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VIRACOCHA

Alberto Vázquez-Figueroa  

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Fragmento

 

 

 

 

 

Por allí se va a Panamá, para vivir para siempre en la miseria y la deshonra... Por aquí, a lo desconocido y sufrir penalidades o a conquistar nuevas tierras y conseguir la gloria y la riqueza. Que cada cual escoja, como buen castellano, lo que mejor le plazca...

 

 

Le vino a la mente una vez más la tragicómica imagen del anciano esquelético y mugriento cuyo enfebrecido rostro, oculto tras una enmarañada barba grisácea, reflejaba la desesperación a que le habían conducido años de hambre, enfermedades y miserias, pero cuyos penetrantes ojos demostraban, más que un millón de palabras, que pese a la infinidad de contratiempos, traiciones y malquerencias que había tenido que soportar desde niño, continuaba siendo —ya casi en el ocaso de su vida— el más osado y testarudo de los capitanes extremeños.

Acababa de trazar una raya en la arena con la roma punta de su maltrecha espada y, al observar cómo le bailaba la herrumbrosa armadura en torno al descarnado pecho que semejaba un desvencijado cesto de mimbres ya resecos, experimentó una dulce piedad hacia lo poco que quedaba de su pasada hidalguía, y sacudió la cabeza alejando el triste pensamiento de que había llegado la hora de que alguien encerrara por loco a aquel viejo y cansado luchador.

Pero allí estaba, solo al otro lado de la profunda raya, desafiándoles una vez más con sus ojos de fuego, firme como una roca sobre sus flacas patas de cigüeña, con la espalda levemente cargada por el peso de la edad y el sufrimiento, y tres blancos mechones de ralos cabellos asomando impertinentes por los bordes de un abollado yelmo que más parecía cacerola de cocina miserable que casco protector.

Hasta allí habían llegado; aquél era sin duda el fin de la más estúpida aventura de la última centuria y, sin embargo, una piltrafa humana con más hambre que aliento aún insistía ciegamente en que en el desconocido Sur aguardaba la gloria y la riqueza, mientras que el regreso al hogar tan sólo acarrearía la vuelta a las desgracias.

Un murmullo de hastío y descontento se extendió como una ola sobre los cansados hombres que observaban la escena.

Alonso de Molina miró a su capitán, que le miró a su vez como si pretendiera hipnotizarle, y tuvo que apartar el rostro a sabiendas de que sería capaz de convencerle sin pronunciar ni una nueva palabra.

Luego el anciano se volvió a Bartolomé Ruiz como si se tratara en verdad de su última esperanza, y tras unos instantes de duda, el arriesgado piloto andaluz dio tres largas zancadas y atravesó la ridícula raya.

Le siguieron varios hombres cuyo nombre había olvidado, y al fin el propio Alonso de Molina, sin que ni siquiera él mismo llegara a saber jamás qué le impulsó a dar semejante paso y si lo hizo en quinto o sexto lugar, porque había pasado más de un año, los detalles carecían de importancia y nadie debía acordarse ya de lo que ocurrió en la desolada isla del Gallo y cuántos fueron los ilusos que una vez más confiaron en las locas fantasías del viejo Pizarro.

Todos habían regresado ya definitivamente al Norte; a la miseria y a la paz de sus hogares de Panamá, Santo Domingo, España o Nicaragua, y él era probablemente el único en cuyos oídos continuaban resonando las palabras del maltrecho capitán, que sin más ayuda que una docena de lunáticos hambrientos aún soñó con intentar la conquista de un gigantesco imperio.

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Si hubiera imaginado aquella triste mañana todo cuanto ahora comenzaba a intuir sobre el tamaño y poderío del imperio que Pizarro se empecinaba en invadir con sus menguadas huestes, la patética escena se le hubiera antojado aún más ridícula y en lugar de sentir piedad y admiración por el postrer gesto de audacia de su indomable líder, hubiera acabado por reírse en sus largas narices, escupiéndole a la cara por su idiota arrogancia.

 

—«Cortés lo hizo.»

 

Mil veces había escuchado aquel vano argumento y otras mil lo esgrimió tratando de convencerse o convencer a los incrédulos, pero ya lo encontraba gastado por socorrido y necio, y tanto más inconsistente se le antojaba cuanto más se adentraba en aquel mítico reino del que nadie supo contar jamás más que sandeces.

Eran otros los tiempos y otras las gentes que acompañaron a Cortés en su aventura por tierras mexicanas, y sobre todo debió ser otro bien distinto el pueblo al que tuvo que enfrentarse, pues no cabía en mente humana que con tan escasa tropa hubiera conseguido inquietar en lo más mínimo a una organización como la incaica.

Recorrió con la vista los gruesos muros de la amplia estancia en que había pasado la noche, admiró una vez más la exquisita técnica con que estaba labrada cada piedra para que encajara con matemática precisión en las vecinas, y se autoconvenció de que ni los más afamados canteros italianos habrían conseguido un trabajo semejante.

Recordó luego la magnificencia de la ciudad de Túmbez, la colosal obra de ingeniería de los regadíos de los valles costeros, o la delicada belleza de su cerámica, sus tejidos y sus joyas, y llegó nuevamente a la conclusión de que ni Cortés, ni Alvarado, ni Balboa, ni ningún otro de los grandes capitanes de su tiempo, hubiera osado intentar siquiera la conquista de un imperio semejante.

Y, sin embargo, estaba convencido de que el testarudo Francisco Pizarro volvería.

A estrellarse contra su negro destino una vez más sin duda alguna, pero tan decidido como siempre a alcanzar la gran victoria que los cielos le negaban a porfía, porque podría creerse que por sus venas no corría la roja sangre del cristiano bien nacido, sino el negro veneno de quien no está dispuesto a irse a la tumba sin haber dejado su nombre marcado a sangre y fuego en la memoria de los hombres.

A su edad, los ancianos allá en Úbeda no aspiraban más que a un rayo de sol en las mañanas, un vaso de buen vino a media tarde y un banco en la puerta de las casas desde el que ver pasar a las mozas y los últimos flecos de la vida, pero aquel indestructible extremeño sarmentoso aún aspiraba a vencer en mil batallas, levantar cien ciudades y ganar para su rey un millón de súbditos sumisos.

Sí, Pizarro era muy capaz de plantarle cara a la muerte y derrotarla si de ello dependía la huella que dejara de su paso por la tierra.

Alonso de Molina, nacido en el seno de una familia feliz y habiendo pasado su juventud rodeado por el aliento de los suyos hasta el punto de que a pesar de haberse sacrificado para pagarle los estudios en Sevilla, Toledo y Roma supieron aceptar que prefiriese abandonar los libros para lanzarse a la aventura de las armas, comprendía sin embargo, mejor que muchos, que aquel pobre porquerizo analfabeto, hijo bastardo de un gentilhombre de dudosa alcurnia, necesitase más que nadie destacar por encima del resto de sus contemporáneos.

Para Pizarro, conquistar un imperio constituía ya la única esperanza de justificar una vida de la que tan sólo había recibido golpes y vejaciones, sin ofrecerle como alternativa de futuro más opción que la victoria total o la más negra derrota.

Volvería para vencer o morir, pero él, que había aprendido a apreciar a aquel viejo gruñón y cabezota, no deseaba convertirse una vez más en testigo de su indudable fracaso.

Escuchó un rumor de voces en la estancia vecina, luego unos seguros pasos que se aproximaban a la gruesa cortina, y tomó asiento en la estera en el

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