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VICTORIA

Daisy Goodwin  

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Fragmento

Prólogo

Palacio de Kensington, septiembre de 1835

Un rayo de luz del alba se proyectó sobre la grieta de la esquina del techo. El día anterior se asemejaba a unos anteojos, pero a lo largo de la noche una araña había entretejido la fisura, rellenando los huecos de tal manera que ahora a ella se le antojaba una corona. No la corona que portaba su tío, que imaginaba pesada e incómoda, sino del tipo de la que portaría una reina: repujada, delicada y sólida al mismo tiempo. A fin de cuentas, su cabeza, como su madre y sir John insistían en señalar sin cesar, era singularmente pequeña; cuando llegase el momento, y ahora no cabía duda de que así sería, necesitaría una a su medida.

Se oyó un ronquido procedente de la gran cama.

—Nein, nein —gritó su madre, batiéndose en sueños con sus demonios.

Cuando fuese reina, insistiría en tener sus propios aposentos. Su madre pondría el grito en el cielo, por supuesto, y diría que su única intención era proteger a su preciosa Drina, pero ella se mantendría en sus trece. Se imaginaba diciendo: «Mamá, como reina tengo a la Guardia Real para protegerme. Imagino que estaré bastante segura en mis propios aposentos».

Algún día sería reina; ahora tenía la certeza. Su tío, el rey, era viejo y no gozaba de buena salud, y estaba claro que era demasiado tarde para que su esposa, la reina Adelaida, engendrase un heredero al trono. Pero Victoria —nombre con el que se identificaba, aunque su madre y los demás la llamasen Alejandrina, o, peor aún, Drina, diminutivo que consideraba degradante en vez de afectuoso— ignoraba cuándo llegaría ese momento. Si el rey muriese antes de que ella alcanzara la mayoría de edad al cabo de dos años, era muy probable que su madre, la duquesa de Kent, fuera nombrada regente y sir John Conroy, su amigo especial, estaría a su lado. Victoria miró al techo; Conroy era como la araña —había tejido su telaraña sobre el palacio—, y su madre había quedado atrapada en el acto, pero, pensó Victoria, ella jamás caería en sus redes.

Se estremeció, pese a que hacía una cálida mañana de junio. Cada semana rezaba por la salud de su tío en la iglesia, y siempre añadía mentalmente una notita al Todopoderoso rogándole que, si decidía acogerlo en su seno, aguardase a que ella cumpliese dieciocho años.

Victoria no tenía un concepto muy claro de lo que significaba ser reina. Su institutriz, Lehzen, le daba clases de historia, y el deán de Westminster sobre la Constitución, pero en realidad nadie sabía a ciencia cierta lo que una reina hacía a lo largo del día. Su tío, el rey, por lo visto pasaba la mayor parte del tiempo masticando rapé y refunfuñando sobre los que denominaba «malditos liberales». Victoria solo le había visto con la corona en una ocasión, y fue porque le pidió que se la colocara. Él le había dicho que se la ponía para inaugurar el año parlamentario, y le había preguntado si le gustaría acompañarle. Victoria había respondido que le encantaría, pero su madre había objetado que era demasiado joven. Victoria había oído a su madre comentárselo a sir John más tarde; estaba hojeando un álbum de acuarelas detrás del sofá y no habían reparado en su presencia.

«Como si fuera a permitir que vean a Drina en público con ese vejestorio», había comentado su madre en tono enojado.

«Cuanto antes acabe con él el alcohol, mejor», había contestado sir John. «Este país necesita un monarca, no un bufón».

La duquesa había suspirado.

«Pobrecita Drina. Es demasiado joven para tamaña responsabilidad».

Sir John había posado la mano sobre el hombro de su madre y había dicho:

«Pero no va a reinar sola. Nos cercioraremos de que no cometa ninguna estupidez. Estará en buenas manos».

Su madre había sonreído con afectación, como siempre hacía cuando sir John la tocaba.

«Mi pobre niñita huérfana de padre… Qué afortunada es de teneros, que siempre velaréis por ella».

Victoria oyó pasos en el pasillo. Normalmente tenía que quedarse en la cama hasta que su madre se despertase, pero hoy iban a Ramsgate a tomar la brisa marina y saldrían a las nueve. Estaba deseando marcharse. Al menos en Ramsgate tendría ocasión de asomarse a la ventana y ver gente auténtica. Aquí, en Kensington, nunca veía a nadie. A esas alturas la mayoría de las chicas de su edad estarían presentándose en sociedad, pero su madre y sir John sostenían que el contacto con gente de su misma edad entrañaba demasiados peligros. «Tu reputación es muy valiosa —decía siempre sir John—. Una vez perdida, no se recupera jamás. Una muchacha joven como tú está destinada a cometer errores. Es mejor que no corras ese riesgo». Victoria callaba; hacía mucho tiempo que había aprendido que era inútil protestar. Conroy siempre tenía la última palabra, y su madre siempre le apoyaba. No tenía más remedio que esperar.

La duquesa, como de costumbre, se vistió con parsimonia. Cuando su madre salió con Conroy y lady Flora Hastings, su dama de compañía, Victoria y Lehzen ya estaban sentadas en el carruaje. Victoria los observó a los tres sobre la escalinata, riendo sobre algo. A juzgar por cómo miraban hacia el carruaje, Victoria intuyó que hablaban de ella. Seguidamente la duquesa se dirigió a lady Flora, que bajó las escaleras hacia el carruaje.

—Buenos días su alteza real, baronesa. —Lady Flora, una mujer de cabello rubio ceniza que rozaba la treintena y que siempre llevaba una biblia en el bolsillo, subió al carruaje—. La duquesa me ha pedido que las acompañe a Ramsgate. —Lady Flora sonrió, dejando ver sus encías—. Y he pensado que tal vez sería el momento oportuno de repasar ciertos detalles de protocolo. Cuando mi hermano vino de visita el otro día, reparé en que utilizasteis el tratamiento de excelencia. Sin embargo, debo deciros que solo los duques reciben ese tratamiento. Un mero marqués como mi hermano —aquí las encías se hicieron más visibles— no es merecedor de semejante honor. Él estaba encantado, por supuesto (todo marqués aspira a ser duque), pero consideré que era mi deber informaros del error. Me consta que es una nimiedad, pero estos detalles son muy importantes, y estoy segura de que estaréis de acuerdo conmigo.

Victoria no dijo nada, pero miró con disimulo a Lehzen, que claramente se encontraba tan molesta por la intrusión de lady Flora como ella. Lady Flora se inclinó hacia delante.

—Qué duda cabe, baronesa, de que habéis sido una institutriz ejemplar, pero hay sutilezas que, al ser alemana, es lógico que no entendáis.

Al apreciar un leve movimiento en la mandíbula de Lehzen, Victoria intervino.

—Creo que tengo jaqueca. Voy a intentar echar una cabezada en el carruaje.

Flora asintió, aunque manifiestamente molesta por no tener más posibilidades de poner en evidencia a Victoria y Lehzen. Al ver su semblante cetrino y decepcionado, Victoria cerró los ojos con alivio. Mientras la vencía el sueño se preguntó, no por primera vez, por qué su madre siempre prefería compartir carruaje con sir John Conroy en vez de con ella.

Aunque su jaqueca había sido una estratagema para evitar la insufrible cantinela de lady Flora en el carruaje, Victoria empezó a sentirse indispuesta el segundo día de su estancia en Ramsgate. Al despertarse tenía la garganta tan irritada que apenas podía tragar.

Se acercó a la cama de su madre. La duquesa dormía profundamente y Victoria tuvo que zarandearla del hombro con bastante ímpetu para que abriese los ojos.

—Was ist los, Drina? —preguntó, enojada—. ¿Por qué me despiertas? Todavía es muy temprano.

—Tengo la garganta irritada, mamá, y un dolor de cabeza terrible. Tal vez sea conveniente que me vea el médico.

La duquesa suspiró, se incorporó y posó la mano en la frente de Victoria. Esta notó la sensación fría y suave de la mano contra su piel. Victoria se apoyó en ella, anhelando de repente tenderse y apoyar la cabeza sobre el hombro de su madre. Tal vez esta le permitiese meterse en su cama.

—Bah, la temperatura normal. Siempre exageras, Drina. —La duquesa apoyó la cabeza sobre los almohadones, con los rizos envueltos en papel, y volvió a dormirse.

Cuando Lehzen vio a Victoria hacer una mueca al sorber el té durante el desayuno, se acercó a ella enseguida.

—¿Qué ocurre, alteza, no os encontráis bien?

—Me duele al tragar, Lehzen. —Aunque el gran placer de los días que Victoria pasaba en Ramsgate era pasear por el malecón contemplando el mar y los vestidos de las damas mientras su spaniel, Dash, correteaba junto a sus pies, ese día lo único que deseaba era tumbarse a oscuras en una habitación fresca.

Esa vez fue Lehzen quien posó la mano en la frente de Victoria. La tenía más tibia que la de su madre y no tan suave, pero le resultaba reconfortante. Tras hacer una mueca y acariciarle la mejilla a Victoria, la institutriz se aproximó a la duquesa, que estaba tomando café con sir John y lady Flora en una mesa junto a la ventana.

—Creo, señora, que deberíamos llamar al doctor Clark para que venga de Londres. Me temo que la princesa se encuentra indispuesta.

—Oh, Lehzen, siempre os preocupáis en exceso. Esta mañana yo misma le he palpado la frente a Drina y estaba bien.

—Emplazar al doctor de la corte para que se desplace desde Londres —señaló Conroy— causaría un gran revuelo. No es conveniente que la gente crea que el estado de la princesa es delicado. Si efectivamente se encuentra indispuesta, y he de decir que a mí me da la impresión de que se encuentra en perfecto estado, deberíamos consultar a un médico local.

Lehzen dio un paso hacia Conroy y replicó:

—Le estoy diciendo, sir John, que un médico ha de examinar a la princesa, un buen médico. ¿Qué importa lo que pueda pensar la gente cuando está en juego su salud?

La duquesa alzó las manos con un ademán y exclamó con su marcado acento alemán:

—Oh, baronesa, no dramaticéis. Es un simple catarro estival, y no hay necesidad de armar tanto alboroto.

Cuando Lehzen se disponía a protestar de nuevo, la duquesa levantó una mano.

—Creo, baronesa, que sé lo que más conviene a mi hija.

Conroy asintió y sentenció con su habitual tono de barítono:

—La duquesa tiene razón. La princesa tiene tendencia a hacerse la enferma, como bien sabemos.

Victoria no oyó la respuesta de Lehzen, pues le dio un vahído y se desplomó en el suelo.

Despertó en una habitación a oscuras, pero no fresca; ciertamente, hacía tanto calor que pensaba que iba a derretirse. Debió de hacer algún ruido, porque Lehzen se acercó a su lado y le puso un paño frío sobre las mejillas y la frente.

—Tengo mucho calor, Lehzen.

—Es la fiebre, pero pasará.

—¿Dónde está mi madre?

Lehzen suspiró.

—Vendrá enseguida, Liebes, estoy segura.

Victoria cerró los ojos y se sumió en un letargo febril e intermitente.

En un momento dado del día, Victoria volvió en sí y olió el agua de lavanda con la que su madre siempre se perfumaba. Intentó llamarla, pero lo único que emitió fue un áspero graznido. Cuando abrió los ojos, la estancia seguía a oscuras y no veía nada. Entonces oyó a su madre.

—Pobrecita, ha estado muy enferma. Espero que no le afecte a su aspecto.

—El doctor Clark dice que es fuerte y que se recuperará —señaló Conroy.

—¡Si algo le ocurriera, sería el fin de mis días! Tendría que regresar a Coburgo.

—Cuando pase la fiebre creo que deberíamos realizar algunos preparativos de cara al futuro. Si yo llegase a ser su secretario personal, se acabarían… las tonterías.

Victoria oyó decir a su madre:

—Querido sir John. Siempre guiaréis a Victoria como habéis hecho conmigo en todo momento.

Victoria oyó un suspiro seguido por un tenue roce y a continuación Conroy susurró:

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