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VOY A HABLAR DE SARAH

Pauline Delabroy-Allard  

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Fragmento

I

 

1.

Voy a hablar de Sarah, de su belleza inédita, de su nariz abrupta de rara avis, de sus ojos de color inaudito, pedregoso, verde, no, qué va, verde no, sus ojos de absenta, de malaquita, de cardenillo rebajado, sus ojos de serpiente de párpados caídos. Voy a hablar de la primavera en que entró en mi vida como quien sube a escena, briosa y conquistadora. Victoriosa.

2.

Es una primavera como cualquier otra, una primavera en la que nadie se libra de la melancolía. Hay magnolios en flor en las glorietas parisinas y me da que les desgarran el corazón a quienes se fijan en ellos. A mí las magnolias abiertas de las glorietas me desgarran el corazón. Las miro todas las tardes, al volver del liceo, y todas las tardes esos pétalos grandes y pálidos me irritan un poco los ojos. Es una primavera como cualquier otra, con chaparrones repentinos, el olor del asfalto mojado, una especie de liviandad en el aire, un soplo de alegría que canturrea cuán frágil es todo.

Esa primavera voy andando como un fantasma. Llevo una vida que no creí que llevaría, una vida sola con una hija cuyo padre desapareció sin avisar. Un día, una tarde más bien, salió del piso y entonces. Y entonces nada. Así que resulta que puede ser que, de un día para otro, y quiero decir literalmente de un día para otro, entre dos personas que llevan años queriéndose ya no haya miradas, ni palabras, ni diálogo, ni lenguaje, ni enfado, ni complicidad, ni cariño ni amor. Esa insensatez, esa aberración es lo que me constituye día a día. Pienso que la vida se va quedar en eso. No espero nada ni a nadie. Hay un chico nuevo en mi vida, un chico búlgaro. Cuando hablo de él lo llamo «mi compañero». Me acompaña, eso es, ya está, me acompaña en esta vida triste. Estoy a la espera. Hay una palabra que me da vueltas en la cabeza de forma lacerante, la palabra «latencia». Me digo a mí misma que debería buscar en el diccionario qué significa. Sé que estoy viviendo un periodo de latencia. No sé cuánto va a durar ni qué suceso le pondrá fin. Hasta entonces, todos los días se parecen un poco, entre mis obligaciones de madre joven, mis obligaciones de profesora joven, mis obligaciones de hija, de amiga y de novia del chico búlgaro. Me esmero en vivir la vida. No la vivo de verdad. Pero soy una alumna aplicada. Me concentro tanto que saco la lengua. Visto bien, tengo buenos modales, soy encantadora. Recorro las calles del distrito XV en bicicleta, con mi hija detrás, en una sillita. Vamos al museo, al cine y al jardín botánico. Me veo guapa, me dicen que soy simpática y atenta con los demás. No monto numeritos. Soy madre de una niña perfecta, profesora de unos alumnos sobresalientes e hija de unos padres maravillosos. La vida podría haber seguido así mucho tiempo. Un largo túnel sin sorpresas, sin misterios.

3.

Un timbrazo brusco, como un latigazo en este piso donde reina un ambiente mesurado. Vamos todos de tiros largos para celebrar la Nochevieja, tres parejas que se miran de reojo, sorprendidas de estar aquí, demasiado compuestas. Todo resulta envarado, la decoración del piso, los temas de conversación y el atuendo de los comensales. Todo está estudiado. Serio. Rígido. El timbrazo parece sobresaltar a los muebles, que no deben de estar acostumbrados. Murmullos. «Es Sarah», se alegra alguien. No sé quién es Sarah. «Claro que sí —me dicen—, ya os conocéis.» Me describen cómo y cuándo. No me acuerdo de nada. La anfitriona va a abrir la puerta. Pues sí que es Sarah. No me suena.

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