Loading...

VIRGINIA WOOLF

Quentin Bell  

0


Fragmento

CAPÍTULO 1

Virginia Woolf era una miss Stephen. Los Stephen emergen de la oscuridad a mediados del siglo XVIII. Eran granjeros, mercaderes y traficantes de contrabando en Aberdeenshire. Prácticamente no se sabe nada de James Stephen de Ardenbraught, salvo que murió hacia 1750, dejando siete hijos varones y dos hijas. Siguiendo la tradición de su raza, la mayoría de los hijos surcaron los mares en busca de fortuna. Uno de ellos, William Stephen, se afincó en las Indias Occidentales y prosperó en el desagradable comercio de comprar esclavos enfermizos y curarlos lo suficiente para que pudieran venderse. Otro, James, llegó a ser mercader y naufragó en la costa de Dorset. Era un hombre de estatura hercúlea, que se salvó a sí mismo y a cuatro compañeros gracias a su propio esfuerzo y a una petaca de coñac. Era de noche y rugía la tormenta, pero escalaron un acantilado que parecía imposible de escalar y se encontraron en la isla de Purbeck. Aquí Mr. Milner, el recaudador de aduanas, le socorrió y hospedó, y James llevó el asunto con tanta habilidad que consiguió no solo la mayor parte del cargamento del buque, sino también el corazón de miss Sibella Milner, con quien se casó secretamente.

La vida matrimonial de los señores Stephen no fue feliz. Él fracasó en sus negocios, incurrió en deudas y pronto se vio en la cárcel de King’s Bench. En esta situación, James Stephen reaccionó de una manera que habría de establecer un ejemplo para sus descen

QUENTIN BELL dientes. Cogió la pluma y defendió su caso. Fue (en la medida de mis conocimientos) el primer Stephen que escribió un libro y, a partir de entonces, siempre ha habido uno que lo ha hecho y nunca ha pasado una generación que no haya añadido algo a los logros literarios de la familia.

James Stephen empezó asimismo una tradición familiar por el hecho de llevar sus argumentos a los tribunales. En realidad, fue mucho más lejos y organizó un alboroto en la cárcel que a punto estuvo de terminar en un motín. Declaró que el encarcelamiento por deudas era un acto de barbarie, que atentaba contra el espíritu de la common law, la Carta Magna, el derecho positivo, la justicia, la humanidad y la política. Eran cosas dignas de decirse, pero en su caso no tuvieron ningún efecto práctico y, finalmente, debió su libertad a su acreedor. Las batallas legales y políticas de Stephen le persuadieron de que su talento estaba más dirigido a la abogacía que al comercio. Entró en el Middle Temple, pero la Temis británica, que acogería en el futuro a tantos de sus descendientes, le rechazó. Sus protestas le habían procurado demasiados enemigos y se vio excluido en razón de su «falta de cuna, falta de fortuna, falta de educación y falta de ecuanimidad».

Pero había una puerta trasera para la profesión legal y Stephen la aprovechó. Se hizo socio de un abogado, y bajo su nombre pudo seguir con sus asuntos. Aunque no eran asuntos que pudieran brindarle mucho prestigio. Sus clientes eran de extracción dudosa. El trabajo de Stephen se llevaba a cabo en las tabernas; le procuró poca reputación y menos dinero. Su pobre esposa, que creía que estos infortunios se los mandaba el Todopoderoso como castigo por haber aceptado un matrimonio secreto, murió en 1775. Él la siguió cuatro años más tarde. Contaba solo cuarenta y seis años; dejó seis hijos y más o menos dinero suficiente para pagar sus deudas.

James, el segundo de estos seis hijos, al que llamaremos Master James, es el que más nos interesa. Criado en un ambiente de penuria y litigios, demostró ser digno hijo de su padre. También fue autor de panfletos y defensor de causas, pero mientras su padre se había ceñido a sus propios asuntos, Master James usó su talento dialéctico para grandes causas. En nombre del patriotismo y del espíritu humanitario, iba a defender la causa de la libertad y a provocar una guerra entre dos grandes naciones.

Su primera campaña, sin embargo, se movió mucho en la tradición paterna. A pesar de su poca educación formal, James consiguió ingresar en el Marischal College, de Aberdeen, y a pesar de su poca salud consiguió proseguir sus estudios allí. Estudió lo que en aquel tiempo se denominaba filosofía natural (es decir, ciencias) y con éxito, pero vio cortado su camino por un examen que se llevaba a cabo en latín. En este examen supo que inevitablemente fracasaría y, lo que era peor, quedaría en ridículo (era un hombre muy sensible).

¿Qué hacer entonces? Se puede considerar extraordinario que un muchacho de diecisiete años tuviera la osadía de concebir, y la destreza de llevar a cabo, un plan que cubriera sus propias deficiencias y salvara su honor introduciendo innovaciones en las costumbres establecidas de una antigua universidad. Pero yo lo concebí y lo llevé a cabo.

En otras palabras: modificó las normas para acomodarlas a sus necesidades.

El pasaje aquí citado es de las Memorias de James Stephen, escritas por él para sus hijos. Es un documento interesante, que cierta vena de complacencia por parte del autor hace más divertido. Stephen se sintió autorizado para felicitarse por este y otros triunfos, por las cualidades que le permitieron superar serios inconvenientes e incluso llegar a ser miembro del Parlamento, master de la Cancillería y un miembro muy respetado de la sociedad, porque podía atribuir la gloria de sus empresas al Todopoderoso.

Dios respondió a sus plegarias, Dios cuidó de sus intereses, Dios guió sus pasos. Hay momentos en que la relación entre James

QUENTIN BELL

Stephen y su Hacedor parece la de una conspiración. Puso su confianza en la Providencia con tan perfecta simplicidad que, mientras visitaba a una joven dama, se consiguió otra con un hijo. Ni siquiera esta confianza iba desencaminada. Con las dos arregló los asuntos de la manera más satisfactoria. Se casó con una y encontró marido para la otra. Su hijo bastardo se convirtió en un clérigo respetable.

Como hombre público, Master James se llegó a identificar con dos grandes causas. Ambas resultado de su estancia en las Indias Occidentales. Allí tenía ya lazos familiares que partían de su tío William; y allí ejerció la abogacía y vio con cuánta facilidad el bloqueo británico era roto por los comerciantes franceses y americanos. Él, que en su juventud había sido ferviente partidario de George Washington, estaba indignado. Se vio impulsado a escribir un panfleto titulado War in Disguise (Guerra enmascarada), panfleto que dio como resultado las órdenes del Consejo, el bloqueo continental y, para gran mortificación y asombro de Stephen, la guerra de 1812.

Pero, desde su primera llegada al hemisferio occidental, James se había dedicado a otra y más noble causa. Se dio cuenta de la infamia de la esclavitud cuando vio lo monstruosamente que un negro podía ser tratado por los tribunales de las Indias Occidentales. A partir del momento en que se dio cuenta de la iniquidad del hecho, se hizo amigo incansable de los oprimidos. A su vuelta a Inglaterra se convirtió en el aliado de confianza de Wilberforce, con cuya hermana se casó después de la muerte de su primera esposa. En la Cámara de los Comunes, cuando no se encontraba defendiendo Órdenes Reales, estaba atacando la esclavitud, y fue la negativa del Gobierno a intervenir en este asunto lo que le indujo a dimitir del Parlamento.

Había, en el vecindario de Clapham, un grupo de amigos, hombres prósperos y de valía, que se caracterizaban por su piedad, por un aceptable grado de riqueza y por un ardiente afán por instruir a los paganos y liberar a los esclavos. Entre ellos se encontraban Charles Grant y Zachary Macaulay, John y Henry Thornton, John Shore (más tarde lord Teignmouth), Granville Sharp, William Wilberforce, y John y Henry Venn, respectivamente rector y vicario de Clapham. Eran los llamados «santos» de la Secta de Clapham. James se sintió atraído hacia esta sociedad evangelista, no tanto por sus creencias religiosas —aunque con toda certeza adoptó el color espiritual del ambiente—, como por sus opiniones políticas. Pero, en general, la Secta de Clapham estaba más inclinada a la actuación que a la fe, a la política que a los partidos. La abolición, primero de la trata de esclavos y luego de la misma esclavitud, fue su gran móvil. Se vio obligado, sin embargo, a luchar por sus creencias en las tribunas callejeras y en la Cámara de los Comunes. Sus líderes no eran teólogos, sino miembros políticamente conscientes de la clase media, hombres que sabían que, para conseguir sus fines, debían colaborar con personas cuyo humanitarismo tenía un origen distinto al suyo. Tories y anglicanos se encontraron aliados a los radicales, a los cuáqueros y a los seguidores de Bentham —hombres que en otro campo eran sus oponentes—, mientras que Pitt, amigo íntimo y aliado político de Wilberforce, tuvo que ser, en algunas ocasiones, su enemigo. En la gran tarea de crear comités, escribir panfletos y provocar la agitación pública, estos hombres, sinceros, elocuentes e influyentes, tuvieron que aprender las lecciones políticas de la tolerancia y el compromiso. De esta manera, el cristianismo de Stephen y de sus amigos de Clapham, aunque ardiente, nunca alcanzó el grado de certeza dogmática, de hecho fuera del mundo, ni desató la pasión por perseguir otras sectas.

Los evangelistas de Cla

Sigue leyendo y recibe antes que nadie historias como ésta