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VIAJERAS INTRéPIDAS Y AVENTURERAS

Cristina Morató  

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Fragmento

PRÓLOGO

No por azar aventura es del género femenino. Las correrías con riesgo han sido y son dominio de la mujer tanto como del hombre. Claro que cuando se trata de ilustrar el espíritu de aventura, la historia retiene primero a los nombres de Marco Polo, Colón, Magallanes, Elcano, Cook, Stanley, Amundsen, Lindberg.

Eso se explica porque la historia está escrita por hombres. En la sombra quedan Débora, que condujo a las tribus de Israel a la victoria, Balkis, la reina de Saba que desde Etiopía se fue a seducir al rey Salomón, el de los juicios salomónicos y las minas ocultas en el corazón de África, Malinche la bella azteca que siguió a Cortés en su conquista, de la donostiarra monja Alférez, de Ángelica Duchemin que fue la primera mujer condecorada con la Legión de Honor (por Napoleón), de María Cabeza-de-Madera, mujer soldado que dio a luz en la batalla de Marengo y murió en Waterloo, de esa galería de mujeres emprendedoras que van desde la primera enfermera Florence Nightingale o Isabel Eberhardt, de Alexandra David-Néel o Amalia Earhart hasta la astronauta rusa Valentina Terechkova.

Ya es hora de que salgan a la luz las peripecias de las mujeres-viajeras. En su libro Wayward Women Jane Robinson reúne cuatrocientos nombres de escritoras de viajes y tan sólo en inglés. Hace una excepción con una abadesa gallega (o del sur de Francia según otras fuentes), Etaria o Egeria, que es la santa patrona de los trotamundos. Hay otra razón que ha ocultado estos y otros nombres universales. Viajar es cosa de hombres, pero las mujeres no se quedan en casa y con la pata quebrada. Salen, se rebelan, viven, buscan la libertad y rompen los clichés. En la Edad Media son todas santas, brujas o putas, en la Era Victoriana sumisas amas de casa. Las hay, sin embargo, que pegan una patada al hormiguero decididas a correr mundo por las más diversas razones, místicas o religiosas, personales, filosóficas, amorosas, hedonistas, de curiosidad o de fuga de un mundo hostil o tedioso. Partir es vivir. Pero que no se corra la voz: podría cundir el ejemplo.

¿Por qué hay tan poca literatura escrita sobre las mujeres viajeras hasta que la intrépida y marilyniana Cristina se ha puesto a la tarea? Creo que porque nunca se dieron importancia, nunca sintieron ese afán masculinista de sacar pecho, de batir plusmarcas, de presumir de sus hazañas en sociedades geográficas, de gritar al mundo «yo fui el primero», de epatar a plebeyos, burgueses y aristócratas. Como diría Stevenson lo esencial es moverse, por lo demás, la puesta en escena, la vanidosa exaltación de esas andanzas, la publicidad, la necesidad patológica de batir al compañero en una cima, una selva tupida o un río, para lograr una medalla sobre la que centelleen los flashes es cosa de hombres. Somos como niños necesitados de cariño y aplausos.

«Por fin —diría Mary Kingsley— mis piernas eran libres.» Cuando es un hombre el que viaja es un Cid Campeador, si lo hace una mujer hasta la mismísima cazuela del antropófago es una excéntrica. «Peregrina salió —asegura el refrán alemán del medioevo— puta volvió.» Pero «el milagro hay que esperarlo de una mujer», ¿verdad Lamartine?

Para una mujer viajar desde el siglo IV, el de la abadesa Egeria, hasta el siglo XIX (en la Gran Bretaña por lo menos) era una heroicidad, si ni siquiera las dejaban salir de casa. Egeria la bendita, de ella nos habla Cristina en este libro tan divertido y tan esclarecedor, pudo salir para mayor gloria de Dios y escribir en el año 385 un libro que rezuma devoción y energía, La peregrinación de Santa Silvia de Aquitania a los Santos Lugares. Esta mujer es la primera que no presume de nada. Ni una línea de autoglorificación o de acento innecesario en el peligro a la incomodidad del viaje que la lleva desde la tumba de Job a la zarza de Moisés hasta el pilar de sal de la mujer de Lot. El texto de la monja gallega es de una sencillez y una capacidad de observación aplastante. Va al grano con una desusada naturalidad, franqueza e inocencia. En sus dos exploraciones de Egipto lleva el libro de Éxodo para contrastarlo con la geografía por la que pasa, incluida la ascensión al monte Sinaí. El periódico de hoy es ya viejo, pero Egeria es nueva cada amanecer.

El denominador común de las mujeres viajeras-escritoras es esa llaneza de la que hace gala la abuela Egeria, tan alejada de la altanería, la hipérbole, la grandilocuencia y fantasía de tantos hombres-viajeros trotamundos del «ego-trip». Estas damas no ven volar burros como Marco Polo, sino que se atienen a la realidad, la describen con tino y un cierto distanciamien

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