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VIUDA, AL FIN

Minna Lindgren  

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Fragmento

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Dulce embustera! ¡La maldita primavera!» —bramó alguien en mi oído sin ninguna consideración ni por sus propias cuerdas vocales ni por mi tímpano. Me giré hacia la voz, indignada, esperando que mi mirada le quitara las ganas de cantar. Detrás de mí se mecía una voluminosa mujer pelirroja a la que no conocía. No me prestó ninguna atención, pero se agarró a Valtonen, que pasaba por allí, con tanto brío que este estuvo a punto de caer—. «Y, aunque no quiera, sin quererlo pienso en ti» —continuó la pelirroja, abrazando apasionadamente a Valtonen, que no opuso resistencia.

La copa de vino que tenía la mujer en la mano derecha salió volando por los aires y su contenido salpicó mi blusa. Dos explosiones sucedieron al mismo tiempo ante mis ojos: el ardiente amor entre Valtonen y la pelirroja, y la copa que se rompió en pedazos sobre el suelo del restaurante. Sentí cómo el frío vino se extendía por mi camisa formando una desagradable mancha y se pegaba a mi piel.

—No te preocupes, no pasa nada —farfulló un hombre flaco con una chaqueta de cuero, y apretó la mancha con la mano como si su agrietada piel fuera a absorber el líquido de la tela—. Tienes unos pechos muy bonitos y firmes —continuó el hombre, mirando a la lejanía, a la barra llena de gente peleando para conseguir algo de beber.

Me dieron ganas de golpear al hombre de la cazadora de cuero, pero sabía que no era algo adecuado en estas fiestas en las que cualquier tipo de acercamiento era más que deseable. Tenía que mostrarme relajada y abierta, desenfadada y lanzada, como siempre me repetía Pike sin parar. «Si no, no te vas a comer ni un rosco».

Le agradecí su amabilidad al hombre flaco, cuyas manos desconocían toda la verdad sobre mis bonitos pechos.

—Pero deja de sobarme —añadí, quitándole la mano de mi escote como una experimentada cuidadora de guardería retirando las garras de un niño de cinco años de la pelota de su amigo.

Mi admirador se frotó el audífono y pasó a los siguientes senos.

Busqué con la mirada a Pike y a Hellu: las había perdido. La noche del miércoles iba a toda mecha. Había demasiada gente en el restaurante y todos estaban medio achispados. Los éxitos musicales sonaban a tal volumen que la gente se gritaba al oído elevando cada vez más la voz. Apenas oían lo que gritaba el otro, algo que, en esta fase, ya no tenía importancia. Buscaban contacto, se toqueteaban y se abrazaban, sin restricción, como si fuera el fin de los días, literalmente.

Una semana antes me había despertado en Kerava. Fue una gran conmoción. Claro que Valtonen era un viejo conocido, pero acostarme con un amigo no entraba en mis planes. Solo tenía vagos recuerdos de aquella noche, cada cual más embarazoso que el anterior, que me hacían sudar de forma tan agonizante como la menopausia. Estuve en vela las siete noches siguientes, preguntándome por qué no podía olvidar un par de flashbacks aleatorios y hacer que esa noche desapareciera de mi vida. Ahora contemplaba aliviada el creciente entusiasmo entre la pelirroja y Valtonen. Esta vez no necesitaría resistirme a las intenciones de mi amigo. La semana pasada también había adoptado una política defensiva hasta la mañana, o eso intenté recordar.

Después, cuando Pike volvió a la ciudad, la vida había sido una fiesta. O un caos como este. Pike dijo que había estado en dique seco todo el verano y presentó su celibato como una enfermedad cuando se rodeó de gente tras los cuatro meses de temporada de cabañas.

Hoy también había empezado todo con un inocente vino espumoso en una terraza de Esplanadi. El plan era sentarse al sol y observar la caterva de turistas, pero Pike estaba frenética, fumaba como un carretero y no paraba de decir obscenidades. No entendía en absoluto mi resaca moral tras la noche en Kerava. Para ella era «cojonudo», en su forma tosca de expresar las cosas, que yo también empezara a participar en la alegría que ofrecía el centro de Helsinki las noches de diario.

—¡Los restaurantes están llenos de hombres solteros! Halleluja, it’s raining men!

Según Pike, ahora más que nunca el mercado favorecía a las mujeres solteras, como nosotras.

—¡Estamos en la flor de la vida, somos inteligentes, guapas, sanas y libres! Somos reinas, ¿entiendes?

No había más que zambullirse entre ellos y elegir al mejor. Valtonen.

No obtuve comprensión, aunque expliqué cuánto me odiaba a mí misma mientras bajaba del tren K en Kerava; me odiaba tanto que habría podido vomitar, si hubiera habido un baño en el tren de cercanías. Pike afirmó que esos trenes tenían baños. Y tampoco había visto nada malo en el bueno y viejo de Valtonen.

—Es incuestionablemente viril. Claro que tiene algo de sobrepeso, pero es una buena persona en la que puedes confiar. ¿Qué más quieres? —cacareó Pike con su risa afónica de fumadora, golpeándome en el brazo de forma innecesariamente fuerte.

Para ella era fantástico ser irresponsable y libre. Esas eran sus palabras: irresponsable y libre. Ambos conceptos eran completamente nuevos para mí. Me llevaría un tiempo adaptarme a aquello.

—No somos adolescentes —continuó Pike—. No tenemos nada que perder. Podemos disfrutar y follar, ji, ji, ji… Valtonen está bien para empezar, ¡pero no te quedes estancada!

Ni que decir tiene que Pike conocía el tren K.

El sol ya no brillaba sobre la terraza de Esplanadi. Nos habíamos bebido una botella de vino espumoso y habíamos llamado a Hellu para que viniera a compartir otra. En algún momento, nos dirigimos entre risas al Evergreen, que entonces todavía estaba desierto. Pero ya no sabía qué hora era y, en el abati

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