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WONDER. CHARLOTTE TIENE LA PALABRA

R.J. Palacio

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Fragmento

Donde cuento que iba andando al colegio

Había un ciego que tocaba el acordeón en Main Street al que veía todos los días de camino al colegio. Se sentaba en un taburete debajo del toldo del supermercado A&P que hay en la esquina con Moore Avenue, y su perro lazarillo se tumbaba sobre una manta delante de él. El animal llevaba un pañuelo rojo al cuello. Era una labrador negra. Lo sé porque mi hermana Beatrix se lo preguntó un día.

—Disculpe, señor, ¿de qué raza es ese perro?

—Joni es una labrador negra, señorita —contestó.

—Es muy guapa. ¿Puedo tocarla?

—Mejor que no. Ahora mismo está trabajando.

—Vale, gracias. Que pase un buen día.

—Adiós, señorita.

Mi hermana se despidió con la mano. Él no tenía modo de saberlo, claro, así que no le devolvió el saludo.

Beatrix tenía ocho años. Lo sé porque era mi primer curso en Beecher, o sea, que estaba en preescolar.

Yo no llegué a hablar con el hombre del acordeón. Me fastidia reconocerlo, pero por aquel entonces me daba algo de miedo. Siempre tenía los ojos abiertos, y a mí me parecían vidriosos y empañados. Eran color crema y recordaban a unas canicas beis. Me asustaba solo con verlos. Si hasta me daba un poco de miedo su perro, y eso que a mí me encantan los perros. ¡Si hasta tengo uno! El caso es que su perro me daba miedo; tenía el hocico gris, y sus ojos parecían viscosos. Pero —y este es un gran «pero»—, aunque me daban miedo los dos, el hombre del acordeón y su perro, siempre dejaba un billete de un dólar en la funda abierta del instrumento. No sé cómo, porque estaba tocando el acordeón, pero por más silenciosamente que me acercase a él, el hombre siempre oía el «flap» del billete al caer en la funda.

—Que Dios bendiga a América —decía haciendo un gesto con la cabeza hacia donde yo estaba.

Era algo que me dejaba maravillada. ¿Cómo podía oírlo? ¿Cómo sabía en qué dirección debía hacer aquel gesto?

Mi madre me explicó que los ciegos desarrollan sus otros sentidos para compensar el que han perdido. Como estaba ciego, tenía un superoído.

Eso, claro está, hizo que me preguntara si también tendría otros superpoderes. Por ejemplo: en invierno, cuando hacía un frío que pelaba, ¿tenía alguna manera mágica de calentarse los dedos mientras pulsaba las teclas? ¿Y cómo se las apañaba para mantener el calor del resto del cuerpo? En aquellos días de frío glacial, en los que me castañeteaban los dientes tan solo con recorrer a pie unas cuantas manzanas contra el viento helado, ¿cómo se las apañaba él para entrar en calor

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