Loading...

WILL GRAYSON, WILL GRAYSON

John Green   David Levithan  

4


Fragmento

capítulo uno

Cuando era pequeño, mi padre solía decirme: «Will, puedes elegir a tus amigos, y puedes meterte el dedo en la nariz, pero no puedes meter el dedo en la nariz de tus amigos». A mis ocho años, me pareció una observación bastante aguda, pero resulta que es incorrecta en varios aspectos. Para empezar, no puedes elegir a tus amigos, porque, de haber podido, nunca habría acabado con Tiny Cooper.

Tiny Cooper no es la persona más gay del mundo, y no es la persona más gorda del mundo, pero creo que podría ser la persona más gorda del mundo que es muy muy gay, y también la persona más gay del mundo que es muy muy gorda. Tiny ha sido mi mejor amigo desde quinto, menos todo el semestre pasado, cuando se dedicó a descubrir el verdadero alcance de su homosexualidad, y yo me dediqué a tener un Grupo de Amigos de verdad por primera vez en mi vida, lo que provocó que dejara de hablarme por dos faltas leves:

1. Después de que un miembro del comité del instituto se enfadara con los gays en el vestuario, defendí el derecho de Tiny Cooper a ser tanto enorme (y, por ello, el mejor atacante de nuestra mierda de equipo de fútbol americano) como gay en una carta al periódico del instituto que hice la tontería de firmar.
2. Un tipo de mi Grupo de Amigos llamado Clint se puso a hablar de la carta durante la comida, y mientras hablaba me llamó zorra chillona, y como yo no entendía qué quería decir exactamente zorra chillona, le pregunté: «¿Qué quieres decir?». Volvió a llamarme zorra chillona, y en ese punto le dije a Clint que se fuera a tomar por culo, cogí mi bandeja y me marché.

Así que supongo que, en sentido estricto, fui yo el que dejó el Grupo de Amigos, aunque pareciera lo contrario. La verdad es que daba la impresión de que no caía bien a ninguno de ellos, pero estaban ahí, que ya era algo. Y ahora no están, de modo que me he quedado totalmente privado de vida social.

Sin contar a Tiny, claro. Y supongo que tengo que con tarlo.

El caso es que unas semanas después de las vacaciones de Navidad, estoy sentado en mi sitio en la clase de cálculo cuando Tiny entra tan tranquilo, con una camiseta de deporte metida en los pantalones, aunque hace tiempo que ha terminado la temporada de fútbol. Cada día, Tiny consigue meterse milagrosamente en el pupitre de al lado del mío en la clase de cálculo, y cada día me sorprende que lo consiga.

Así que Tiny se apretuja en su pupitre, yo me sorprendo, como no puede ser de otra manera, y entonces se gira hacia mí y me susurra en voz alta, porque en el fondo quiere que los demás lo oigan:

—Me he enamorado.

Pongo los ojos en blanco, porque Tiny se enamora de algún pobre chico cada hora en punto. Todos son iguales: delgados, sudorosos y bronceados, y esto último es abominable, porque en Chicago, en el mes de febrero, todos los bronceados son artificiales, y los chicos con bronceado artificial (me da igual que sean gays) son ridículos.

—Eres un cínico —me dice Tiny haciendo un gesto de desdén con la mano.

—No soy cínico, Tiny —le contesto—. Soy práctico. —Eres un robot —replica.

Tiny cree que soy incapaz de sentir lo que los seres humanos llaman emociones porque no he llorado desde que cumplí siete años, cuando vi la película Todos los perros van al cielo. Supongo que por el título debería haber sabido que no tendría un final feliz, pero en mi defensa debo decir que tenía siete años. En cualquier caso, desde entonces no he llorado. La verdad es que no entiendo qué sentido tiene llorar. Además, creo que llorar es casi (aparte de que se mueran familiares o amigos y cosas así) totalmente evitable si sigues dos reglas muy sencillas: 1) no dar demasiada importancia, y 2) callarte. Todas las desgracias que me han sucedido en la vida han sido consecuencia de no haber cumplido una de estas dos reglas.

—Sé que el amor es real porque lo siento —me dice Tiny. Al parecer la clase ha empezado sin que nos hayamos enterado, porque el señor Applebaum, que presuntamente nos enseña cálculo, aunque lo que sobre todo me enseña es a soportar estoicamente el dolor y el sufrimiento, dice:

—¿Qué es lo que sientes, Tiny?

—¡Amor! —le contesta Tiny—. Siento amor.

Y todo el mundo se gira y se ríe o se queja, y como estoy sentado a su lado y es mi mejor y único amigo, también se ríen y se quejan de mí, que es precisamente la razón por la que no elegiría a Tiny Cooper como amigo. Llama demasiado la atención. Además, es patológicamente incapaz de seguir cualquiera de mis dos reglas. Va tranquilamente por ahí, haciendo sus excentricidades y hablando por los codos, y luego se queda perplejo cuando le cae la mierda encima. Y, por supuesto, por pura proximidad, eso implica que me caiga la mierda encima a mí también.

Después de clase, estoy mirando fijamente mi taquilla y preguntándome cómo he podido dejarme La letra escarlata en casa cuando llega Tiny con sus amigos de la Alianza Gay-Hetero: Gary (que es gay) y Jane (que quizá lo es y quizá no, nunca se lo he preguntado).

Sigue leyendo y recibe antes que nadie historias como ésta