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VOLVER AL OSCURO VALLE

Santiago Gamboa

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Fragmento

1.

Eran aún los años difíciles. Estaba muy cansado y quería escribir un libro que hablara de personas alegres, silenciosas y activas. Esa era mi intención. Había pasado un tiempo en la India, cerca de dos años, pero a mi regreso a Italia encontré que todo había cambiado. Ahora lo más común era la melancolía. Un inesperado nubarrón flotaba sobre el cielo de Europa y ya nada era como antes. De las puertas de los viejos edificios romanos colgaban avisos de “Se vende” superpuestos, especie de collage que escenificaba la angustia de los propietarios por irse o al menos resistir el golpe. Las vías y corsos de la ciudad hervían de gente que escondía los ojos o se miraba con expresión culpable.

Estar por ahí, al acecho y sin tarea precisa en un día laboral, no era la mejor carta de presentación. Tampoco demostraba una gran utilidad social. Mucho menos si uno pasaba las horas sentado en cualquier cafetería de esquina observando el devenir de la ciudad y tomando breves notas, trazando garabatos sin orden o dibujando hombrecillos que escalan montañas. Por eso convenía cambiar de lugar con frecuencia, para no llamar la atención y, de inmediato, ser clasificado en la categoría de vago o escoria. Ante la crisis, la gente se obsesiona con la respetabilidad.

Es comprensible. Cuando una muchedumbre busca trabajo sin la menor esperanza, cuando las empresas reducen personal y los almacenes de moda anuncian saldos fuera de temporada, lo mejor es convertirse en el hombre sin rostro. Ser el hombre invisible o de la multitud.

Yo era ese hombre. Siempre observando, atento a la menor vibración y tal vez a la espera de algo, con un té o café en la mano, dejándome arrastrar por la frenética actividad de los transeúntes, ese modo en que la humanidad activa va y viene llenando plazas y avenidas, como un banco de peces empujado por la marea. Un movimiento que permite a las ciudades seguir vivas y producir riqueza. Ser urbes sanas y respetables.

Urbes ejemplares.

Esta historia comienza el día en que mi apacible vida de observador se vio sacudida por un pequeño sismo. Fue algo muy sencillo. Estaba sentado en una terraza del Corso Trieste viendo pasar el flujo de paseantes y peatones hacia el barrio africano cuando mi teléfono vibró en la mesa.

Nuevo mensaje, me dije. Un correo electrónico.

“Vaya por favor a Madrid, cónsul, al Hotel de las Letras. Alójese en la habitación 711 y espéreme. Me comunicaré con usted. Juana”.

Eso decía el mensaje, ni una palabra más. Lo suficiente para desatar en mi interior una modesta tormenta, un derrumbe de galerías. Juana. Ese conjunto preciso de letras aparentemente inofensivas que ocuparon mi vida por un tiempo breve. La boca se va abriendo al pronunciar su nombre. De todo aquello hacía ya varios años.

Miré el reloj, eran las once de la mañana. Volví a leer el mensaje y sentí un desgarro aún mayor, como si una corriente de aire o un tornado me levantaran de la silla, por encima de la avenida y sus altos pinos. Debía darme prisa. Correr.

“Estaré allá hoy mismo, espero indicaciones”, contesté de inmediato, mientras urgía al mesero con la cuenta.

Poco después yo también estaba en movimiento, enérgico y activo, en dirección al aeropuerto.

2.

Lloviznaba, hacía calor. Sentado en un taxi romano vi pasar la vía Nomentana hacia la estación de Termini, luego la Merulana y, al final, la Cristoforo Colombo. El camino más largo y tal vez el más bello al aeropuerto.

Arrivederci Roma, pensé —recordando una vieja canción— al ver la amada ciudad. Algo me decía que iba a pasar tiempo antes de volver, pues el nombre de Juana, su increíble evocación, irrumpía de forma cada vez más nítida y salvaje.

Habrán pasado… ¿siete años? Sí, siete desde que la conocí, cuando era cónsul en India y debí ocuparme del caso de su hermano, detenido en Bangkok. En todo este tiempo no volví a saber de ella ni de su hijo, a pesar de haber enviado oficios a consulados de muchos países, los cuales pidieron información a autoridades migratorias de aquí y de allá.

“Juana Manrique. Pas d’information liée a ce nom”.

Eso respondió desde París la Oficina de Migración del Ministerio des Affaires Étrangères de Francia, último lugar desde el que Juana se comunicó conmigo. Lo mismo respondieron de otra veintena de cancillerías.

Fue un misterio: una mujer y un niño dispersos en el aire congestionado del mundo. Una enfermedad más de nuestro vertiginoso presente. No pude comprenderla en los pocos días en que conviví con ella, en Delhi, y tal vez por eso en todos estos años su imagen volvió con frecuencia, siempre en forma de pregunta: ¿de qué extrañas cosas huía con tanta obstinación? Cuando acabé la misión de cónsul regresé de Asia a mi vida anterior, la del que escribe y lee y vigila. La misma que ahora estaba a punto de abandonar por un escueto mensaje suyo.

El taxi se abrió paso en medio de los atascos de la zona del EUR hasta la autopista a Fiumicino. Ahora yo también me iba, como esa multitud acezante que tanto observé y siempre creí lejana a mi vida.

Roma luchaba con ánimo por seguir siendo una urbe enérgica y activa, pero la batalla no era fácil. Un extraño indicador económico llamado spread, que no debía sobrepasar la cifra de 300, andaba rondando los 500. Grecia y España ya habían reventado ese límite y estaban cerca de la ruina. Los noticieros italianos abrían sus ediciones con la cifra diaria del spread resaltada en pantalla y se mencionaba con angustia su aumento: “¡470!”, “¡478!”. La gente, aterrorizada, alzaba las manos y exclamaba: “¡Qué será de nosotros!”, “¿Llegaremos a 500?”. Por los cafés corrían las hipótesis más descabelladas. Se decía que la mafia quería quebrar al país para sacarlo de la zona euro y seguir explotándolo lejos del control de Bruselas.

El diario La Repubblica registró el suicidio de cincuenta y dos empresarios en menos de un año. Los bancos italianos, dando ejemplo de solidaridad y humanismo, prefirieron capitalizar su dinero en fondos europeos a plazo fijo en lugar de prestarlo a sus clientes de siempre, impidiéndoles trabajar. Y la mediana empresa necesita del crédito como las plantas de la luz.

Pero la crisis mundial llegó primero de forma simbólica, con un estrepitoso naufragio a sólo cien metros de la costa toscana, frente a la isla del Giglio. Una representación de lo que estaba por sucederle a todo el país, como el augurio de antiguos oráculos, cuya voz parecía decir:

“Algo grave se avecina. Corred a vuestras casas”.

¿Qué fue lo que pasó? El comandante de un crucero de lujo de la compañía Costa Crociere, un pobre hombre llamado Francesco Schettino, pensó en hacerle un saludo marinero a la isla del Giglio, algo que en Italia se llama “l’inchino” —costumbre de capitanes que consiste en pasar muy cerca de un puerto haciendo sonar la sirena—, pero se acercó demasiado y chocó contra un arrecife. Era el barco más grande de la compañía, con mil quinientas cabinas dobles, cinco piscinas, casino, discotecas y restaurantes, un teatro de tres pisos y seis mil metros cuadrados de gimnasios y spa.

¡Como dirigir un hotel de cinco estrellas, a toda velocidad, contra una montaña de piedras!

El barco, averiado y haciendo agua, se mantuvo a flote por tres horas antes de reclinarse hacia un lado y quedar semihundido. Murieron treinta y dos pasajeros, atrapados en los ascensores y en sus propios camarotes. Tres de los cadáveres sólo pudieron ser rescatados un año después, cuando sacaron del agua la carcasa oxidada de la nave. El comandante Schettino, que según testigos estaba ebrio, fue el primero en abandonar el barco.

Los italianos siguieron el naufragio en directo, conteniendo la respiración, y de nuevo la voz del oráculo resonó por los aires:

“¡Oh, Parca funesta en infortunios! ¡Oh, casa en desastres fecunda!”.

Como un avión que incrusta el pico en un rascacielos, poco después llegó la crisis. Una violenta tempestad económica golpeó la frágil península y la dejó a la deriva, con medio cuerpo hundido en el agua. ¿Qué hacer? Algunos se lanzaron al mar e intentaron nadar a otras costas, pero ¿adónde? Los jóvenes italianos, la mayoría sin empleo, no lo dudaron ni un segundo. Empacaron sus bártulos y salieron hacia el norte a trabajar de lavaplatos y meseros en Alemania, Noruega, Holanda o Suiza.

Escapar al norte, siempre al norte.

Allá los esperaban sistemas sociales de protección y el Estado de bienestar con generosos subsidios, ¡al fin y al cabo eran comunitarios!, ¡hijos de la misma Europa! Los contribuyentes de esos países generosos, hiperactivos y responsables, se apretaron un poco la barbilla y miraron con recelo esta inesperada migración blanca. Muy pronto, sin grandes aspavientos, pidieron que se restringiera un poco la entrada a los primos pobres del sur, o al menos que se mirara dentro de sus billeteras.

Pero si la juventud de Italia escapaba del naufragio yendo a lavar platos a Berlín o Copenhague, ¿qué debía hacer esa otra servidumbre humana que vino de más lejos a lavar los de ellos? Decenas de miles de peruanos, filipinos, bangladesíes, colombianos o ecuatorianos, ¿a dónde ir? Demasiadas manos queriendo agarrar un estropajo o una escoba y cada vez menos horas de trabajo en las residencias romanas o las trattorias del Trastevere. Algunos emprendieron el peregrinaje al norte, detrás de sus antiguos patrones, pero llegaron allá sin subsidios ni ayudas. Eran la clase más baja de la inmigración trabajadora. Algunos habían venido a Italia huyendo de la quiebra de España, que fue primero. Los jóvenes tenían tiempo y ánimo, podían aguantar un poco más, pero los que estaban ahí desde mediados de los noventa o antes ya no tenían fuerzas.

—Es hora de volver —dijeron.

Y empezó el largo regreso: reencuentros, desilusión, retorno sin gloria a sus patrias con las manos vacías.

Arrivederci Roma!

Mi taxi continuó en medio de la lluvia mientras yo registraba, como si fuera la última vez, los campos que rodean la autopista, inmensos galpones con supermercados de descuento y parques industriales. Noté en la atmósfera una extraña sensación de despedida o derrota, pero yo sólo estaba ansioso.

Al llegar al aeropuerto debí abrirme paso entre una ruidosa multitud. ¡Cuánta gente se iba! Hasta el momento yo había preferido quedarme, pues en mi caso emigrar a otro país no habría supuesto el menor cambio. No sé si ya dije que soy escritor, y es bueno escribir en medio de la tormenta, aunque no suene muy amable con el país en que vivo. Puede ser incluso inmoral y canalla, pero es verdadero. La literatura se escribe también cuando la sangre corre por las calles, cuando el último héroe está a punto de caer troceado por una ráfaga o un niño estrella su cabecita contra el asfalto. Lo que es bueno para la escritura no siempre le sirve a la población inerme que está alrededor. Eso fue al menos lo que pensé, sin saber lo que iba a pasar luego. Por eso en mis cuadernos más recientes no escribía de fugitivos o naufragios, sino sobre otro tiempo no muy lejano. Un texto-viaje por la vida de uno de los más grandes prófugos de Occidente y de Oriente. La vida del poeta Arthur Rimbaud, mi compañía más constante en todos estos años de viajes entre Asia y Europa. Todo lo demás había quedado en el pasado, referido a otras épocas de mi vida. Pero fue Juana, desde ese mismo inquietante lugar en la memoria, quien vino a romper ese precario equilibrio. Fue su voz la qu

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