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Toni Morrison  

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Fragmento

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Respirar. Cómo hacerlo para que nadie se diera cuenta de que estaba despierto. Fingir un ronquido profundo y regular, relajar el labio inferior. Y lo más importante: no mover los párpados, que el corazón lata con regularidad y las manos se queden flojas. A las dos de la madrugada, cuando entraran a comprobar si necesitaba otra dosis inmovilizante, verían al paciente de la habitación 17 de la segunda planta sumido en un sueño de morfina. Si quedaban convencidos, tal vez evitasen la inyección y le quitaran las correas, así sus manos podrían disfrutar de la sangre. La clave para imitar un semicoma, lo mismo que para hacerse el muerto boca abajo en un campo de batalla embarrado, consistía en concentrarse en un objeto neutro. En algo que asfixiara cualquier insinuación casual de vida. Hielo, pensó, un cubito, un carámbano, un estanque helado, un paisaje escarchado. No. Demasiada emoción en las lomas heladas. ¿Fuego entonces? Nunca. Demasiado activo. Necesitaba algo que no despertara ninguna sensación, que no alentara ningún recuerdo —agradable o vergonzoso—. Solo buscarlo ya le alteraba. Todo le recordaba hechos cargados de dolor. Imaginaba una hoja en blanco y se acordaba de la carta que había recibido, la que le había hecho un nudo en la garganta: «Ven cuanto antes. Ella habrá muerto si tardas mucho». Finalmente decidió que la silla del rincón sería su objeto neutro. Madera. Roble. Lacada o pintada. ¿Cuántos barrotes tenía el respaldo? ¿El asiento era plano o curvado, para el trasero? ¿Estaba hecha a mano o fabricada en serie? Si estaba hecha a mano, ¿quién fue el carpintero y de dónde sacó la madera? Inútil. La silla suscitaba preguntas, no vacía indiferencia. ¿Y el mar en un día soleado visto desde la cubierta de un transporte de tropas, sin horizonte ni esperanza de encontrarlo? No. Tampoco, porque entre los cuerpos que mantenían fríos abajo, quizá estuvieran sus amigos del pueblo. Tendría que concentrarse en otra cosa: un cielo nocturno y sin estrellas, o, mejor, unas vías de ferrocarril. Sin paisaje, sin trenes, solo vías interminables…, interminables.

Le habían quitado la camisa y las botas de cordones, pero los pantalones y la chaqueta del ejército (nada eficaces para el suicidio) los habían dejado colgados en el armario. No tenía más que recorrer el pasillo y salir por la puerta de emergencia, que nunca estaba cerrada desde que se declaró un incendio en aquella planta y una enfermera y dos pacientes murieron. Es lo que le había contado Crane, ese viejo charlatán que mascaba chicle como un poseso mientras lavaba los sobacos al paciente, pero para él que solo era un cuento inventado por el personal para poder salir a fumar. Su primer plan de fuga consistió en golpear a Crane cuando fuera a limpiarle la suciedad. Pero para eso tenía que soltarse las correas, y era demasiado arriesgado, así que optó por otra estrategia.

Dos días antes, esposado en el asiento trasero del coche patrulla, volvió la cabeza violentamente para ver dónde estaba y adónde le llevaban. Nunca había estado en aquel barrio. Su territorio era el centro de la ciudad. Nada destacaba en particular excepto el llamativo letrero de neón de un restaurante y un cartel enorme en el jardín de una iglesia diminuta: AME Sión. Si conseguía llegar a la salida de incendios, ahí se dirigiría, a Sión. Pero, antes de escapar, tenía que conseguir unos zapatos de algún modo, como fuera. Andar por la calle en pleno invi

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