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VIDA DE UN ESCRITOR

Gay Talese  

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Fragmento

Índice

Portadilla

Índice

Dedicatoria

Capítulo 1

Capítulo 2

Capítulo 3

Capítulo 4

Capítulo 5

Capítulo 6

Capítulo 7

Capítulo 8

Capítulo 9

Capítulo 10

Capítulo 11

Capítulo 12

Capítulo 13

Capítulo 14

Capítulo 15

Capítulo 16

Capítulo 17

Capítulo 18

Capítulo 19

Capítulo 20

Capítulo 21

Capítulo 22

Capítulo 23

Capítulo 24

Capítulo 25

Capítulo 26

Capítulo 27

Capítulo 28

Capítulo 29

Capítulo 30

Capítulo 31

Capítulo 32

Capítulo 33

Capítulo 34

Capítulo 35

Capítulo 36

Coda

Agradecimientos

Notas

Sobre el autor

Créditos

A las mujeres de mi vida. Nan, Pamela y Catherine.

1.

 

No soy, y nunca he sido, amante del fútbol. Probablemente esto se debe en parte a mi edad y al hecho de que cuando era un jovencito en la costa sur de Nueva Jersey, hace medio siglo, ese deporte era prácticamente desconocido para los norteamericanos, excepto para aquellos que habían nacido en el extranjero. Y aunque mi padre había nacido en el extranjero —era un distinguido pero discreto sastre venido de un pueblito calabrés del sur de Italia, que se convirtió en ciudadano de Estados Unidos a mediados de los años veinte—, las referencias sobre el fútbol que me pasó estaban asociadas a sus conflictos de infancia con ese deporte y a su deseo de jugar al fútbol en las tardes con sus compañeros de escuela en un patio italiano y no limitarse a verlos jugar mientras cosía sentado junto a la ventana trasera de un taller en donde trabajaba de aprendiz; sin embargo, él, mi padre, sabía incluso en esa época, como no dejaba de recordármelo, que esos jóvenes jugadores (entre los que se encontraban sus hermanos y primos menos juiciosos) estaban perdiendo su tiempo y desperdiciando su futuro mientras daban patadas al balón de aquí para allá, cuando deberían estar aprendiendo un oficio valioso y pensando en el alto precio de conseguir un billete en busca de la prosperidad en Estados Unidos. Pero no, continuaba advirtiéndome mi padre con su incansable retahíla: de cualquier modo ellos siguieron jugando al fútbol todas las tardes en el patio tal y como después continuaron haciendo tras la alambrada del campo de prisioneros de guerra de los Aliados en el norte de África, campo al cual fueron enviados (los que no murieron asesinados o quedaron inválidos después de un combate) después de su rendición en 1942 como miembros de la infantería del ejército derrotado de Mussolini. A veces le enviaban cartas a mi padre en las que describían su cautiverio. Un día, cerca del final de la Segunda Guerra Mundial, mi padre puso el correo a un lado y me dijo, con un tono que prefiero creer que expresaba antes tristeza que sarcasmo: «¡Aún siguen jugando al fútbol!».

La final del Mundial de fútbol femenino que se jugó entre el equipo de China y el de Estados Unidos el 10 de julio de 1999 en Pasadena, California, ante 90.185 espectadores en el Rose Bowl (la mayor asistencia a una competición deportiva femenina en la historia), estaba programada para ser transmitida por televisión a casi doscientos millones de personas en todo el mundo. La transmisión en vivo, que comenzaría ese sábado en California a las 12.30, sería vista en Nueva York a las 3.30 de la tarde y en China a las 4.30 de la mañana del domingo. No tenía pensado ver el partido. Ese sábado en particular ya había acordado un partido de dobles por la tarde en el Central Park de Nueva York, con unos cuantos viejos amigos que compartían mis equívocos recuerdos sobre lo bien que jugábamos al tenis.

Antes de salir para el Central Park, pensé en sintonizar el partido de béisbol que comenzaba a la 1.15 y en el que se enfrentaban los Mets de Nueva York contra mis bien amados Yankees. Haciendo caso omiso del insistente, si bien a veces vacilante, consejo de mi padre ya fallecido, y a quien tanta falta le hizo un poco de diversión, los Yankees se habían ganado mi corazón convirtiéndome para siempre en su esclavo y seguidor desde febrero de 1944, cuando, a causa del racionamiento de gasolina producido por la guerra y el efecto que esto tuvo sobre el tema de viajar, el equipo cambió su lugar tradicional de entrenamiento durante la primavera, de Saint Petersburg, Florida, a un estadio más bien deteriorado y de barandas oxidadas que tenía un clima menos cálido, pero una ubicación más central y por tanto más cercana al aeropuerto de Atlantic City, no muy lejos de mi escuela, a una distancia que nos permitía escaparnos de vez en cuando. Desde entonces, a lo largo de la guerra y luego de la paz, extendiéndose durante un periodo que abarca las carreras de Joe DiMaggio y Mickey Mantle hasta el estrellato hacia finales del siglo de recién llegados como el shortstop Derek Jeter y el lanzador de relevo Mariano Rivera, me he deleitado con los triunfos de los Yankees de Nueva York y he lamentado sus derrotas y, la tarde de ese sábado de julio de 1999, contaba con ellos para distraerme de varias semanas de trabajo no muy efusivo sobre mi máquina de escribir.

Decidí que necesitaba relajarme, dejar mi libro a un lado por un rato, y acepté con gusto la sugerencia que me había hecho mi mujer unos días antes, de pasar ese fin de semana tranquilamente en Nueva York. Nuestras dos hijas y sus novios iban a ir a la casa de verano sobre la playa de Jersey, que compramos cerca de la de mis padres hace treinta años, tras el nacimiento de nuestra segunda hija; el sábado por la noche mi madre, por entonces de noventa y dos años pero todavía rebosante de vida, esperaba llevar a cenar a sus nietas con sus novios al casino Taj Mahal, que da sobre el paseo marítimo de Atlantic City y en cuyo vestíbulo le gustaba tomar el postre y el café, mientras metía monedas en las máquinas tragaperras.

Durante el mes anterior, mi adorada esposa y yo habíamos celebrado nuestro aniversario número cuarenta y espero no parecer poco romántico si sugiero que esta relación tan larga ha durado gracias, en parte, al hecho de que hemos vivido y trabajado por separado con cierta regularidad: yo, como investigador y escritor de obras de no ficción, a menudo estoy de viaje, y ella, como editora, ha tenido el buen cuidado de evitar a través de los años trabajar con empresas con las cuales yo tengo relaciones contractuales. Así, cuando estamos juntos bajo el mismo techo, compartiendo lo que me gustaría tomarme la libertad de llamar una coexistencia armoniosa y feliz —que comenzó a mediados de los años cincuenta durante un noviazgo que nació en un apartamento sin agua caliente ubicado en Greenwich Village y que luego se mudó a la parte norte de la ciudad y creció con el nacimiento de nuestras hijas, en una casa de piedra rojiza de la que todavía somos dueños y en la que vivimos los dos (dos personas mayores llenas de vida y decididas a no morirse en un crucero)—, debo admitir que con frecuencia aprovecho la presencia en casa de mi esposa, como profesional de la literatura que es, para solicitar su opinión no sólo sobre lo que estoy pensando escribir sino también sobre lo que he escrito; y aunque sus respuestas ocasionalmente difieren de las que más tarde expresa mi editor en propiedad, me siento antes afortunado que agobiado cuando dispongo de opiniones distintas entre las cuales elegir, pues eso me parece a todas luces preferible a la falta de ayuda y consejo editorial de la que tanto se quejan muchos de mis amigos escritores. Con todo, a los escritores que deploran su vida de abandono y soledad, déjenme decirles esto: cuando el trabajo no va bien, tener una esposa editora puede ser todavía más desmoralizante, en particular durante los fines de semana y las noches que pasamos en casa, cuando ella se encuentra leyendo con avidez las palabras de otra gente, acostada en nuestra cama matrimonial, bajo una crujiente capa de manuscritos que cubre nuestro elegante cobertor o, peor aún, penetra entre las sábanas, las cuales empezará a sacudir a su debido tiempo para recuperar páginas y ordenarlas perfectamente sobre su mesita de noche, antes de apagar la luz y, posiblemente, soñar con el momento en que tales páginas se transformen en un libro hermosamente editado y aclamado por la crítica.

En todo caso, ese fin de semana que decidimos (que ella decidió) quedarnos en Nueva York, mientras mi mujer estaba arriba editando los capítulos de un manuscrito con el que habíamos dormido el viernes, yo estaba abajo, mirando el partido de los Yankees y los Mets (los Yankees habían sacado una rápida ventaja de 2 a 0 gracias a un home run de Paul O’Neill en la primera entrada, después de que Bernie Williams llegara a primera base). Entre una carrera y otra, yo pensaba en mi próximo partido de tenis y me recordaba una y otra vez que debía lanzar la pelota más alto al sacar y aprovechar toda oportunidad de acercarme a la red.

Conocí el tenis gracias a mi profesor de gimnasia durante el penúltimo año de secundaria y, aunque nuestra escuela no tenía por entonces un equipo de tenis, jugaba todo lo que podía durante el descanso del almuerzo porque lo hacía mucho mejor que mis desgarbados y torpes compañeros de clase, a quienes escogía por contrincantes y que a su vez eran mis subalternos en el periódico estudiantil. El hecho de que nunca alcanzara notoriedad cuando participé en el equipo de la escuela de un deporte importante (fútbol americano, baloncesto, béisbol o atletismo) no me molestaba porque los equipos de nuestra escuela eran mediocres en esos deportes. Además, como cronista (y posible crítico) de los jugadores (por entonces, además de trabajar para el periódico de la escuela, ya escribía sobre deportes y comentaba las actividades escolares de manera extracurricular como corresponsal académico para el semanario de mi pueblo y el diario de Atlantic City), de repente comencé a disfrutar de la dudosa distinción de ser considerado periodista, de ver que mi carácter inmaduro y mi identidad se robustecían, si es que no se engrandecían, por cuenta de los artículos que aparecían respaldados con mi firma y una pequeña fotografía mía en la parte superior de mi columna en la página escolar del semanario del pueblo, por no mencionar los múltiples privilegios de los cuales ahora podía gozar, tales como viajar a los partidos que tenían lugar en otra ciudad en el autobús del equipo, en un asiento reservado detrás del entrenador, o viajar un poco más tarde en un hermoso Buick compacto con biseles cromados que conducía la atractiva esposa del director deportivo.

A pesar de lo malos que por lo general eran los jugadores, ya fueran vacilantes con el balón si jugaban al fútbol americano o eliminados tras tres strikes si jugaban al béisbol, jamás los humillé en letra de molde. Invariablemente, encontraba siempre maneras de describir con delicadeza cada derrota del equipo, cada ineptitud individual. Parecía como si, al escribir, poseyera una precoz habilidad para la retórica y la circunlocución, aun antes de que pudiera deletrear correctamente cualquiera de esas dos palabras. Mi aproximación al periodismo, durante mis años de secundaria, estuvo fuertemente influenciada por un florido novelista llamado Frank Yerby, un negro nacido en Georgia que más tarde se estableció en España y escribió de manera prolífica sobre mujeres llenas de joyas y faldas de crinolina de tal exuberancia erótica que, si no fuera por el estilo fantasioso de la prosa de Yerby —que de alguna manera conturbaba lo que de otro modo para mí hubiera sido asombrosamente obsceno—, sus libros habrían sido censurados a lo largo y ancho de Estados Unidos y a mí me habría sido negada la oportunidad de pedirle de manera tímida a la directora de la biblioteca pública del pueblo todos y cada uno de ellos; es más, no habría entonces tratado de emular el estilo paliativo de Yerby en mis propios intentos por ocultar y encubrir los errores y la ineptitud de los atletas de mi escuela en mis artículos de periódico.

Aunque mis reportajes evasivos y llenos de rodeos bien pueden atribuirse al deseo de mantener buenas relaciones con los atletas y así animarlos a seguir participando en entrevistas, creo que los asuntos prácticos tienen que ver menos con eso que con mi propia identificación juvenil con el fracaso y el hecho de que, a excepción de mi habilidad para escribir textos que suavizaban la dura realidad, yo tampoco podía hacer nada de manera extraordinariamente buena. Las calificaciones que me dieron los maestros, tanto en la escuela elemental como en secundaria, siempre me ubicaron entre los menos buenos de la clase: de la mitad para abajo. Junto con la Química y las Matemáticas, mi peor materia era el Inglés. En 1949 fui rechazado por las dos docenas de universidades a las que me presenté en Nueva Jersey y en los Estados vecinos de Pensilvania y Nueva York. El hecho de que fuese aceptado para hacer mi primer año de carrera en la Universidad de Alabama fue por completo resultado de la solicitud que mi padre le hizo a un generoso médico de Birmingham que trabajaba en nuestro pueblo y que siempre usaba unos trajes soberbiamente diseñados y cortados por mi padre, y de la respectiva solicitud que este médico hizo en mi nombre a un amigo de toda la vida que había sido su compañero de escuela y en ese momento trabajaba como jefe de admisiones de la Universidad de Alabama.

Mis mayores logros durante los cuatro años que pasé en la Universidad de Alabama fueron ser nombrado editor deportivo del semanario de la universidad y la popularidad que obtuve a través de una columna que escribía bajo el título de «Sports Gay-zing[1]», en la cual, a través de la permanente mezcla de humor, consideración y un punto de vista velado, pude dar la mejor versión de tal vez las peores demostraciones atléticas en la orgullosa historia de la universidad. Incluso el equipo de fútbol americano de Alabama, acostumbrado desde tiempo atrás a justificar su reputación nacional como una de las diez potencias de siempre, atravesó, cuando yo era estudiante, por algunos de los días más aciagos desde la Guerra Civil. Mientras que la gloria regresó al campo de fútbol americano después de 1958, con la llegada del ahora legendario entrenador Paul «Bear» Bryant, en mi época el desempeño futbolístico fue, con frecuencia, la causa de varios fines de semana de duelo en todo el estado y de varios rituales celebrados los sábados por la noche en el centro del campus, en los cuales se realizaba la quema de un monigote del entrenador de entonces, un tipo de Nueva Inglaterra conocido como Harold «Red» Drew, por parte de una ruidosa multitud de muchachos pertenecientes a las distintas fraternidades y acompañados de sus novias, las cuales provenían de clubes femeninos en los que las chicas que acababan de entrar como miembros se pasaban la tarde cosiendo muñecos de tamaño natural en tela de costal, con ojos gigantes y una cara gorda y llena de coloretes, que se suponía que replicaban los rasgos del entrenador.

Aunque Drew nunca se nos quejó de esto a mí ni a ningún miembro de mi equipo periodístico, yo comencé a sentir mucha pena por él y en nuestra sección deportiva siempre trataba de darle un giro positivo a su carrera en descenso. En una de mis columnas hice énfasis en el valor que había demostrado mientras servía al país como oficial naval durante la Primera Guerra Mundial, resaltando una ocasión en la cual saltó desde un dirigible que estaba a más de seiscientos metros de altura sobre el golfo de México. Ese salto, ocurrido en 1917, cuando Drew era subteniente, lo consagró como el primer paracaidista en la historia naval, o al menos eso fue lo que escribí después de encontrar la información en un amarillento recorte de periódico que estaba pegado a un viejo cuaderno de recuerdos que me prestó la esposa del entrenador. También ilustré el artículo con una vieja fotografía de la Primera Guerra Mundial, que mostraba a un subteniente Drew esbelto pero corpulento, frente a un avión de combate de la Marina en la base del Canal de Panamá, vestido con pantalones hasta la rodilla, botas altas y una gorra de oficial decorada con una insignia y provista de una visera que protegía sus ojos del sol, pero sin esconder una discreta sonrisa que yo esperaba que mis lectores interpretaran como la marca de un modesto y valiente guerrero, pensando, de manera ingenua, que eso instigaría el patriotismo de los jóvenes estudiantes y extinguiría unas cuantas de esas antorchas nocturnas que levantaban para insultar al entrenador Drew y a veces también a su venerable asistente, Henry «Hank» Crisp, especializado en dirigir la débil línea de defensa de Alabama.

En otro intento fútil de mi parte por distraer la atención de los seguidores de actuaciones tan desastrosas como las que regularmente hicieron en temporadas como la de 1951, por ejemplo, cuando el equipo perdió seis de once partidos, dramaticé la tragedia con palabras sacadas, en parte, de Shakespeare:

 

Ser o no ser: ¡he ahí la cuestión! ¿Acaso Drew o Crisp deben padecer la adversidad y los dardos de un bloqueo inmisericorde, o más bien alzarse en armas contra una multitud de escritores deportivos y, haciéndoles frente, acabar con ellos?

Ganar [...] perder [...] ser derrotados, aplastados, superados y consumidos por el presuntuoso de Villanova [...]

Ah, dormir, porque en ese sueño de la muerte soñamos con nuestros contrincantes que arrasaron para luego huir, pelota de cuero bajo el brazo, por encima y por debajo de los muros de la Universidad de Alabama [...]

 

Una vez que me gradué, en 1953, abandoné a Red Drew a su suerte. Un año después leí que había renunciado, después de que su equipo alcanzara la marca de cuatro victorias, cinco derrotas y dos empates, que hubiera podido considerarse sobresaliente si se compara con los logros de su sucesor, J. B. «Ears» Whitworth, quien perdió en 1955 diez partidos sin haber ganado siquiera uno. Durante esos dos años no volví a la universidad para presenciar ninguno de tales encuentros, pues fui asignado durante buena parte del tiempo a una unidad blindada en Kentucky para cumplir con mi servicio militar y luego emplazado con esa misma unidad en Alemania hasta que terminé el servicio en junio de 1956, cuando pude aceptar un trabajo como reportero en la sección deportiva de The New York Times. En realidad ya había trabajado brevemente para el Times como asistente, durante el verano y el otoño de 1953, antes de entrar en el ejército, gracias a la recomendación de un compañero de clases y amigo de Alabama, cuyo tío de Mississippi, el periodista y editor Turner Catledge, había sido nombrado gerente editorial del Times en 1951. El señor Catledge arregló las cosas para que me contrataran por primera vez, después de verme en su oficina y tras hojear algunos de mis recortes; ahora bien, durante el tiempo que estuve en el ejército, como podrán imaginar, no fui para nada negligente en aquello de mantener el contacto.

Fue él quien después me propuso trabajar en la sección deportiva, no sin antes dejarme saber que no le gustaba para nada la tendencia de dicha sección a cubrir los deportes del mismo modo serio y pesado con el que por entonces el Times cubría todo lo demás; por alguna razón en particular, decidió que la sección deportiva debía reformarse y señaló que el estilo allí podía ser más divertido, origi

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