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VOLVER A CASA

Yaa Gyasi  

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Fragmento

Effia

La noche que nació Effia Otcher, rodeada del calor almizclado de la tierra de los fante, un fuego hizo estragos en el bosque, junto a la casa de su padre. Avanzó deprisa y se abrió camino durante varios días. Vivía del aire, dormía en cuevas y se escondía en los árboles. Quemó todo aquello que encontraba, sin preocuparse por la devastación que dejaba a su paso, hasta llegar a una aldea asante. Allí desapareció y se fundió con la oscuridad.

Cobbe Otcher, padre de Effia, dejó a su primera esposa, Baaba, con la recién nacida para evaluar las pérdidas de la plantación de ñame, el preciado cultivo conocido a lo largo y ancho de su tierra por ser el sustento de tantas familias. Cobbe había perdido siete plantas, y sentía cada pérdida como un golpe que recibían los suyos. Supo entonces que el recuerdo de aquel fuego que había huido después de arder lo acosaría a él, a sus hijos y a los hijos de sus hijos mientras su linaje perviviera. Al regresar a la choza de Baaba encontró a Effia, la hija de la noche de las llamas, desgañitándose. Miró a su esposa y le dijo:

—Jamás volveremos a hablar de lo que ha ocurrido hoy.

Empezó a rumorearse entre los aldeanos que Effia había nacido del fuego y por ese motivo Baaba no tenía leche. La amamantó la segunda esposa de Cobbe, que tres meses antes había dado a luz a un varón. Al principio Effia no se agarraba al pezón, pero cuando lo consiguió apretaba tanto las encías que le desgarraba la piel, de manera que la mujer acabó teniendo miedo a alimentarla. Así la niña perdió peso y se convirtió en un pellejo lleno de huesecitos de pájaro, con un gran agujero negro por boca, de donde salía un llanto hambriento que resonaba por toda la aldea, incluso los días que Baaba hacía cuanto podía por sofocarlo cubriéndole los labios con la palma áspera de la mano izquierda.

«Quiérela», le había ordenado Cobbe, como si el amor fuese un acto igual de sencillo que coger comida de un plato de hierro y llevársela a la boca. Por las noches, Baaba soñaba con dejarla en la negrura del bosque para que el dios Nyame hiciera con ella lo que quisiese.

Effia creció. El verano después de su tercer cumpleaños, Baaba tuvo su primer hijo varón. Lo llamaron Fiifi, y estaba tan rechoncho que en ocasiones, cuando Baaba no miraba, Effia lo hacía rodar por el suelo como una pelota. La primera vez que su madre le permitió sostenerlo en brazos, se le cayó: el bebé rebotó sobre las nalgas, aterrizó de vientre y miró a los que estaban en la habitación sin saber si debía llorar o no. Decidió no hacerlo, pero Baaba, que en ese momento removía el banku, alzó el cucharón y golpeó con él la espalda desnuda de Effia. Cada vez que levantaba el utensilio del cuerpo de la niña, le dejaba pedazos calientes y pegajosos de masa que le quemaban la piel, y cuando Baaba hubo acabado, Effia lloraba y chillaba, cubierta de llagas. Desde el suelo, rodando sobre el vientre de un lado al otro, Fiifi miraba a Effia con ojos como platos, pero sin hacer ningún ruido.

Al regresar a casa, Cobbe encontró a sus otras esposas curando las heridas de Effia y de inmediato comprendió lo que había ocurrido. Baaba y él discutieron hasta bien entrada la noche, y mientras tanto Effia los oía a través de las finas paredes de la choza. Tumbada en el suelo, la niña dormitaba con fiebre. En sus sueños, Cobbe era un león, y Baaba, un árbol. El león arrancaba el árbol de la tierra donde estaba plantado y lo lanzaba contra el suelo, y cuando éste protestaba estirando las ramas, se las arrancaba una a una. Tendido en la arena, el árbol empezaba a llorar hormigas rojas que descendían por entre las grietas de la corteza y se acumulaban sobre la tierra mullida, alrededor de la copa.

Y así empezó el ciclo. Baaba pegaba a Effia. Cobbe, a Baaba. A la edad de diez años, la niña podía recitar la historia de las cicatrices que llevaba en el cuerpo: el verano de 1764, cuando Baaba le partió unos ñames en el espinazo; la primavera de 1767, cuando Baaba le aplastó el pie con una piedra y le rompió el dedo gordo, que jamás volvió a apuntar hacia el mismo lado que el resto. Todas las cicatrices de Effia tenían una réplica en el cuerpo de Baaba, pero eso no impedía a la madre apalear a la hija, ni al padre apalear a la madre.

Que Effia estuviera convirtiéndose en una mujer bellísima sólo empeoraba las cosas. Cuando tenía doce años le crecieron los senos: dos bultos que le nacían del pecho, suaves como la pulpa de mango. Los hombres de la aldea sabían que pronto le vendría la primera sangre y esperaban la oportunidad para pedir su mano a Baaba y Cobbe. Los regalos no tardaron en sucederse: uno de los hombres recolectaba vino de palma mejor que cualquier otro, y las redes de pesca de otro vecino jamás aparecían vacías. A punto de hacerse mujer, Effia proporcionaba a la familia de Cobbe un festín tras otro. Ni sus tripas ni sus manos estaban nunca vacías.

En 1775, Adwoa Aidoo fue la primera chica de la aldea a la que uno de los soldados británicos pidió en matrimonio. Tenía la piel clara y la lengua afilada. Por las mañanas, después de bañarse, se frotaba manteca de karité por todo el cuerpo, debajo de los pechos y entre las piernas. Effia no la conocía bien, pero un día que Baaba la había mandado llevar aceite de palma a la choza de la joven, la había visto desnuda. Tenía la piel brillante y lisa, y el pelo majestuoso.

El día que aquel hombre blanco llegó por primera vez, la madre de Adwoa encargó a los padres de Effia que le enseñasen el pueblo mientras la muchacha se preparaba para él.

—¿Puedo ir con vosotros? —preguntó Effia.

En ese momento corría tras ellos y oyó el «no» de Baaba por un oído y el «sí» de Cobbe por el otro. Ganó el oído de su padre, y pronto se encontró ante el primer hombre blanco que veía.

—Se alegra de conocerte —dijo el intérprete al tiempo que el hombre blanco ofrecía la mano a Effia.

Ella no se la aceptó, sino que se escondió detrás de la pierna de su padre y lo observó desde allí.

El blanco llevaba una chaqueta con una hilera reluciente de botones de oro tirantes por la presión de la panza. Tenía la cara roja, como si en lugar de cuello tuviese un tocón ardiendo; estaba gordo, y de la frente y del labio le caían grandes gotas de sudor. A Effia le recordó a una nube cargada de lluvia: pálido, húmedo e informe.

—Le gustaría ver la aldea, por favor —dijo el intérprete, y se pusieron en marcha.

La primera parada fue delante de la casa de Effia.

—Aquí vivimos nosotras —anunció la niña al hombre blanco, y él sonrió embobado, con los ojos verdes envueltos en una neblina.

No comprendía. Incluso después de que el intérprete se lo tradujera, seguía sin entender.

Cobbe cogió a Effia de la mano y, junto con Baaba, guió al hombre blanco por el recinto.

—En esta aldea —explicó Cobbe—, cada esposa tiene su choza. La comparte con sus hijos. Las noches que el marido debe pasar con ella, la visita en su casa.

A medida que le traducían aquello, la mirada del hombre blanco fue aclarándose y de pronto Effia se dio cuenta de que ahora lo contemplaba todo con nuevos ojos. Por fin veía las paredes de adobe, la paja de la techumbre.

Continuaron el paseo por el pueblo y le enseñaron la plaza, las pequeñas barcas de pesca que construían vaciando troncos de árbol y que los hombres cargaban consigo cuando caminaban varios kilómetros hasta la costa. Effia se esforzó por verlo todo con otros ojos; olió el viento salino que le acariciaba los pelillos de la nariz, palpó la corteza áspera y rasposa de una palmera, admiró el rojo intenso de la arcilla que se veía por todas partes.

—Baaba —dijo Effia cuando los hombres se adelantaron unos pasos—, ¿por qué va a casarse Adwoa con este hombre?

—Porque lo dice su madre.

Unas semanas más tarde, el blanco regresó a presentar sus respetos a la madre de Adwoa, y Effia y el resto de los aldeanos se acercaron a ver qué le ofrecía. Acudía con el precio de la novia, quince libras. También con artículos que algunos asante habían transportado a la espalda desde el castillo. Mientras los sirvientes entraban con telas, mijo, oro y hierro, Cobbe obligó a Effia a ponerse detrás de él.

Después, de regreso a casa, el padre llevó a la joven a un lado y dejó que sus esposas y el resto de sus hijos los adelantaran.

—¿Entiendes lo que acaba de ocurrir? —le preguntó.

A lo lejos, Baaba cogió a Fiifi de la mano. El hermano de Effia había cumplido once años hacía poco, pero ya era capaz de trepar al tronco de una palmera sin más ayuda que las manos y los pies descalzos.

—El hombre blanco ha venido a llevarse a Adwoa —repuso Effia.

Su padre asintió.

—Los blancos viven en el castillo de Costa del Cabo. Desde allí intercambian bienes con nuestra gente.

—¿Como hierro y mijo?

Cobbe le posó la mano en el hombro y le dio un beso en la frente, pero cuando se apartó, su mirada era distante e inquieta.

—Sí, ellos nos dan hierro y mijo, pero nosotros tenemos que darles otras cosas a cambio. Este hombre ha venido de Costa del Cabo a casarse con Adwoa, y después de él vendrán o

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