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VUELO 19

José Antonio Ponseti  

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Fragmento

1

26 de diciembre de 1945

TE HAN INFORMADO MAL SOBRE MI,
ESTOY MUY VIVO.= GEORGE.

Llevaba demasiados días escondido en ese motel, medio aturdido, sin entender qué había sucedido realmente. ¿En qué momento huir se había convertido en un buen plan? George Paonessa estaba harto, triste y casi sin dinero.

—¿Dónde están todos? ¡Maldita sea, qué narices ocurrió!

Los periódicos de las últimas semanas estaban tirados por el suelo de la habitación, un cuartucho donde la cama crujía y las sábanas olían a limpio, lo único agradable de ese lugar. Las paredes habían sido pintadas de un verde turquesa descolorido, con rastros de mosquitos aplastados. Las ventanas de madera apenas podían abrirse si no se hacía un esfuerzo sobrehumano, las había deformado la humedad. En el techo un ventilador batía sus palas y giraba lentamente con un zumbido machacón, y de las tres bombillas que había solo dos alumbraban. No había baño, solo un lavabo, así que tocaba salir al pasillo cada vez que tenía que ir al váter, uno para toda la segunda planta. Era un motel de dos pisos y por fortuna no se había cruzado con nadie. George tenía miedo de que le pudieran reconocer, su foto salía publicada en la prensa junto a muchas otras.

Se levantó de la cama y dio cuatro pasos hasta una pequeña butaca marrón que estaba en la esquina, junto a la ventana. Cogió uno de los periódicos locales y en primera página a cuatro columnas se informaba de una noticia que le incumbía:

El Vuelo 19 desaparece sin dejar rastro

Cinco aviones Avenger y catorce hombres han sido engullidos por el mar.

—¡Catorce no, solo trece! Sigo aquí vivo, muy vivo.

Paonessa siguió leyendo.

Un avión de rescate con trece tripulantes desaparece cuando buscaba el Vuelo 19. En total hay veintisiete hombres de los que no se sabe nada y seis aviones desaparecidos.

Quería recordar algo de ese 5 de diciembre, pero no lo lograba. La única sensación que tenía era el miedo, un pánico aterrador que le bloqueaba la mente. El miedo y él ya se conocían de antes, le había acompañado durante la guerra, pero nunca como ahora.

—Pero ¿cómo caímos y dónde? ¿Cómo conseguí salir del avión y llegar hasta Jacksonville?

Cerró los ojos y respiró profundamente intentando entender, buscando respuestas para tantas preguntas. Le angustiaba no poder recordar y le costaba concentrarse. Se quedó en un duermevela soñando situaciones terribles, como que su avión era derribado una y otra vez. La pesadilla estaba llena de angustia y de muerte. Le dolía todo el cuerpo, pero la cabeza le iba a estallar. Vivía en un tormento continuo donde todos sus sueños se mezclaban.

Estaba en blanco, no recordaba nada, o casi nada, pero tenía una imagen grabada a fuego: la de un hombre arrastrándole mientras él le gritaba pidiendo ayuda. En ese instante un espasmo sacudió todo su cuerpo y comenzó a comprender que estaba cruzando el umbral para recuperar lo que su cerebro le negaba. Sentía mucho frío y estaba mojado.

—Pero ¿qué estoy haciendo bocarriba flotando en el agua?

Una mano le sujetaba con fuerza por el cuello de la cazadora.

—Pero ¿adónde me llevas?

No entendía dónde estaba, pero no era profundo, tocaba con facilidad el fondo. Un fondo esponjoso, una mezcla de plantas y barro. Sabía que si se ponía en pie el agua no le llegaría a las rodillas. El hombre seguía caminando en silencio tirando del joven italiano y en la oscuridad a duras penas se intuía su cara.

—¡Era de noche! Ahora lo recuerdo.

No era un sueño, aparecían borrosas unas botas altas y ropa muy sucia, nada más... Bueno, sí, la noche estaba llena de sonidos, inundada por el griterío de animales salvajes.

—¿Dónde estoy? —repetía desconsolado.

Abrió los ojos y estaba otra vez sentado en la habitación del motel. Se sintió aliviado, dejó de tiritar de frío e intentó incorporarse lentamente, apoyando la mano con fuerza en la repisa de la ventana que estaba junto a él. Tenía los brazos llenos de arañazos.

—Esto es una locura, casi no me queda dinero. He pasado las Navidades en este cuartucho solo, llorando, aterrado y desesperado. No puedo más, tengo que hablar con mi hermano. Pero si me encuentran, ¿me acusarán por desertar? ¡Dios mío!, ¿qué ha pasado?

La angustia que sentía no le dejaba razonar con claridad o quizá tenía más bien que ver con el golpe en la cabeza que se había dado al estrellarse o tal vez aquel hombre que le arrastraba le pegó...

—¿Qué voy a hacer ahora? Maldita sea, yo no he hecho nada malo.

Salió de la habitación como pudo y divisó que al final del pasillo había una puerta lateral y unas escaleras exteriores. Poco a poco su cuerpo se fue activando, sentía dolor, pero era un marine y estaba preparado para soportarlo.

Las lágrimas resbalaban por sus mejillas mientras caminaba por la calle buscando un lugar desde donde mandar un telegrama. Mientras se secaba la cara con un pañuelo que en algún momento fue blanco, tomó la decisión de que lo enviaría en clave para que solo su hermano entendiera que estaba bien y después se marcharía hacia el oeste. Varios de sus compañeros de armas vivían en California y estaba seguro de que le ayudarían.

Vio una oficina de telégrafos al otro lado de la calle. Antes de entrar miró a través del cristal enorme y sucio que tenía unas letras grandes y blancas donde se leía «Western Union, Telegraph and Cable Office». «Este lugar debe de llevar años funcionando», pensó.

Tenía un mostrador dividido en cuatro partes y en cada una había una ventanilla metálica desde las que se atendía a los clientes. Levantó la mirada y se fijó en el techo y en las bombillas que lo adornaban, estaban casi todas apagadas y era la luz del sol que entraba a través de los cristales sucios la que iluminaba indirectamente toda la estancia, dándole una sensación de paz al lugar.

Al abrir la puerta se cruzó con una mujer mayor, a la que ayudó a salir. Ella le sonrió agradecida mientras le deseaba un feliz día, él agachó la cabeza para que no lo reconociera. En el interior no había nadie, tan solo un empleado al otro lado del mostrador que andaba organizando papeles sin prestar atención a nada.

—Hola, necesito enviar un telegrama.

Al escuchar que alguien le preguntaba el hombre hizo un amago de darse la vuelta, pero se quedó a medio camino observando a Paonessa de reojo y respondiendo con desgana.

—Rellene uno de esos papeles. —Señaló hacia el mostrador donde había un pequeño montón de hojas—. Escriba el mensaje en mayúsculas. ¿A qué ciudad lo va a enviar?

—Es para Washington, para el D. C.

A Paonessa se le entrecortó la voz, le costaba hablar, no se había relacionado con prácticamente nadie en los últimos días, solo consigo mismo. Por momentos pensó que se estaba volviendo loco, pero sintió que hablar solo le había ayudado a aclarar sus ideas.

—Muy bien, escriba el mensaje. ¿Ya sabe cómo funciona esto? Cuantas más palabras, más le va a costar, ¿lo entiende, muchacho?

—Sí, claro, gracias.

Pensó que el empleado de correos había pasado una Navidad tan nefasta como la suya. Qué actitud... No se podía ser más agrio y borde.

Se acordó de su madre muerta, Irene.

—Mamá, ayúdame, no sé cómo voy a salir de esta —repetía una y otra vez.

Ya estaba hablando solo de nuevo. Instintivamente comenzó a rezar a la Virgen mientras juntaba un puñado de palabras para su hermano.

«Estimado Joseph, estoy vivo», no le pareció una buena frase. «Querido hermano, sigo vivo. Ya te llamaré». Arrugó el papel, no le gustaba. Pensó en qué decir para convencer a su hermano y a la familia de que estaba bien y que así no se preocuparan.

—Qué, hijo, ¿cómo lo lleva? ¿Es algún mensaje de amor?

—No, no exactamente —respondió Paonessa.

—Pues tómese su tiempo, aún no anochece.

Daba la sensación de que al amargado le molestaba el tiempo que se estaba tomando para completar el mensaje. De repente todo fluyó, tanto el mensaje como la clave secreta. «Te han informado mal sobre mí. Estoy muy vivo» y firmaría al final del texto como «Georgie», que era como le llamaba su madre.

—Aquí tiene el telegrama. —Se lo dio al gruñón.

—¿Georgie es usted?

—Sí, claro, ¡soy yo!

El hombre lo miró fijamente.

—Ya está usted muy crecidito para ir firmando con diminutivos, ¿no le parece?

—Y a usted qué le importa. —Paonessa se controló, pues lo que menos necesitaba era armar un follón en un establecimiento público—. Me llamo Georgie —afirmó de nuevo moviendo la cabeza.

—Vaya carácter.

No le contestó, pagó y salió de la oficina caminando lentamente hacia la estación de autobuses de la Greyhound. Tenía por delante varios días de viaje hasta llegar a Los Ángeles.

La mañana del 26, día de San Esteban, era fría y gris en la ciudad de Washington, los barracones de los marines estaban al sureste. La mayoría de los muchachos fumaban como carreteros, jugaban a las cartas y escribían a sus novias para comprobar si aún los esperaban. Mataban las horas y el aburrimiento en ese lugar, todos ansiosos por volver a la vida civil. Muchos de ellos habían combatido en el Pacífico. Ya eran veteranos, lo serían para siempre. Querían olvidar y empezar de nuevo, pero los días pasaban demasiado despacio y todavía sentían en la garganta el sabor amargo de lo que les había tocado vivir. Demasiada muerte, demasiado miedo, demasiado ruido para el enorme vacío que sentían. Y ahora tocaba esperar.

En la guerra todo iba demasiado rápido, cada minuto podía ser el último en una trinchera, en un avión, en el mar... Y ahora, ahora los tenían esperando, esperando para nada, consumiendo horas, días, semanas... Solo querían que los dejaran salir de ese maldito compromiso con el Ejército. Estados Unidos no sabía qué hacer con toda esa gente, tantas tropas repartidas por medio mundo que solo pensaban en volver a casa.

Joseph Paonessa era uno de esos chicos, cabo en los marines. Su familia estaba entre las

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