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VIDA, PASIóN Y MUERTE DE FEDERICO GARCíA LORCA

Ian Gibson  

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Fragmento

Yo creo que el ser de Granada me inclina a la comprensión simpática de los perseguidos. Del gitano, del negro, del judío…, del morisco que todos llevamos dentro.

GARCÍA LORCA, 1931[1]

Madre, cuando yo me muera

que se enteren los señores.

Pon telegramas azules

que vayan del Sur al Norte.

GARCÍA LORCA,

«Muerto de amor»

(Romancero gitano)[2]

Lo que en otros no envidiaban,

ya lo envidiaban en mí.

Zapatos color corinto,

medallones de marfil,

y este cutis amasado

con aceitunas y jazmín.

GARCÍA LORCA,

«Muerte de Antoñito el Camborio»

(Romancero gitano, 1928)[3]

Todo él desborda, como fuente que parece imposible y criminal cese de fluir un día.

LUIS CERNUDA, 1931[4]

Los mitos crean el mundo, y el mar estaría sordo sin Neptuno y las olas deben la mitad de su gracia a la invención humana de la Venus.

GARCÍA LORCA, sobre la pintora

María Blanchard, 1932[5]

Yo soy un poeta telúrico, un hombre agarrado a la tierra, que toda creación la saca de su manantial.

GARCÍA LORCA, 1935[6]

PUNTUALIZACIÓN

La primera edición de este libro se publicó en 1998, centenario del nacimiento de Federico García Lorca. Se trataba de una traducción, hecha por otra mano, corregida y puesta al día por nosotros, de la versión inglesa de la biografía (Londres, Faber and Faber, 1989). Versión basada, a su vez, en la edición original española, publicada por Grijalbo, en dos tomos escalonados, en 1985 y 1987.[*]

IAN GIBSON

Madrid

17 de marzo de 2016

NOTA PREVIA A LA PRIMERA EDICIÓN

DE ESTE LIBRO (1998)

A Federico García Lorca, uno de los seres humanos más artísticamente dotados de todos los tiempos, se le seguía negando hasta hace muy poco tiempo —hasta ayer mismo— su condición de homosexual, de homosexual para quien asumir plenamente su condición de tal, en una sociedad intolerante, fue una lucha cotidiana nunca del todo resuelta antes de que los fascistas acabaran con su vida a la edad de treinta y ocho años. Se la seguían negando incluso estudiosos de prestigio, acarreando con ello la extrañeza de otro homosexual, e íntimo de Lorca, Vicente Aleixandre. Hoy las cosas han cambiado, y ningún crítico, español o extranjero, puede dejar de tener en cuenta algo tan obvio y fundamental a la hora de entender al poeta. En este sentido, sendos estudios de Paul Binding (1985) y, sobre todo, de Ángel Sahuquillo (1986), han marcado hitos esenciales en nuestro conocimiento del Lorca profundo.

En esta biografía reivindico a un Lorca que, pese a ser «capaz de toda la alegría del mundo» (Aleixandre), pese a su carisma y a sus múltiples dones, de todos reconocidos, conoce la depresión y sabe «con sus huesos» —acudo al poema «Vuelta de paseo»—, como lo supo Oscar Wilde, lo que es ser tenido, tan injustamente, por repelente y nefasto. Reivindico a un Lorca comprometido con todos los que sufren, con los rechazados, los marginados, los perseguidos, los avergonzados, los que no encajan. Al Lorca revolucionario que en realidad fue. Al Lorca consciente de que iban a por él.

Pese a los silencios y las ofuscaciones de tanta gente, estamos empezando a ver más claro en el genial poeta. En este sentido han sido hechos de innegable importancia, además de los estudios mencionados, la publicación de la juvenilia lorquiana, en 1994, y, en 1997, de la nueva edición de la correspondencia, a cargo de Andrew Anderson y Christopher Maurer (indebidamente titulada, con todo, Epistolario completo, algo que no es y no será nunca).

De hecho, se han perdido muchas cartas. Entre ellas, las de Lorca a Lorenzo Martínez Fuset, Emilio Aladrén y José María García Carrillo, tal vez destruidas por sus respectivas familias; la mayor parte de las cruzadas entre el poeta y Rafael Rodríguez Rapún y Adolfo Salazar; y casi todas las del poeta a Dalí. Tales lagunas epistolares —y hay otras muchas— son trágicas.

También grave, pero subsanable, es el hecho de que todavía no se haya editado la correspondencia recibida por el poeta y que obra en poder de la Fundación Federico García Lorca, de Madrid. De dichas cartas, tal vez las más importantes desde el punto de vista biográfico son las de su exigente madre, Vicenta Lorca, que arrojan una intensa luz sobre la relación de ambos.

Al margen del epistolario, y de la pérdida o destrucción de otros documentos, hay que mencionar una fuente biográfica de primer orden que sigue cerrada a los investigadores: el voluminoso diario de Carlos Morla Lynch, del cual sólo dio a conocer (en 1958) una versión afeitada y retocada. De ser publicado en su integridad dicho diario, se iluminarían momentos aún nebulosos de la vida del poeta. Esperemos que futuros biógrafos tengan acceso a él.

Entregadas al editor las pruebas de imprenta de este libro, mi archivo se trasladará al Centro de Estudios Lorquianos en Fuente Vaqueros, cuya apertura se prevé para 1998, centenario del nacimiento del poeta. Con ello pongo punto final a mis largas investigaciones sobre aquel entrañable ser tan cruelmente sacrificado por el odio y la ignorancia de quienes, en 1936, se sublevaron contra la Segunda República.

IAN GIBSON

Restábal (Granada)

3 de noviembre de 1997

NOTA PREVIA A ESTA NUEVA EDICIÓN (2016)

Desde la aparición de este tomo en 1998 la bibliografía sobre Lorca no ha dejado de crecer. Dedicado a otras tareas, me ha sido imposible leer todo lo publicado, pero he tratado de mantenerme al tanto de las novedades más destacadas. Entre ellas me ha sido muy provechoso poder disponer del hermoso libro póstumo de Isabel García Lorca, Recuerdos míos (2002), que arroja más luz sobre los primeros años de la familia en Granada y sus estancias veraniegas en Asquerosa, complementando así el ya conocido libro, también póstumo, de su hermano Francisco, Federico y su mundo (1980). La lástima es que su hermana Concha muriera (en accidente de coche) sin dejar una aportación que habría sido de gran trascendencia, quizá sobre todo en relación con lo ocurrido en Granada aquel trágico verano de 1936.

Han sido fundamentales para mi revisión del texto dos ensayos de Carlos Jerez Farrán: Un Lorca desconocido. Análisis de un teatro «irrepresentable» (2004) y La pasión de San Lorca y el placer de morir (2006). Demuestran, así como los trabajos anteriores de Binding y Sahuquillo, que hoy nadie puede escribir con sensatez sobre la obra del granadino sin tener en cuenta su homosexualidad, algo muy difícil en España hasta hace muy poco tiempo.

Muy importante ha sido también la nueva edición del diario del diplomático Carlos Morla Lynch, En España con Federico García Lorca, prologado por Sergio Macías Brevis (2008), que aclara unas fechas, añade unos datos y aporta algún papel inédito. Es una pena, con todo, que no tengamos el documento completo —tal vez sólo la cuarta parte del original—, guardado sigilosamente por sus herederas y quizá en parte destruido.

En cuanto a las cartas enviadas por Lorca desde Nueva York a Rafael Martínez Nadal, ¿las quemó éste realmente o están esperando el momento de darse a conocer? Cuesta trabajo creer que el recipiente hubiera sido capaz, por razones de pudibundez, de acabar para siempre con un testimonio tan único sobre la estancia allí del poeta y de la intimidad de su amistad, pero tal vez fue así.

Al releer los dietarios de mis pesquisas lorquianas —ocho tomos manuscritos que, corregidas las galeradas de este libro, se depositarán en mi archivo en Fuente Vaqueros— me he dado cuenta otra vez de cuánta documentación relacionada con el poeta se ha perdido: cartas, testimonios, papeles… Una vez más es difícil no encontrar en Lorca el máximo símbolo de la tragedia de la Guerra Civil y sus secuelas, de lo que ha perdido España —y el mundo— a consecuencia de la criminal sublevación de 1936.

Si 2016 significa el 80.º aniversario del inicio de la conflagración fratricida y del asesinato del poeta, también es el centenario del primer escrito suyo conocido: Mi pueblo. Causa asombro constatar que compuso en sólo veinte años la prolífica obra hoy tan universalmente admirada.

Quiero recalcar una vez más el valor incalculable del Epistolario completo de Lorca (1997) compilado por Christopher Maurer y Andrew Anderson, con un magnífico índice que facilita mucho su consulta y utilización. Falta todavía, sin embargo, una edición de la copiosa correspondencia recibida por el poeta y conservada en la Fundación que lleva su nombre. En este sentido un importantísimo paso ha sido la publicación, por mi amigo Víctor Fernández, de las misivas dirigidas por Vicenta Lorca a su primogénito y que nos permiten conocer mucho mejor su relación.

Repasando sendas listas de agradecimientos correspondientes a los dos tomos originales de mi biografía (1985 y 1987), reproducidas al final del presente volumen, constato que, de las muchísimas personas entrevistadas, siguen hoy con vida sólo un puñado. ¡Las cruces serían hoy incontables! y oigo la voz de la Tía en Doña Rosita la soltera: «Ya nos queda poco tiempo en este teatro». Me complace que estos centenares de nombres queden unidos a mi quehacer biográfico, que ahora concluye definitivamente, pues sin ellos no existiría el libro. Ha sido un privilegio tratar a tantos amigos y conocidos del poeta desparramados por esos mundos de Dios, y me alegra haber podido poner a salvo sus recuerdos.

Por lo que respecta a este texto revisado, quiero expresar mi profundo agradecimiento a Inmaculada Hernández Baena, archivera del Museo-Casa Natal Federico García Lorca en Fuente Vaqueros, cuya colaboración ha sido siempre eficacísima. El ya mencionado Víctor Fernández, gran investigador, nunca me ha faltado y siempre he podido contar con sus sugerencias y su pericia, muy superior a la mía, a la hora de encontrar información pertinente en internet. Mi agradecimiento también al personal de La Casa de los Córdova en Granada (Margarita Jiménez y María Socorro Rodríguez Heras), Eduardo Ruiz Baena (Casa-Museo Federico García Lorca, Valderrubio), Adrián Ausín, Jorge Martínez Ramírez, María Casas y Laura Tomillo —mis simpáticas editoras en Penguin Random House—, Silvia Bastos y Guenny Rodewald.

IAN GIBSON

Madrid

28 de diciembre de 2015

Autorretrato del poeta en Nueva York.

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INFANCIA (1898-1909)

La Vega de Granada. Fuente Vaqueros

Federico García Lorca gustaba de proclamar que era granadino. A veces, hilando más fino, explicaba que no le trajeron al mundo en la afamada ciudad de la Alhambra sino en el pequeño pueblo de Fuente Vaqueros, situado en medio de su hermosa Vega, y que era hijo de un rico terrateniente, Federico García Rodríguez, y de una maestra, Vicenta Lorca Romero.[1]

Su alumbramiento tuvo lugar el 5 de junio de 1898 en momentos de auténtico trauma nacional. Estados Unidos había declarado la guerra contra España tras la voladura del Maine en el puerto de La Habana, y a principios de mayo llegó la noticia de la destrucción de la flota en la bahía de Manila, con cuatrocientas bajas españolas y ni una sola norteamericana. Produjo rabia, estupor, vergüenza y un sentimiento de impotencia generalizada. Se desencadenó en la prensa un histerismo revanchista. La gente se lanzó a la calle, con gritos contra el Gobierno, la monarquía, las fuerzas armadas. En julio es el desastre final: la pérdida de Cuba, el último retazo de los antes inmensos dominios al otro lado del Atlántico.[2]

Por lo que le toca a Granada, 1898 significa una tristeza añadida: el suicidio del escritor Ángel Ganivet, que aquel noviembre se tira a las heladas aguas del Dvina, cerca de Riga —hoy capital de Letonia— a los treinta y dos años.

Tal vez por todo ello habría en García Lorca una tendencia a situar su nacimiento, no en 1898, sino en el más prometedor 1900.

El futuro poeta pasó sus primeros once años en la feraz llanura granadina. En Fuente Vaqueros hasta 1906 o 1907, luego en la cercana aldea de Asquerosa. En 1909 su familia se instalaría en la capital de la provincia.

«Amo en todo la sencillez —declaró—. Este modo de ser sencillo lo aprendí en mi infancia, allá en el pueblo.»[3]

De todas las vegas de España, la de Granada siempre se ha considerado la más bella. Dominada por la imponente mole de Sierra Nevada, ceñida por otras montañas y atravesada por el río Genil y su afluente el Cubillas, la planicie, de unos 1.360 kilómetros cuadrados, fue durante cientos de años un mundo aparte, cerrado sobre sí mismo, donde la vida discurría mansamente y el hombre vivía en íntima compenetración con la tierra. Los viajeros románticos del XIX quedaban deslumbrados ante su lozanía, en primer lugar Richard Ford, autor de la mejor guía de España de todos los tiempos. La llanada, escribió, era como «una verde alfombra» tendida al pie de su Sierra, «de alpina majestuosidad».[4]

Hoy, agredida cada vez más por el crecimiento de sus pueblos, cruzada por autovías, aquejada de contaminación lumínica nocturna y sometida al ruido de un aeropuerto internacional, su degradación es patente y trágica, quizá irreversible.

Los árabes granadinos, expertos horticultores, crearon en la Vega un complicado sistema de riego que mejoró notablemente el dejado por los romanos, y la convirtieron en paraíso terrenal.[5] Pero con la «toma» de Granada por los Reyes Católicos en 1492 entró en una fase de rápida decadencia. Los cristianos practicaban técnicas agrícolas más primitivas que los musulmanes y se mostraron incapaces de adaptarse a las elaboradas y perfeccionadas por éstos durante ocho siglos. El declive culminó en 1609 con la brutal expulsión definitiva de los moriscos.

En el corazón de la Vega se extendía una amplia finca conocida, a partir de la caída de Granada, con el nombre de Soto de Roma. Había pertenecido anteriormente a los reyes moros. Los entendidos no se han puesto de acuerdo con respecto a los orígenes de la palabra Roma, que no guarda relación alguna con su homónima italiana. Lo más probable es que proceda de una raíz árabe que significa «cristiana».[6] Dicha derivación se avala por el hecho de que, no lejos del Soto, en la orilla izquierda del Genil, hay un pueblecito llamado Romilla o Roma la Chica donde, según cuenta la tradición, vivió Florinda, la hija del conde don Julián, el personaje a quien se culpa de haber abierto las puertas de la Península Ibérica a los árabes en 711.[7] En cuanto a soto, no plantea problemas: viene del latín saltus, «prado» o «hacienda». Parece, pues, que Soto de Roma equivale a «Soto de la Cristiana».

A los habitantes de Romilla se les conoce por romerillos o romanos, denominación que permite identificar el origen de Pepe el romano en La casa de Bernarda Alba. Cabe añadir que entre Romilla y el Genil hay una ruina árabe, designada por los ribereños como Torre de Roma, que servía antiguamente de mojón indicador del límite sur del Soto. Le daba miedo al Federico niño penetrar en aquella ruina húmeda y llena de sapos que, según se decía, cobijaba a culebras y hasta a un lagarto gigantesco «que se comía crudas a las mujeres» pero no tocaba a los hombres.[8]

Fernando e Isabel repartieron las fértiles tierras de la Vega entre sus nobles, si bien tuvieron buen cuidado de reservarse el Soto de Roma para su uso exclusivo y el de sus descendientes, por lo que al nombre de la finca le fue concedido pronto el título de Real Sitio.

En el siglo XVI estaba espesamente arbolado y albergaba abundante caza.[9] Ginés Pérez de Hita, autor de Guerras civiles de Granada (1595), se refiere en la primera parte de su monumental obra a la densidad de la vegetación que cubría el lugar. «Hoy día quien no tiene muy andadas las veredas se pierde en él», nos asegura.[10] Más de cuatrocientos años después el incauto todavía puede perderse en los bosques del Soto, hoy espesas y lozanas choperas.

El Soto permaneció en manos de la Corona durante tres siglos, sometido únicamente a una mínima explotación agrícola y utilizado para satisfacer las proclividades cinegéticas de los monarcas de turno que, durante sus raras visitas, se alojaban, a partir de la llegada de los Borbones, en la Casa Real, noble edificio levantado al lado del Cubillas a menos de un kilómetro de Fuente Vaqueros, entonces pueblo minúsculo.

En 1765 Carlos III otorgó el Soto a Richard Wall, hijo de inmigrantes irlandeses que entre 1754 y 1764 había sido embajador de España en Londres y secretario de Estado.[11] Inició en Fuente Vaqueros la construcción de la iglesia parroquial de Nuestra Señora de la Anunciación, pero murió en 1777 antes de verla terminada.[12] La hacienda revirtió entonces a la Corona y no mucho más tarde fue cedida a Manuel Godoy, ministro de Carlos IV entre 1792 y 1797, y amante de María Luisa, la oronda esposa del rey cruelmente representada por Goya en sus retratos de la familia real.[13] Parece que Godoy no visitó nunca el Soto de Roma. Cuando el llamado Príncipe de la Paz cayó en desgracia tras la victoria de Nelson en Trafalgar volvió de nuevo a la Corona.

En 1813 su destino cambió súbitamente de signo cuando las Cortes de Cádiz lo regalaron al duque de Wellington, Arthur Wellesley, vencedor de Napoleón en Salamanca, así como otra finca, Molino del Rey, situada cerca del pueblo de Íllora en el borde noroeste de la Vega. También le otorgaron el título de duque de Ciudad Rodrigo. Durante más de cien años el Soto de Roma pertenecería en plena propiedad a los ingleses.[14]

Aquel mismo año de su cesión, 1813, tenía setecientos habitantes, distribuidos en varias aldeas, la mayor de ellas Fuente Vaqueros.[15] Sir Arthur no se dignó nunca visitar sus fincas granadinas, administradas por agentes normalmente incompetentes y a menudo corruptos. Constituyó una excepción a la regla el primero, el general O’Lawlor, español, como Richard Wall, de origen irlandés. Edecán de Wellesley durante la guerra, aunó después su cargo de gerente del Soto de Roma con el de capitán general de Granada.

En 1831, Richard Ford pasó unos días en Fuente Vaqueros con O’Lawlor y dejó para la posteridad tres o cuatro delicados dibujos a lápiz de la Casa Real.[16] En su manual, publicado en 1845 en dos apretados tomos de pequeño formato por el famoso editor londinense John Murray, incluyó algunas páginas muy bien documentadas sobre Fuente Vaqueros, donde se apuntaba que, gracias a los desvelos de Wall y O’Lawlor, el Soto debía a irlandeses por dos veces los trabajos de mejora realizados en él.[17]

Hasta finales del siglo XIX, época en que se construyeron muros de contención en las riberas del Genil, el Soto estuvo sujeto a frecuentes y a veces desastrosas inundaciones. Todos los otoños, cuando empezaban las lluvias, tanto el Genil como el Cubillas se desbordaban, al igual que las acequias del contorno, y solían venir abajo los frágiles puentes de madera que salvaban los ríos. Al resultar éstos infranqueables, quedaba cortada la comunicación entre las gentes del Soto y el mundo exterior.

El Genil discurría anteriormente por el norte de Fuente Vaqueros.[18] Pero, en 1827, después de unas lluvias torrenciales, se salió de madre cerca de Santa Fe, modificó su curso, y se desvió hacia el sur del pueblo, que es donde lo encontramos hoy.[19] Debido a la humedad de la zona, La Fuente, nombre con que familiarmente se conoce el lugar entre las gentes de la Vega, era considerado insalubre hasta comienzos del siglo XX.[20]

Horace Hammick, amigo y posteriormente administrador del segundo duque de Wellington, intentó visitarlo en el otoño de 1854, pero se lo impidieron las lluvias.[21] Tuvo más suerte en el de 1858, después de incontables dificultades. Encontró el lugar, y el Soto de Roma en general, en un estado lamentable. Muchos de los vecinos sufrían duras penalidades, pululaban mendigos medio desnudos por las calles, el cultivo de las tierras estaba en punto muerto, había una gran escasez de pan y eran numerosas las víctimas mortales de las fiebres. «Nos pidieron encarecidamente que le informásemos al dueño, el duque de Ciudad Rodrigo, acerca de su deplorable situación», escribió Hammick, que encontró la Casa Real prácticamente en ruinas, sin puertas ni ventanas, con los muros agrietados y, en el piso superior, una muchedumbre de gitanos.[22]

Pero si cada año las inundaciones llevaban hambre y desolación al Soto de Roma, también es verdad que la propiedad debía su feracidad a las capas de lima que a lo largo de siglos habían depositado sobre ella el Genil y el Cubillas.

La población del Soto crecía, y en 1868 los setecientos habitantes censados en 1813 habían aumentado a unos tres mil.[23] La expansión era el resultado en parte de las innovaciones agrícolas introducidas por los ingleses, que, sin ser espectaculares, mejoraban los métodos antiguos. Otro estímulo fue una fuerte demanda industrial de cáñamo y lino, ambos florecientes en la Vega.[24] Según Hammick, el enfiteusis, el sistema que permitía a los colonos del Soto arrendar y subarrendar sus terrenos casi ad infinitum, contribuyó también a la explosión demográfica.[25]

Alrededor de 1880 se dio otra circunstancia mucho más decisiva para la economía no sólo del Soto de Roma sino de la Vega en general: el descubrimiento de que aquellas tierras eran muy idóneas para el cultivo de la remolacha de azúcar.[26] La pérdida de Cuba en 1898 ayudó poderosamente este proceso, ya que con ella se acabó la importación de azúcar barato procedente de la isla. Por todos lados empezaron a surgir fábricas de azúcar, con sus altas chimeneas, y en poco tiempo amasaron grandes fortunas los terratenientes vegueros. Entre ellos el padre del poeta, Federico García Rodríguez.

El bisabuelo paterno de éste, Antonio García Vargas, procedía de Santa Fe, donde estaba emparentado con «ricas y antiguas familias de aquella histórica ciudad», según Francisco García Lorca, hermano del poeta, nacido en Fuente Vaqueros en 1902, en su libro póstumo Federico y su mundo.[27] Histórica ciudad donde los Reyes Católicos firmaron las capitulaciones con Boabdil y el acuerdo con Colón, y por cuyas puertas muradas hubieron de cruzar los García Lorca muchas veces camino de Granada en su coche de mulas.[28]

En 1831 el bisabuelo Antonio García se casó con una joven de Fuente Vaqueros, Josefa Paula Rodríguez Cantos, y se trasladó al pueblo como secretario del Ayuntamiento, cargo que desempeñaría durante muchos años.[29]

Josefa Paula, apodada «la abuela rubia», era una belleza notable y, según tradición de la familia, tal vez de origen gitano.[30] Más probable, quizá, es que lo fuera la madre de Antonio, dada la frecuencia del apellido Vargas entre los calés andaluces. Cabe inferir, de todos modos, que la sospecha de tener aquella sangre en las venas, por muy diluida que estuviera, complacía al futuro autor del Romancero gitano.

Los García Vargas —eran diez hermanos y hermanas— poseían una extraordinaria aptitud para la música.[31] El bisabuelo Antonio tenía una hermosa voz y tocaba bien la guitarra. Cuenta Francisco García Lorca: «Por lo visto se divertía en hacer fiorituras e ilustraciones con la guitarra, dificultando el canto de los nietos, y se ha perpetuado en la memoria de mis tías la frase malhumorada de mi padre niño, que decía al abuelo: “Toca llano y no puntees.”»[32]

A otro hermano, Juan de Dios, dueño de un oído finísimo, se le daba bien el violín, instrumento poco corriente por aquellos contornos.[33]

Antonio y Josefa Paula tuvieron seis hijos y una hija.[34]

De ellos, Enrique García Rodríguez, abuelo del poeta, fue el más serio. Ferviente católico y, en política, liberal —combinación bastante insólita en aquella España—, heredó de su padre el cargo de secretario del Ayuntamiento de Fuente Vaqueros y transmitió a sus hijos «una viva afición por la música». Era presidente de la Cofradía de las Ánimas, culto floreciente en el pueblo. Los vecinos le respetaban por su sentido común y su sensatez a la hora de dar consejos.[35]

Federico, el mayor de los hermanos, heredó la tradicional afición a la música de la familia, llegó a ser bandurrista profesional y se hizo célebre en Málaga, donde tocaba en el famoso Café de Chinitas.[36] Francisco García Lorca opinaba que el amor a Málaga que profesaban los suyos tenía algo que ver con la prolongada estancia allí de aquel antepasado.[37] Sea como fuera, Enrique García Rodríguez puso el nombre de Federico a su primer hijo, futuro padre del poeta, en homenaje al hermano a quien tanto admiraba.[38]

Baldomero García Rodríguez era el más excéntrico, bohemio, artístico y original de los cuatro hermanos (el otro, Narciso, de quien se recuerda poco, era maestro con talento para el dibujo).[39] Interpretaba con consumada pericia su papel de oveja negra de la familia, y resultaba para ella una figura tan «poco grata» que no le gustaba hablar de él.[40] Cojo a causa de un defecto congénito, se le conocía en toda la región por sus espectaculares borracheras, sus amoríos y las maliciosas coplas que improvisaba con extraordinaria facilidad. Una de ellas decía:

Tengo una novia pura

que Purita se llama,

no porque fueran puras

ni sus acciones ni sus palabras.[41]

Baldomero era dueño de dotes musicales excepcionales y tocaba magistralmente tanto la guitarra como la bandurria. Ejercía, a veces, de maestro. Y, en 1892, fue secretario del Ayuntamiento del pueblo de Belicena, situado no lejos de Fuente Vaqueros.[42] En su repertorio de canciones populares figuraba como especialidad la jabera, variedad de flamenco que hoy se escucha muy poco.[43] La madre de Lorca solía recordar que cantaba «como un serafín».[44] Era, de hecho, un juglar («una especie de juglar pueblerino», dice Francisco García Lorca),[45] pero no sólo eso. En 1882 había publicado en Granada un librito, Siemprevivas, subtitulado Pequeña colección de poesías religiosas y morales. El tono de las composiciones es menos austero de lo que daba a entender la portada. El poeta ensalza en ellas, con gracia, la bondad de Dios y la insensatez de quienes no saben apreciarla, elogia la Naturaleza, donde ve la mano siempre presente del Creador, y exhorta al lector a que abjure de la búsqueda de los vanos éxitos mundanos.[46]

Murió en el hospital de San Juan de Dios, de Granada, el 4 de noviembre de 1911, a la edad de setenta y un años.[47] No hay duda de que el joven García Lorca llegó a conocer y a respetar a aquel descarriado tío abuelo, algunos de cuyos poemas parece que conocía de memoria. La tradición familiar registra una ocasión en que su madre exclamó, al oír a su primogénito expresarse de una manera muy exagerada: «¡Ya tenemos a otro Baldomero!». A lo cual Federico replicaría: «¡Sería un honor para mí ser como él!».[48] En 1931 aludió a Baldomero, pero sin mencionarlo por su nombre, durante un discurso pronunciado en Fuente Vaqueros. «Mis abuelos sirvieron a este pueblo con verdadero espíritu —dijo— y hasta muchas de las músicas y canciones que habéis cantado han sido compuestas por algún viejo poeta de mi familia.»[49]

Las mujeres de la familia no les iban a la zaga de los hombres en lo que a talento se refería, y a menudo eran de gran originalidad. La esposa del abuelo Enrique, Isabel Rodríguez Mazuecos, por ejemplo. Al igual que su marido era liberal en política, pero, en cambio, anticlerical. Muy sociable, muy comunicativa, siempre con una palabra amable para todo el mundo, tenía una vitalidad desbordante. Todos los miembros de aquella numerosa familia la adoraban. Debido a ello el nombre Isabel proliferaría entre ellos.[50]

La abuela compartía la pasión por la literatura de su esposo Enrique y solía ir a Granada específicamente para comprar libros. Además tenía el don de la lectura en voz alta y le encantaba ponerlo en práctica, no sólo para deleite de sus hijos sino de sus vecinos y amigos, muchos de ellos analfabetos. Francisco García Lorca comenta que aquella aptitud no era infrecuente en la familia y que Federico sería su «máximo ejemplo».[51] Los poetas favoritos de la abuela eran Zorrilla, Espronceda, Bécquer y Lamartine. Sus novelistas, Dumas padre y, de manera especial, Víctor Hugo. De hecho, casi idolatraba al gran escritor francés y tenía sobre un aparador, expuesto con todos los honores, un busto de yeso, tamaño natural, de éste.[52]

El tío abuelo Baldomero también admiraba a Hugo y en 1902 estampó una elegante diatriba al frente de una edición de Los miserables que había llegado a sus manos. «A la imperdonable ligereza de los cajistas —empezaba— se debe la infinidad de errores cometidos en la impresión de los libros de esta grandiosa obra. Muchas letras, sílabas y aun palabras de más. Muchas letras y sílabas y aun palabras de menos. Letras y sílabas que desfiguran la frase hasta el extremo de hacer decir una cosa muy contraria de la que deben expresar».[53]

Francisco García Lorca recuerda que la familia no sólo poseía las obras completas de Hugo en una edición de lujo encuadernada en piel —se trataba de la traducción en seis tomos de Jacinto Labaila, publicada por Terraza, Aliena y Compañía en Valencia en 1888—, sino que aquellos libros, ilustrados con bellas láminas de color, constituyeron sus primeras lecturas y probablemente las de Federico también. En la obra temprana del poeta hay, de hecho, numerosas alusiones admirativas a Hugo.[54]

Isabel Rodríguez no era ni mucho menos la única persona de Fuente Vaqueros aficionada a la lectura: en la Vega, los del pueblo tenían fama de ser amantes de los libros.[55] Tal vez por el hecho de pertenecer el Soto de Roma al duque de Wellington, circunstancia que diferenciaba a sus vecinos de las demás gentes de la llanura y quizá les confería, gracias a su contacto con otra mentalidad, una visión más amplia tanto del mundo como de la vida. Por otra parte les dolía la espinilla de ser arrendatarios de un aristócrata extranjero, por mínimo que fuera el canon e importante que hubiera podido ser la con

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