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VISIóN DEL AHOGADO

Juan José Millás  

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Fragmento

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A Constantino Bértolo

y Luis María Brox.

Fue de nosotros de quienes aprendieron el secreto de la vida: hacerse viejo sin hacerse mejor.

JOHN LE CARRÉ

 

Pensando que pudiera tratarse de un accidente, Jorge disminuyó la frecuencia de sus pasos. Acortó después la longitud de los mismos, y como viese que el grupo no se disolvía, sino que aumentaba al ritmo impuesto por la hora de entrada a los trabajos, optó finalmente por detenerse a una distancia calculada para averiguar por los gritos, los comentarios, o por el mismo olor de la sangre, si la hubiese, la clase de suceso capaz de congregar a tanta gente junto a la barandilla de la estación del Metro.

Evidentemente, las escaleras debían de estar repletas, porque los grupos que poco a poco iban formándose con la aportación de nuevas oleadas giraban sobre sí mismos sin encontrar una sola grieta que les acercara un peldaño o dos al punto sobre el que gravitaba la atención de quienes de este modo habían visto interrumpido su habitual camino hacia el trabajo. Sin embargo, las exclamaciones que con notable esfuerzo conseguía recoger intactas no traían consigo más información que la que ya se desprendía de la existencia del tumulto o de su propia actitud, pues él continuaba detenido a pesar de tener el tiempo justo para no llegar tarde a la oficina.

En seguida decidió buscar alguna ocupación que retrasara en lo posible su inevitable entrada en la estación del Metro, y de este modo reparó en la deficiente lazada de sus zapatos. Atarse un zapato de tal manera que no vuelva a desatarse hasta la noche es algo que requiere cuidado y tiempo, el tiempo —calculó— que tardaría en llegar la ambulancia para llevarse los restos de la anciana o los del vendedor de cupones que hubiese rodado con tan mala fortuna escaleras abajo. Los accidentes callejeros son desagradables sobre todo para una persona de temperamento reflexivo, pues tienen la extraña cualidad de poner en evidencia aquellos aspectos más sórdidos de la lucha cotidiana. De manera que si uno se ve en la necesidad de socorrer a alguien que se desmaya frente a la taquilla del cine, o de sujetar a un anciano que al llegar el tren intenta hacer como que se tira bajo sus ruedas o, en fin, en situaciones semejantes que si bien no suceden cada día ni cada hora suceden en todo caso con la frecuencia necesaria como para acabar por tomarle miedo al mundo en general y a la calle en particular, si uno se ve en cualquiera de esta amplia gama de situaciones —reflexionaba todavía Jorge—, inevitablemente, y durante el resto del día o de la semana, verá también aquellos aspectos más desagradables de la existencia que no sin habilidad logramos ocultar a la vista y a la razón por más que se nos pongan delante de los ojos: la suciedad, por ejemplo, que se adhiere al cemento de las construcciones subterráneas, debida sin duda a los escasos

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