre ordinario; no tiene nada de particular. Pero el santo es especial porque está intentando hacer algo. Y obviamente tiene que realizar un gran esfuerzo porque no actúa según su propia creencia. Se tortura constantemente tratando de comportarse correctamente, obligándose a comportarse correctamente. Y, como es natural, te exige que le tengas un gran respeto. Si le respetas, seguirá infligiéndose esas torturas masoquistas. Imagínate: si desaparece el supuesto respeto por los santos, desaparecerán automáticamente el noventa y nueve coma nueve por ciento de ellos. Solo viven para el ego.

Está muy bien que te hayas dado cuenta de que eres un pecador. Es el principio de algo muy importante. Puedes ser un sabio, ¡pero tienes que evitar ser un santo! Ese es el problema. El santo es una moneda falsa que finge ser auténtica; de hecho, parece más auténtica que la verdadera. Y esto es necesario si quieres engañar a la gente. Evita ser un santo.

Mi sannyas es esto: vive tu vida de forma natural añadiéndole solamente una cosa, conciencia, y así el pecador se convertirá en sabio. El pecador se convierte en sabio por medio de la conciencia; el pecador se convierte en un santo desarrollando su carácter.

Yo no predico el carácter, yo predico la conciencia. Por lo tanto, no me importa que hayas sido un pecador ni que hayas cometido toda clase de pecados; para mí, eso es irrelevante. Se entiende que es lo único que puedes hacer dentro de tu inconsciencia.

Yo te acepto con amor y respeto absolutos.

Muchas veces, especialmente los que se consideran santos, me han dicho:

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