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VIVIR DOS VECES

Álex Aranzábal  

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Fragmento

 

Parto de la asunción, en primera persona, de que en la vida (un proceso evolutivo y de aprendizaje permanente) hay momentos o pasos clave, uno de los cuales suele manifestarse en el ecuador de la trayectoria vital —año arriba, año abajo— de un ser humano.

Dado que este es un libro que se inspira en Ignacio de Loyola (en su biografía, su espiritualidad y su liderazgo), pondré un ejemplo de lo que a él le sucedió en ese momento. Pero antes, para poner las cartas (las mías) sobre la mesa, quisiera citar una frase que, en términos simbólicos, he elegido como título de esta introducción: «Cuando el diablo viene a visitarte en la mitad de tu vida» (y añadiríamos también: «en mitad de la noche»).

Esta expresión ilustra, con muchos matices en cada caso concreto, un momento vital que solemos atravesar todos. Un pasaje en el que, recurriendo a un símil de la vida como es un libro, experimentamos la sensación de que hemos escrito ya muchas páginas, alrededor de la mitad, y que, si bien aún nos quedan por escribir otras tantas, quizá una buena parte del guion esté ya escrito.

En ese contexto biográfico es cuando recibes una visita inesperada (o tal vez no tanto). En cierto modo —me permito la licencia— quien viene a visitarte es el diablo, una cortesía que suele coincidir con la constatación o impresión de estar algo perdido, un tanto desorientado, al entender —o sospechar— que cuanto hemos ido haciendo o nos ha sucedido en la vida es consecuencia de una lógica, a menudo ajena, predefinida, o que no hemos elegido del todo. Estudiamos, terminamos la carrera, nos ponemos a trabajar, elegimos pareja y formamos una familia, intentamos demostrar que somos buenos en lo que hacemos, tratamos de alcanzar el éxito… Con frecuencia, muchas de nuestras decisiones están determinadas por las convenciones sociales, los prototipos, lo comúnmente aceptado, y no tanto por lo que en realidad queremos. Y en tal coyuntura quizá recurramos al autoengaño e intentemos convencernos de que estamos haciendo aquello que deseamos; o bien, tan solo optemos por seguir ignorando qué es lo que en verdad queremos.

No obstante, de repente —siempre de improviso, aunque sea el resultado de una gestación que viene de largo—, en esa visita, todo se pone encima de la mesa. Tus estructuras mentales, firmemente arraigadas y asumidas durante treinta o cuarenta años, todos esos esquemas de vida, empiezan a tambalearse, hasta el punto de venirse abajo.

Tales certezas suelen quebrarse —hablo por casos que conozco y que he vivido— cuando cuestionamos aquello que hemos hecho, interrogándonos acerca de su validez: es decir, si en esencia era lo que queríamos, o si han sido otros quienes han tomado las decisiones por nosotros y, en este supuesto, si lo hemos permitido y solo hacíamos ver, convencidos, que era lo que queríamos.

Sea como sea, este cuestionamiento apunta a un análisis del pasado. Lo encaramos, ojeamos las hojas escritas, y nos decimos: «¿Esto es lo que yo de verdad quería?». Y a partir de entonces, nos ponemos a pensar y nos proponemos —muy en serio— que las páginas que nos queden por escribir lo sean de verdad y de manera mucho más consciente que las escritas hasta ese instante.

En mi experiencia particular, ese reparo coincide con el fin de un período de mi vida (ya consumado y consumido) que podría calificarse de exitoso en el ámbito profesional. Tras finalizar la universidad accedí a cargos de responsabilidad: en Euskal Telebista (ETB), como director comercial y de marketing; en la compañía AVIA, también como director de marketing, o en la propia Compañía de Jesús como director financiero, el más joven en ocupar un puesto tan delicado. Y de pronto, cuando concluye la etapa de la Sociedad Deportiva Éibar (mi logro de mayor proyección pública y visibilidad, objeto de atención internacional), tras todo ello empiezo a cuestionarme no solo los grandes asuntos: «¿Qué voy a hacer con mi vida?», «¿Cómo

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