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VIVIR SIN PERMISO Y OTRAS HISTORIAS DE OESTE

Manuel Rivas  

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Fragmento

 

Antón Santacruz siempre había sido un valiente.

Recuerdo el día en que nos paró el sargento Moreno, a quien nosotros llamábamos Ben-Hur. Le tenía muchas ganas a Antón. Muchas. Y esta vez Antón se había descuidado. Iba muy confiado. Con la hierba en la guantera del Dos Caballos, el coche en el que nos movíamos la cuadrilla de los Erizos. El Dos Caballos era una especie de patrimonio histórico de Oeste. Había pasado por muchas manos, la mayoría destartaladas como el coche, y Antón lo heredó de la madre, Saleta, que desde niña andaba a las algas y a los erizos. Cuando tuvo el hijo, ella era soltera, no se conocía al padre, y se puede decir, y se decía, que el Dos Caballos había sido la cuna de Antón Santacruz. El mecánico de Oeste, Gonzalo, admiraba aquella máquina: «Este coche anda porque recuerda». En la fachada del taller había un rótulo, DOCTOR FUTURO, al que el viento, cuando se ensañaba, conseguía arrancar un gemido rencoroso y un parpadeo de luz averiada. Gonzalo, Gonz, Doctor Futuro, se pasaba el día leyendo novelas de ciencia ficción, siempre que fueran de segunda mano, ocultándose de improbables clientes en la cámara de alguna furgoneta megalítica, y cuando al fin dabas con él, saludaba con resignación: «Aquí, esperando que llegue el año pasado». Vestía un mono de trabajo blanco jaspeado de óxidos, y siempre que salía al exterior se ponía unas antiguas gafas de soldador con montura de aluminio.

—Son para ver lo menos posible.

Pero Doctor Futuro atendía con interés personal el Dos Caballos de Santacruz, encariñado con su «motor memorioso». También se contaba que cuando nació, Antón Santacruz ya vino con memoria, y que Saleta exclamó cuando lo trajo en su canasta de pescadera: «¡Se me apareció!». Y tenía razón. Antón siempre aparecía. Basculante como una chalana en tierra, el Dos Caballos se movía muy despacio, pero las ruedas nunca desistían de andar. Y allí aparecía Antón Santacruz. Donde tenía que estar. Y donde no tenía.

—¡Abre la guantera!

—Hace años que no la abro, sargento. ¿Quién sabe lo que hay ahí?

—Ábrela.

—Puede ser peligroso. Ratones, avispas asiáticas…

—Abre de una vez. Así. ¿Qué llevas ahí?

—¿Dónde?

—En la caja.

—¿Qué caja?

—La única caja que hay. Trae aquí.

—Medicina. Ya se ve lo que dice. Ibuprofeno.

Dentro del paquete, sin más camuflaje, una pequeña bolsa plástica con hierba.

—Ibuprofeno de berza —dice con sorna Ben-Hur, después de abrir y oler la bolsa.

Y él, en vez de callar, todo elocuencia.

—Yo qué sé, sargento. Es cosa de la industria farmacéutica. Yo no comí mierda de adivino para saber lo que te dan cuando pides Ibuprofeno.

—¡Salid del coche! —ordenó el sargento.

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