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VESTIDO DE NOVIA

Pierre Lemaitre  

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Fragmento

 

Está sentada en el suelo, con la espalda contra la pared y las piernas estiradas, jadeante.

Léo está pegado a ella, inmóvil, y tiene su cabeza en el regazo. Con una mano ella le acaricia el pelo y con la otra intenta secarse los ojos, pero con movimientos desordenados. Llora. Algunos sollozos se convierten en gritos, chilla, le sale de las entrañas. Cabecea. A veces, la pena es tan intensa que se golpea la parte de atrás de la cabeza contra el tabique. El dolor la reconforta un poco pero no tarda en notar que todo se le vuelve a derrumbar por dentro. Léo se porta muy bien, no se mueve. Baja los ojos hacia él, lo mira, le estrecha la cabeza contra el vientre y llora. Nadie puede imaginarse lo desgraciada que es.

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Aquella mañana, como tantas otras, se despertó llorando y con un nudo en la garganta, aunque no tenía ninguna preocupación concreta. En su vida, el llanto no es nada excepcional: las lágrimas la acompañan todas las noches desde que está loca. Si por las mañanas no se notara las mejillas empapadas, podría llegar a creer que pasa noches tranquilas de sueño profundo. Por las mañanas, la cara llena de lágrimas y la garganta atenazada son mera información. ¿Desde cuándo? ¿Desde que Vincent sufrió el accidente? ¿Desde su muerte? ¿Desde la primera muerte, muy anterior?

Se ha enderezado apoyándose en un codo. Se seca los ojos con la sábana mientras busca los cigarrillos a tientas y, al no encontrarlos, se acuerda de pronto de dónde está. Lo recuerda todo, lo que sucedió el día anterior, la velada... Recuerda inmediatamente que tiene que irse, salir de esa casa. Levantarse e irse, pero se queda ahí, clavada en la cama, incapaz de un gesto mínimo. Agotada.

Cuando por fin consigue arrancarse de la cama y llegar al salón, la señora Gervais está sentada en el sofá, inclinada sobre el teclado.

—¿Qué tal? ¿Más descansada?

—Bien. Más descansada.

—Tiene mala cara.

—Por las mañanas siempre la tengo.

La señora Gervais guarda el archivo y cierra ruidosamente la tapa del portátil.

—Léo sigue durmiendo —le dice yendo hacia el perchero con paso resuelto—. No me he atrevido a entrar a verlo por miedo a que se despertara. Como hoy no hay clase, es mejor que duerma y así no le da guerra...

Hoy no hay clase. Sophie se acuerda vagamente. Algo sobre una reunión pedagógica. La señora Gervais está de pie junto a la puerta, con el abrigo ya puesto.

—Tengo que irme...

Sophie se da cuenta de que no tendrá valor suficiente para comunicarle lo que ha decidido. De todas formas, aunque lo tuviera, no le daría tiempo. La señora Gervais ya ha cerrado la puerta al salir.

Esta tarde...

Sophie oye sus pasos por la escalera. Christine Gervais nunca coge el ascensor.

Reina el silencio. Por primera vez desde que trabaja aquí, enciende un cigarrillo en pleno salón. Pasea arriba y abajo. Parece la superviviente de una catástrofe, todo lo que ve le resulta intrascendente. Tiene que irse. No le urge tanto, ahora que está sola, de pie, cigarrillo en mano. Pero sabe que por culpa de Léo se tiene que preparar para irse. Para ganar tiempo mientras consigue centrarse, va a la cocina y enciende el hervidor.

Léo. Seis años.

Desde que lo vio por primera vez, le pareció guapo. Eso fue unos tres meses antes, en ese mismo salón de la calle de Molière. Entró corriendo, se paró en seco frente a ella y la miró fijamente ladeando un poco la cabeza, lo que en él indica profunda reflexión. Su madre se limitó a decir:

—Léo, ésta es Sophie, te he hablado de ella.

Él se la quedó mirando un buen rato. Y luego se limitó a decir: «Vale» y se acercó para darle un beso.

Léo es un niño dulce, un poco caprichoso, inteligente y rebosante de vida. El trabajo de Sophie consiste en llevarlo al colegio por la mañana, recogerlo a mediodía y por la tarde, y cuidar de él hasta la hora imprevisible a la que la señora Gervais o su marido consiguen llegar a casa. Así pues, la hora a la que sale de trabajar oscila entre las cinco de la tarde y las dos de la madrugada. La disponibilidad fue la baza decisiva para conseguir el puesto: no tiene vida privada, quedó claro desde la primera entrevista. Aunque la señora Gervais se esforzó por no abusar de esta disponibilidad, la rutina siempre prima sobre los principios y en tan sólo dos meses se convirtió en un engranaje imprescindible en la vida de la familia. Porque siempre está ahí, siempre está lista, siempre está disponible.

El padre de Léo, un cuarentón largo, seco y antipático, es jefe de servicio en el Ministerio de Asuntos Exteriores. Por su parte, su mujer, alta, elegante y con una sonrisa increíblemente seductora, intenta conciliar la responsabilidad de ejercer de estadística en una auditoría con la de ser la madre de Léo y la mujer de un futuro secretario de Estado. Ambos se ganan muy bien la vida y Sophie tuvo el buen tino de no aprovecharse de ello al fijar el sueldo. De hecho, ni siquiera se le pasó por la cabeza, porque lo que le ofrecían cubría sus necesidades. La señora Gervais aumentó la cantidad acordada al terminar el segundo mes.

En cuanto a Léo, Sophie se ha convertido en su ídolo. Parece ser la única capaz de conseguir sin el mínimo esfuerzo lo que a su madre le costaría varias horas. En contra de sus temores, no es un niño mimado con exigencias tiránicas, sino un crío tranquilo que sabe escuchar. Claro está que a veces se enrabieta, pero Sophie está muy bien situada en su jerarquía. En lo más alto.

Cada tarde, a eso de las seis, Christine Gervais llama por teléfono para pedir el parte y decir a qué hora llegará, con tono compungido. Siempre habla unos minutos con su hijo y luego con Sophie, con la que procura adoptar un tono un poco personal.

Estos intentos no tienen mucho éxito: sin proponérselo, Sophie reduce la conversación a los temas generales de rigor, entre los que ocupa el lugar esencial el resumen del día.

Léo se acuesta todas las noches a las ocho en punto. Es importante. Sophie no tiene hijos, pero tiene principios. Después de leerle un cuento, se acomoda durante el resto de la velada frente a la inmensa pantalla de televisión extraplana que sintoniza prácticamente todo lo que se emite en los canales por satélite; un regalo encubierto que la señora Gervais le hizo en su segundo mes de trabajo, tras fijarse en que siempre se la encontraba viendo la televisión, llegase a la hora que llegase. Más de una vez, a la señora Gervais le había llamado la atención que una mujer de treinta años, visiblemente culta, se conformara con un empleo tan modesto y se pasara todas las noches delante de la pequeña pantalla, aunque ahora fuera tan grande. En la primera entrevista, Sophie le dijo que había estudiado Comunicación. Como la señora Gervais quería saber algo más, mencionó que tenía un diploma técnico universitario y explicó que había trabajado para una empresa de origen inglés, aunque sin decir en qué puesto, y que había estado casada pero que ya no lo estaba. Christine Gervais se conformó con esos datos. A Sophie se la había recomendado una amiga de la infancia que dirigía una ETT y a quien, por algún motivo misterioso, Sophie le había caído bien en la única entrevista que tuvo con ella. Y además se trataba de una emergencia: la anterior cuidadora de Léo acababa de despedirse inesperadamente y sin preaviso. El rostro sereno y serio de Sophie le había inspirado confianza.

A lo largo de las primeras semanas, la señora Gervais anduvo tanteando para saber algo más sobre su vida, pero renunció a ello con delicadeza, al intuir en las respuestas que alguna «tragedia horrible y secreta» debía de haberle destrozado la existencia; una pizca de ese romanticismo que puede darse en cualquier parte, incluso entre la burguesía más encopetada.

Como ocurre tan a menudo, cuando el hervidor se apaga Sophie está sumida en sus pensamientos. En ella, este estado puede durar mucho tiempo. Son como ausencias. Como si su cerebro se obsesionara con una idea, con una imagen, en la que el pensamiento se

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