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VERHOEVEN

Pierre Lemaitre  

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Fragmento

Prólogo

Por Pierre Lemaitre

Si hay una clase de novelas sobre las que no se puede revelar prácticamente nada sin estropear la lectura, esas son precisamente las policiacas. No lo consiguen ni los especialistas del eslalon. Y la metáfora me viene como anillo al dedo: siempre he comparado la escritura de novelas policiacas con esa disciplina. Es un género en el que existen si cabe más reglas que en el resto: si no hay suspense, misterio, sorpresas, giros inesperados, pistas falsas, indicios que se van descubriendo, varios sospechosos y otros ingredientes, es poco probable que la novela sea considerada una «auténtica» policiaca. Y para más inri, como se han escrito centenares de miles desde que el género existe, hay que realizar un sinfín de acrobacias para conseguir ser un poco original. Así que todas esas obligaciones literarias se convierten en las puertas de una pista de eslalon que hay que sortear sin fallo. Lo ideal (iba a decir lo más elegante) sería por supuesto que la última puerta coincidiese con la última frase del libro.

Es lo que quise hacer con Irène. En ese caso, la acrobacia consistía en hacer creer al lector que estaba leyendo una historia cuando en realidad estaba leyendo otra.

En Alex intenté jugar con la simpatía hacia el personaje principal y la identificación con él como motor del thriller.

En Camille traté de describir la acción según el punto de vista de un protagonista al que nadie conoce.

Si me hubiese limitado a eso no sería más que un acróbata. Ya habría sido bastante, pero yo quería ser novelista. Y, en mi opinión, la primera virtud de una novela es crear emociones. Positivas o negativas (odio, afecto, pasión, resentimiento, compasión, qué más da), pero emociones (y fuertes, a ser posible). Sin ellas una novela, por muy bien construida que esté, no es más que un ejercicio de estilo. ¿Hay algún lector que se haya sentido conmovido por un personaje de Agatha Christie o de Conan Doyle? Esos autores pueden fascinar, intrigar, divertir, pero difícilmente emocionar.

Espero pues que esta Trilogía Verhoeven sirva para algo más que para entretener.

El nexo de estas tres historias es Camille Verhoeven.

Como mi intención era que ese personaje viese la realidad desde un punto de vista poco habitual, hice que fuera extremadamente bajo (un metro cuarenta y cinco): contempla el mundo en contrapicado. Quería que pensase de forma algo distinta a los demás, así que hice de él un dibujante, con una parte de su cerebro concentrada en su mano. Por último, como mi primera novela era un homenaje a la literatura policiaca y estoy influido por algunos de sus autores, pensé en matar dos pájaros de un tiro: dado que la pintura flamenca, por su atención al detalle, su gusto por los fondos perfectos y sus turbadoras perspectivas, siempre ha sido un modelo para mi estilo, quise dar a mi personaje un apellido holandés.

Camille Verhoeven y yo nos entendimos a la perfección desde el principio, pero como salió bastante dañado de Irène me pareció poco razonable ofrecerle otra aventura. Se hubiera negado y, francamente, no habría podido reprochárselo (tengo fama, bastante justificada, de portarme mal con mis personajes).

Mis siguientes obras fueron novelas negras sin investigador (¡hasta nunca!), pero en Alex necesitaba uno. Y me acordé de Camille. Las negociaciones fueron tensas, pero al final llegamos a un acuerdo. Aceptó mi propuesta porque su carrera se estancaba (seguía siendo comandante en la Brigada Criminal), y de este modo ascendía desde el punto de vista literario ya que la trilogía cuenta la historia de un hombre a través de tres historias de mujer: Irène, Alex y Anne. No me lo ha dicho, pero supongo que a Camille, que nunca ha sido protagonista de su propia vida, le pareció divertido convertirse en el de una trilogía novelesca.

Queda Rosy & John, de la que todavía no he hablado.

La editorial SmartNovel me propuso escribir un folletín para smartphone. Las condiciones eran duras: los episodios no debían sobrepasar las tres páginas de una pantalla normal, es decir, el tiempo medio que pasa un parisino en el metro entre dos trasbordos. El editor conocía mi pasión por el folletín decimonónico y por Alexandre Dumas, y sabía que no podría resistirme. Así que me lancé a la aventura y propuse a Camille que retomase el servicio. Hubo que negociar de nuevo (ya saben ustedes que este tipo es un poco hipócrita) pero Camille aceptó mi propuesta. El texto se tituló entonces Les Grands Moyens.

Esa historia, ya liberada afortunadamente de las exigencias draconianas de la edición digital original, se convirtió en Rosy & John cuando fue publicada por Le Livre de Poche con ocasión de su sexagésimo aniversario. Cronológicamente va situada entre Alex y Camille.

Así que tenemos una trilogía en cuatro volúmenes.

Evidentemente, podría considerarse un homenaje a los Tres mosqueteros (también ellos eran cuatro) pero, como no se me ocurre ponerme a la altura de mi maestro, digamos que esta novela suplementaria es tan breve que podríamos dejarlo, con todo respeto, en una trilogía… de tres volúmenes y medio.

PIERRE LEMAITRE

Irène

Traducción de Juan Carlos Durán Romero

A Pascaline

A mi padre

El escritor es una persona que encadena citas quitando las comillas.

ROLAND BARTHES

Primera parte

Lunes, 7 de abril de 2003

1.

—Alice… —dijo mirando lo que cualquiera, excepto él, habría considerado una chica.

Había pronunciado su nombre para ganarse su complicidad, pero no había conseguido que aquello surtiera el menor efecto. Bajó la mirada hacia las notas a vuela pluma que había tomado Armand durante el primer interrogatorio: Alice Vandenbosch, veinticuatro años. Intentó imaginar qué aspecto podría tener normalmente una Alice Vandenbosch de veinticuatro años. Debía de ser una chica joven, con el rostro alargado, el cabello castaño claro y una mirada firme. Levantó la vista y lo que observó le resultó del todo improbable. Esa chica no se parecía a sí misma: el pelo, antaño rubio, pegado al cráneo y con largas raíces oscuras, una palidez enfermiza, un gran hematoma violáceo en el pómulo izquierdo, un hilillo de sangre seca en la comisura del labio… y, en cuanto a los ojos, aterrados y huidizos. Ningún signo de humanidad, salvo el miedo, un miedo terrible que hacía que todavía temblara, como si hubiese salido sin abrigo un día de nevada. Sostenía el vasito de café con las dos manos, como la superviviente de un naufragio.

Normalmente, la simple aparición de Camille Verhoeven perturbaba incluso a los más impasibles. Pero con Alice, nada. Alice permanecía encerrada en sí misma, temblorosa.

Eran las ocho y media de la mañana.

Desde su llegada a la Brigada Criminal, unos minutos antes, Camille se había notado cansado. La cena de la víspera había terminado cerca de la una de la mañana. Gente que no conocía, amigos de Irène. Hablaron de la televisión, contaron anécdotas que, en otro contexto, a Camille le hubiesen parecido más bien divertidas, si frente a él no se hubiera sentado una mujer que le recordaba muchísimo a su madre. Durante toda la comida había luchado para librarse de esa imagen, pero le parecían de verdad la misma mirada, la misma boca y los mismos cigarrillos, encadenados uno tras otro. Camille se había sentido transportado veinte años atrás en el tiempo, a la bendita época en que su madre todavía salía del taller con la bata maculada de colores, el pitillo en los labios y el pelo revuelto. A la época en la que todavía iba a verla trabajar. Mujer fuerte. Sólida y concentrada, con una pincelada algo rabiosa. Tan inmersa en sus pensamientos que a veces Camille tenía la impresión de que no percibía su presencia. Momentos largos y silenciosos en los que adoraba la pintura y durante los cuales observaba cada gesto como si fuese la llave de un misterio que le hubiese afectado personalmente. Eso era antes. Antes de que los miles de cigarrillos que consumía su madre le declararan una guerra abierta, pero mucho después de que acarrearan la hipotrofia fetal que había marcado el nacimiento de Camille. Desde lo alto de su definitivo metro cuarenta y cinco, Camille no sabía, en aquella época, a quién odiaba más, a esa madre envenenadora que le había fabricado como una pálida copia de Toulouse-Lautrec solo que menos deforme, a ese padre tranquilo e impotente que miraba a su mujer con la fascinación de los débiles, o a su propio reflejo en el espejo: a los dieciséis años, todo un hombre que se había quedado a medio hacer. Mientras su madre apilaba lienzos en el taller y su padre, eternamente silencioso, dirigía su oficina, Camille completaba su aprendizaje de bajito envejeciendo como los demás, dejaba de obstinarse en ponerse de puntillas, se acostumbraba a mirar al resto desde abajo, renunciaba a alcanzar los estantes sin acercar primero una silla, y construía su espacio personal con las medidas de una casita de muñecas. Y esa miniatura de hombre contemplaba, sin comprenderlos realmente, los inmensos lienzos que su madre debía sacar enrollados para poder transportarlos a las galerías. A veces, su madre decía: «Camille, ven aquí…». Sentada en el taburete, le acariciaba el pelo con la mano, sin decir nada, y Camille sabía que la quería, pensaba incluso que nunca querría a nadie más.

Aquellos eran todavía los buenos tiempos, pensaba Camille durante la cena, mientras observaba a la mujer que tenía enfrente y que se reía a carcajadas, bebía poco y fumaba por cuatro. Antes de que su madre se pasase el día de rodillas al pie de la cama, con la mejilla apoyada en las mantas, en la única posición en la que el cáncer le concedía algo de tregua. La enfermedad la había obligado a arrodillarse. Esos momentos fueron los primeros en que sus miradas, que se habían vuelto impenetrables la una para la otra, pudieron cruzarse a la misma altura. En aquella época, Camille dibujaba mucho. Pasaba muchas horas en el taller de su madre, entonces vacío. Cuando por fin se decidía a entrar en su habitación, encontraba allí a su padre, que pasaba la otra mitad de su vida también arrodillado, acurrucado contra su mujer, sosteniéndola por los hombros, sin decir nada, respirando al mismo ritmo que ella. Camille estaba solo. Camille dibujaba. Camille pasaba el tiempo y esperaba.

Al ingresar en la facultad de Derecho, su madre pesaba lo que uno de sus pinceles. Cuando volvía a casa, su padre parecía envuelto en el pesado silencio del dolor. Todo aquello se había alargado en el tiempo. Y Camille inclinaba su cuerpo de eterno niño sobre los libros de leyes, esperando el final.

Llegó un día cualquiera, en mayo. Como una llamada anónima. Su padre dijo simplemente: «Deberías volver», y Camille tuvo de pronto la certeza de que a partir de entonces debería vivir solo consigo mismo, que ya no habría nadie más.

A los cuarenta, ese hombrecillo de rostro largo y marcado, calvo como una bola de billar, sabía que no era así, desde que Irène había entrado en su vida. Pero con tantas visiones del pasado, aquella velada le había resultado realmente agotadora.

Y además, no digería bien la carne de caza.

Poco después de la hora en que le estaba llevando a Irène la bandeja del desayuno, Alice fue recogida en el boulevard Bonne-Nouvelle por una patrulla de barrio.

Camille se despegó de la silla y entró en el despacho de Armand, un hombre delgado que destacaba por sus grandes orejas y su antológica tacañería.

—Dentro de diez minutos —dijo Camille—, vienes a anunciarme que hemos encontrado a Marco. En un estado lamentable.

—¿Encontrado? ¿Dónde? —preguntó Armand.

—Ni idea. Arréglatelas.

Camille volvió a su despacho dando pequeñas zancadas apresuradas.

—Bueno —prosiguió acercándose a Alice—. Vamos a retomar todo con calma, desde el principio.

Estaba de pie, frente a ella, sus miradas casi a la misma altura. Alice parecía salir de su sopor. Lo miraba como si lo viera por primera vez y debía de sentir, con más claridad que nunca, lo absurdo que era el mundo al darse cuenta de que ella, Alice, molida a golpes dos horas antes, se encontraba de pronto en la Brigada Criminal frente a un hombre de un metro cuarenta y cinco que le proponía empezar todo desde cero, como si ella no estuviese ya a cero.

Camille rodeó su mesa y cogió maquinalmente un lápiz de entre la decena que se apiñaban en un bote de vidrio fundido, regalo de Irène. Levantó la mirada hacia Alice. No era nada fea. Más bien guapa. Rasgos finos algo inciertos, que los excesos de las noches en blanco habían arruinado en parte. Una pietà. Parecía una falsa reliquia.

—¿Desde cuándo trabajas para Santeny? —preguntó mientras esbozaba el perfil de su cara sobre un cuaderno.

—¡No trabajo para él!

—Vale, digamos desde hace dos años. Trabajas para él y te suministra, ¿verdad?

—No.

—¿Tú crees que se trata de amor? ¿Es lo que piensas?

Le miró fijamente. Él le sonrió y después se concentró de nuevo en el dibujo. Hubo un largo silencio. Camille recordó una frase que decía su madre: «Siempre es el corazón del artista el que late en el cuerpo del modelo».

Sobre el cuaderno, otra Alice fue surgiendo poco a poco en unos trazos de lápiz, más joven aún que esta, igual de dolorosa pero sin equimosis. Camille levantó los ojos hacia ella y pareció tomar una decisión. Alice le vio acercar una silla y encaramarse de un salto como un niño, con los pies colgando a treinta centímetros del suelo.

—¿Puedo fumar? —preguntó Alice.

—Santeny se ha metido en un buen lío —dijo Camille como si no la hubiese oído—. Todo el mundo lo está buscando. Tú eres la más indicada para saberlo —añadió señalando los moretones—. Molestan, ¿verdad? Sería mejor encontrarle primero, ¿no crees?

Alice parecía hipnotizada por los pies de Camille, que se balanceaban como un péndulo.

—No tiene suficientes contactos para librarse. Le doy dos días, en el mejor de los casos. Pero tú tampoco tienes suficientes contactos, y te van a encontrar… ¿Dónde está Santeny?

Un airecito terco, como esos niños que saben que están haciendo algo malo y lo hacen a pesar de todo.

—Bueno, vale, te voy a soltar —dijo Camille como si hablase consigo mismo—. La próxima vez que te vea, espero que no estés en el fondo de un cubo de basura.

En ese momento Armand se decidió a entrar.

—Acabamos de encontrar a Marco. Tenía razón, está en un estado lamentable.

Camille, fingiendo sorpresa, miró a Armand.

—¿Dónde?

—En su casa.

Camille miró a su compañero con lástima: Armand ahorraba hasta en imaginación.

—Bueno. Entonces podemos liberar a la niña —concluyó saltando de la silla.

Una ligera expresión de pánico, y después:

—Está en Rambouillet —soltó Alice en un suspiro.

—Ah —dijo Camille con voz neutra.

—Boulevard Delagrange. En el número 18.

—En el 18 —repitió Camille, como si el hecho de pronunciar ese simple número le dispensara de dar las gracias a la joven.

Sin que nadie la autorizase, Alice sacó de su bolsillo un paquete de cigarrillos arrugado y encendió uno.

—Fumar es malo —dijo Camille.

2.

Camille estaba ordenando a Armand que enviara rápidamente un equipo al lugar cuando sonó el teléfono.

Al otro lado de la línea, Louis parecía sin aliento. Corto de voz.

—Estamos en Courbevoie…

—Cuenta… —le pidió lacónicamente Camille mientras tomaba un bolígrafo.

—Esta mañana recibimos una llamada anónima. Estoy aquí. Es…, no sé cómo explicarlo…

—Inténtalo, y ya veremos —cortó Camille, algo molesto.

—Es horrible —exclamó Louis. Su voz sonaba alterada—. Es una carnicería. Nada de lo habitual, si entiende lo que quiero decir…

—No muy bien, Louis, no muy bien…

—No se parece a nada que yo haya visto antes…

3.

Como la línea estaba ocupada, Camille se desplazó hasta el despacho del comisario Le Guen. Dio un pequeño golpe con el nudillo en la puerta y no esperó respuesta. Solía entrar de esa manera.

Le Guen era un tipo grandote que, como llevaba veinte años a régimen sin haber perdido un solo gramo, había adquirido por ello un fatalismo vagamente exhausto que se leía en su rostro y en toda su persona. Camille le había visto adoptar poco a poco, en el transcurso de los años, la actitud de una especie de rey destronado, una expresión apesadumbrada y una mirada fundamentalmente pesimista que arrojaba sobre el mundo. Por costumbre, Le Guen interrumpía a Camille a mitad de su primera frase con la excusa inalterable de que «no tenía tiempo». Pero vistos los primeros elementos que le expuso Camille, decidió moverse a pesar de todo.

4.

Por teléfono, Louis había dicho: «No se parece a nada que yo haya visto antes…», y a Camille no le gustaba eso, porque su ayudante no solía ser catastrofista. Llegaba a ser incluso de un optimismo incómodo, así que Camille no esperaba nada bueno de aquel desplazamiento imprevisto. Mientras desfilaban ante sus ojos las carreteras de circunvalación, Camille Verhoeven no pudo evitar sonreír pensando en Louis.

Louis era rubio, peinado con raya a un lado y ese mechón algo rebelde que se aparta con un movimiento de cabeza o una mano negligente pero experta, y que pertenece genéticamente a los hijos de las clases privilegiadas. Con el tiempo, Camille había aprendido a distinguir los diferentes mensajes que transmitía el gesto de colocarse el mechón, auténtico barómetro del estado de ánimo de Louis. En su versión «mano derecha», el gesto cubría la gama que iba del «Seamos correctos» al «Eso no se hace». En la versión «mano izquierda» significaba incomodidad, molestia, timidez, confusión. Cuando se observaba a Louis con detenimiento, no era nada difícil imaginárselo haciendo la primera comunión. Conservaba toda la juventud, toda la gracia, toda la fragilidad. En resumen, físicamente Louis era alguien elegante, delgado, delicado, profundamente irritante.

Pero, sobre todo, Louis era rico. Con todo lo que conlleva ser rico de verdad: una cierta manera de comportarse, una cierta manera de hablar, de articular, de elegir las palabras, en fin, con todo lo que sale del molde de la estantería superior, en la que pone «niño rico». Antes que nada, Louis había hecho una carrera brillante (un poco de derecho, de economía, de historia del arte, de diseño, de psicología), dejándose llevar por sus deseos, y siempre había destacado, cultivando el trabajo universitario como un arte del placer. Y después había sucedido algo. Por lo que le parecía a Camille, había tenido que ver con la noche de Descartes y el olfato histórico, una mezcla de intuición razonable y whisky de malta. Louis se había visto a sí mismo viviendo en su soberbio piso de seis habitaciones del distrito IX, con toneladas de libros de arte en las estanterías, vajilla de porcelana en el aparador de marquetería, los alquileres de otros pisos entrando en su cuenta cada mes con más seguridad incluso que un salario de alto funcionario, estancias en Vichy en casa de mamá, cuenta en todos los restaurantes del barrio y, por encima de todo, una contradicción interna tan extraña como repentina, una auténtica duda existencial que cualquiera, salvo Louis, habría resumido en una frase: «Pero ¿qué demonios estoy haciendo aquí?».

Según Camille, treinta años antes Louis se habría convertido en un revolucionario de extrema izquierda. Pero en aquel momento la ideología había dejado de ser una alternativa. Louis odiaba la religiosidad y por ende el voluntariado y la caridad. Se preguntó qué podría hacer, buscó un lugar miserable. Y de pronto lo vio todo claro: ingresaría en la policía. En la Brigada Criminal. Louis no dudaba jamás —esa cualidad no figuraba en su herencia familiar—, y tenía el talento suficiente para que la realidad no le desmintiese demasiado a menudo. Pasó la oposición y entró en la policía. Su decisión se basaba a la vez en las ganas de servir (no de Servir, no, simplemente de servir para algo), en el temor a una vida que pronto viraría hacia la monomanía, y quizás en el pago de la deuda imaginaria que pensaba haber contraído con las clases populares por no pertenecer a ellas. Aprobados los exámenes, Louis se encontró inmerso en un universo muy alejado de lo que había imaginado: nada de la pulcritud inglesa de Agatha Christie, de la reflexión metódica de Conan Doyle, sino cuchitriles mugrientos con chicas apaleadas, pequeños traficantes desangrados en los contenedores de basura de Barbès, cuchilladas entre drogadictos, váteres apestosos donde encontraban a los que habían escapado de la navaja automática, chaperos que vendían a sus clientes por una raya y clientes que cotizaban la mamada a cinco euros después de las dos de la mañana. Al principio, para Camille había sido un auténtico espectáculo ver a Louis, con su flequillo rubio, la mirada loca pero la mente clara, su vocabulario cerrado hasta el cuello, redactando informes, informes y más informes; a Louis, que continuaba, flemático, escuchando declaraciones espontáneas en huecos de escaleras llenos de gritos y olor a orín, junto al cadáver de un chulo de trece años cosido a machetazos delante de su madre; a Louis, que volvía a las dos de la mañana a su piso de ciento cincuenta metros cuadrados de la rue Notre-Dame-de-Lorette y se derrumbaba completamente vestido sobre el sofá de terciopelo, bajo un aguafuerte de Pavel, entre su biblioteca de libros dedicados y la colección de amatistas de su difunto padre.

A su llegada a la Brigada Criminal, el comandante Verhoeven no había sentido una simpatía espontánea por ese joven coqueto, lampiño, de cadencia afectada y que no se asombraba de nada. Los otros oficiales del grupo, que apreciaban más bien poco compartir su día a día con un pijo, no le habían ahorrado prácticamente de nada. En menos de dos meses, Louis había sido víctima de casi todas las jugarretas que formaban parte del inventario de novatadas que todos los grupos gremiales cultivan para vengarse de no tener ni voz ni voto en las contrataciones. Louis había pasado por aquello con sonrisa torpe, sin quejarse una sola vez.

Camille Verhoeven había sabido distinguir antes que los demás el germen del buen policía en ese chico imprevisible e inteligente, pero, sin duda por un acto de fe en la selección darwiniana, había decidido no intervenir. Louis, con flema bastante británica, se lo había agradecido. Una noche, al terminar, Camille le había visto salir corriendo, entrar en el bar de enfrente y beberse de un trago dos o tres pelotazos, y había recordado la escena en la que Luke Mano Fría, completamente sonado, incapaz de boxear, ebrio de golpes, continúa levantándose una y otra vez, hasta aburrir al público y agotar incluso la energía de su adversario. De hecho, sus compañeros terminaron por rendirse ante el empeño que Louis ponía en su trabajo y ese algo asombroso que había en él y que podría calificarse de bondad o algo parecido. Al cabo de los años, Louis y Camille se habían sentido reconocidos de alguna manera en sus diferencias, y como el comandante disfrutaba de una autoridad moral incontestable en su grupo, nadie se extrañó de que el niño rico se convirtiese progresivamente en su colaborador más cercano. Camille había tuteado siempre a Louis, como tuteaba a todo su equipo. Pero con el paso del tiempo y con los cambios de destino, Camille se había dado cuenta de que solo los más antiguos continuaban tuteándole. Y ahora que los más jóvenes se habían vuelto mayoría, Camille se sentía a veces como el usurpador de un papel de patriarca que nunca había reclamado. Le llamaban de usted como a un comisario y sabía muy bien que no se debía a su posición en la jerarquía. Más bien a la incomodidad espontánea que muchos sentían ante su baja estatura, como una forma de compensación. Louis también le llamaba de usted, pero Camille sabía que su motivación era distinta: era un reflejo de clase. Los dos hombres no habían forjado nunca una amistad, pero se estimaban, lo que para ambos constituía la mejor garantía de una colaboración eficaz.

5.

Camille y Armand, seguidos por Le Guen, llegaron al número 17 de la rue Félix-Faure, en Courbevoie, poco después de las diez. Un baldío industrial.

Una pequeña fábrica abandonada ocupaba el centro del terreno, como un insecto muerto, y lo que habían sido talleres estaba siendo reformado. Cuatro de ellos, ahora terminados, parecían fuera de lugar, como bungalós tropicales en un paisaje nevado. Los cuatro estaban enlucidos de blanco, con techos acristalados y ventanas de aluminio con paneles deslizantes que dejaban adivinar espacios inmensos. El conjunto conservaba cierto aire de abandono. No había coche alguno salvo los policiales.

Se accedía a la vivienda subiendo dos escalones. Camille vio a Louis de espaldas, apoyado en la pared con una mano, inclinado sobre una bolsa de plástico que sostenía cerca de su boca. Pasó por delante de él seguido de Le Guen y otros dos oficiales del grupo, y entró en la habitación, ampliamente iluminada por focos. Cuando llegaban a la escena de un crimen, inconscientemente, los más jóvenes buscaban con la mirada el lugar donde se encontraba la muerte. Los más curtidos buscaban la vida. Pero allí no se podía. La muerte lo había invadido todo, hasta la mirada de los vivos, llena de incomprensión. Camille no tuvo tiempo de preguntarse sobre esa curiosa atmósfera, su campo de visión fue ocupado inmediatamente por la cabeza de una mujer clavada a la pared.

No había dado tres pasos dentro de la habitación y su mirada ya estaba inmersa en un espectáculo que la peor de sus pesadillas hubiese sido incapaz de inventar: dedos arrancados, charcos de sangre coagulada, todo ello envuelto en un olor a excrementos, sangre seca y entrañas vacías. Le vino de inmediato el recuerdo de Saturno devorando a sus hijos, de Goya, y volvió a ver durante un instante el rostro enloquecido, los ojos desorbitados, la boca escarlata, la locura, la locura absoluta. Aunque era uno de los más experimentados entre los hombres que se encontraban allí, sintió unas repentinas ganas de dar media vuelta hacia el descansillo donde Louis, sin mirar a nadie, sostenía en la mano la bolsa de plástico como un mendigo que afirma su hostilidad hacia el mundo.

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