Loading...

WONDER WOMAN: WARBRINGER (DC ICONS 1)

Leigh Bardugo

0


Fragmento

Cubierta

HERMANA EN BATALLA:

SOY TU ESCUDO Y TU ESPADA.

Y TU AMIGA. SIEMPRE TU AMIGA

Diana está destinada a convertirse en una de las heroínas más poderosas del planeta, pero para ello debe demostrar a su familia que es digna de ser una princesa Amazona.

Cuando por fin le llega la oportunidad de demostrarlo, Diana lo echa todo a perder para salvar a una simple humana: Alia Keralis.

Juntas, Diana y Alia se enfrentaran a todo un ejército de enemigos dispuestos a destruirlas. Porque Alia es humana, sí, pero no es una humana cualquiera. En su pasado se esconde la clave de la gran tragedia que está a punto de desencadenarse. Si quieren salvar sus mundos, deberán permanecer unidas y luchar con todas sus fuerzas para ganar la guerra que se avecina.

Sigue el hashtag #TodasSomosWonderWoman

Y si quieres saber todo sobre nuestras novedades, únete a nuestra comunidad en redes.

imagen Somos Infinitos

imagen @somosinfinitos

imagen @somosinfinitoslibros

Novedades, autores, presentaciones primeros capítulos, últimas noticias... Todo lo que necesitas saber en una comunidad para lectores como tú. ¡Te esperamos!

SÍGUENOS EN

imagen

imagen @megustaleerebooks

imagen @megustaleer

imagen @megustaleer

imagen

Acercaos, venid a enfrentaros a mí, y así descubriréis

lo que mana del pecho de las amazonas.

¡Con mi sangre se mezcla la guerra!

QUINTO DE ESMIRNA, La caída de Troya

1

«No participas en una carrera para perderla.»

En la línea de salida, Diana daba pequeños saltitos sobre los dedos de sus pies, con las pantorrillas tensas como cuerdas de un arco y las palabras de su madre resonando en sus oídos. Una ruidosa multitud se había congregado para presenciar las pruebas de lucha libre y lanzamiento de jabalina que marcaban el inicio de los Juegos Nemesianos, pero el acontecimiento más esperado era la carrera de fondo, y ahora las gradas hervían con la noticia de que la hija de la reina iba a participar en la competición.

Cuando Hippolyta había divisado a Diana entre las corredoras agrupadas sobre la arena del recinto, no había dado muestras de sorpresa. Como marcaba la tradición, había descendido desde la plataforma para desear suerte a las atletas en sus esfuerzos, compartiendo una broma con algunas y ofreciendo una palabra de aliento a otras, y había saludado brevemente a Diana con un leve gesto, sin mostrar ningún favoritismo especial, aunque aprovechó la ocasión para susurrar en voz muy baja, tan baja que solo su hija la había oído:

—No participas en una carrera para perderla.

Las amazonas se habían alineado en el pasillo que conducía al estadio, y ya pateaban el suelo con los pies y cantaban a la espera de que empezaran los juegos.

A la derecha de Diana, Rani sonreía radiante.

—Buena suerte.

Siempre tan amable, siempre tan atenta y, por supuesto, siempre tan victoriosa.

A la izquierda de Diana, Thyra soltó un bufido y meneó la cabeza.

—La va a necesitar.

Diana no le hizo caso. Llevaba semanas esperando la carrera, que consistía en una travesía por la isla con el objetivo de retirar una de las banderas rojas que colgaban bajo la gran bóveda de Bana-Mighdall. En el esprint puro y duro no tenía ninguna opción. Todavía no había alcanzado la plenitud de sus poderes de amazona. «Todo llegará, con el tiempo», le había prometido su madre. Pero su madre prometía muchas cosas.

De todas formas, esta carrera era distinta. Requería estrategia, y Diana estaba lista. Se había estado entrenando en secreto, corriendo junto a Maeve, y había trazado una ruta que, aunque transcurría por un terreno más arduo, era sin duda la más directa para llegar a la punta occidental de la isla. Había llegado incluso a... Bueno, no se podía considerar exactamente espiar..., pero había recogido información sobre el resto de amazonas que participaban en la carrera. Ella seguía siendo la más pequeña de estatura y por supuesto la más joven, pero en el último año había crecido muchísimo, y ahora ya era casi tan alta como Thyra.

«No necesito suerte. Tengo un plan», pensó. Contempló la fila de amazonas que se apretujaban en la línea de salida como miembros de una tropa preparándose para entrar en combate, y se corrigió: «Pero un poco de suerte tampoco vendría mal». Ansiaba la corona de laurel. La prefería a cualquier diadema o tiara real, porque era un honor que no se podía conceder, que había que ganar.

Localizó entre la multitud la cabellera roja y el rostro pecoso de Maeve y sonrió, intentando proyectar confianza. Maeve le devolvió la sonrisa e hizo un gesto con ambas manos, como si intentara apisonar el aire. «Adelante», articuló con la boca.

Diana puso los ojos en blanco, pero asintió e intentó calmar su respiración. Tenía la mala costumbre de salir demasiado deprisa y malgastar las energías demasiado pronto.

Ahora se despojó de cualquier pensamiento y se obligó a concentrarse en la carrera, mientras Tekmessa caminaba sobre la línea, supervisando a las corredoras. Sus joyas centelleaban en su magnífica corona de rizos y los brazaletes de plata brillaban en sus brazos morenos. Ella era la consejera más cercana a Hippolyta, ostentaba un rango solo superado por la reina, y se comportaba como si su atuendo de color añil, ceñido por un cinturón, fuera una armadura pensada para la batalla.

—Tómatelo con calma, Pyxis —murmuró Tek a Diana cuando pasó delante de ella—. No me gustaría verte desfallecer.

Diana se dio cuenta de que Thyra sonreía, pero no quiso poner mala cara ante la mención de su apodo. «No te reirás tanto cuando me veas victoriosa en el podio», se prometió a sí misma.

Tek alzó las manos para pedir silencio y se inclinó ante Hippolyta, que se encontraba sentada entre dos miembros más del Consejo de amazonas en el palco real, una alta plataforma protegida por una tela de seda teñida con el rojo y el azul vibrante de los colores de la reina. Diana sabía que era ahí donde su madre hubiera querido verla, sentada a su lado, esperando el inicio de los juegos y no compitiendo en ellos. Pero eso dejaría de tener importancia cuando hubiera vencido.

Hippolyta bajó la barbilla apenas unos milímetros, muy elegante con su túnica blanca y sus pantalones de montar, con una simple diadema ajustada en la frente. Parecía relajada, muy a sus anchas, como si en cualquier momento fuera a dar un brinco y unirse a la competición, pero aun así seguía cumpliendo el papel de reina a la perfección.

Tek se dirigió a las atletas reunidas en la arena del estadio.

—¿En honor de quién competís?

—Por la gloria de las amazonas —respondieron todas al unísono—. Por la gloria de nuestra reina.

Diana notó que el corazón le latía con más fuerza. Nunca antes había pronunciado aquellas palabras, por lo menos no como competidora.

—¿A quién rezáis cada día? —prosiguió Tek.

—A Hera —contestaron a coro—, Atenea, Deméter, Hestia, Afrodita y Artemisa.

Estas eran las diosas que habían creado Themyscira y habían regalado la isla a Hippolyta como lugar donde refugiarse.

Tek hizo una pausa, y Diana oyó que las corredoras susurraban otros nombres: Oya, Durga, Freyja, Mari, Yael. Los nombres que una vez habían pronunciado en el momento de morir, las últimas plegarias de las guerreras al caer en el campo de batalla, las palabras que las habían llevado a la isla y les habían servido para obtener una nueva vida como amazonas. Al lado de Diana, Rani murmuraba los nombres de la cazadora de demonios Matri, las siete madres, y apretaba contra sus labios el amuleto rectangular que siempre llevaba.

Tek levantó una bandera de color rojo sangre, idéntica a la que esperaba a las corredoras en Bana-Mighdall.

—¡Que la isla os guíe hacia una victoria justa! —gritó.

Dejó caer el trapo rojo. La multitud rugió. Las corredoras se lanzaron hacia el arco oriental. En un abrir y cerrar de ojos, la carrera había comenzado.

Diana y Maeve habían previsto el embudo que se produciría, pero aun así la hija de la reina Hippolyta notó un pinchazo de frustración cuando las corredoras inundaron la garganta de piedra del túnel, en un embrollo de túnicas blancas y miembros musculosos, mientras los pasos resonaban sobre el suelo de piedra y todas intentaban salir del estadio a la vez. Por fin salieron a la carretera y cada corredora eligió su propia ruta, diseminándose así por la isla.

«No participas en una carrera para perderla.»

Diana acompasó el ritmo de la zancada a estas palabras, y empezó a pisar con los pies descalzos la tierra compacta del camino que la conduciría a través del laberinto de los bosques Cibelianos hasta la costa norte de la isla.

Una travesía de tantos kilómetros por un bosque tan frondoso como aquel hubiera sido lenta al estar constantemente obstaculizada por árboles caídos y marañas de vides gruesas que hubiera tenido que arrancar con un cuchillo que no le importara mellar. Pero Diana había ideado muy bien la ruta. Una hora después de penetrar en el bosque, emergió de la arboleda y salió a la carretera desierta de la costa. El viento le alborotaba el pelo y la sal le rociaba el rostro. Respiró hondo y comprobó la posición del sol. Iba a ganar. No solo iba a quedar bien clasificada, sino que iba a ganar.

Había cartografiado la carrera durante la semana anterior con Maeve, y habían hecho el recorrido dos veces en secreto, en las horas grisáceas del amanecer, cuando sus hermanas apenas se estaban levantando de la cama, cuando las fogatas de las cocinas todavía se estaban encendiendo, y los únicos ojos curiosos de los que preocuparse pertenecían a personas que se habían levantado temprano para salir a cazar o para colocar las redes para la pesca del día. Pero las cazadoras se concentraban en los bosques y las praderas de mucho más al sur, y nadie pescaba en aquella parte de la costa; no había ningún sitio adecuado para botar la barca, solo acantilados escarpados y de color de acero que se desplomaban sobre el mar, y una pequeña y poco acogedora cueva a la cual solo se podía acceder por un camino tan estrecho que era necesario recorrerlo de lado y arrastrando los pies, con la espalda pegada a la roca.

La costa norte era gris, sombría e inhóspita, y sin embargo Diana conocía cada centímetro de su paisaje secreto, los riscos y las cuevas, los estanques creados por la marea, rebosantes de lapas y de anémonas. Era un buen lugar para estar sola. «La isla quiere complacer», le había dicho su madre. Por eso Themyscira estaba poblada de secuoyas en algunas partes y de gomeros en otras; por eso podías pasar la tarde surcando los campos de hierba a lomos de un poni lanudo y la noche encima de un camello, escalando las dunas de arena iluminadas por la luna. Todo formaba parte de la vida que las amazonas habían llevado antes de llegar a la isla, pequeños paisajes del corazón de todas ellas.

A veces, Diana se preguntaba si la costa norte de Themyscira no habría sido creada para ella sola, para que pudiera ponerse a prueba escalando los p

Sigue leyendo y recibe antes que nadie historias como ésta

Información básica sobre Protección de Datos

Responsable PENGUIN RANDOM HOUSE GRUPO EDITORIAL, S.A.U. (PRHGE)
CIF: A08116147
Contacto DPD: lopd@penguinrandomhouse.com
Finalidad Informarle sobre nuestros productos, servicios, novedades, sorteos, concursos y eventos de PRHGE así como la gestión de su inscripción y participación a sorteos, concursos o eventos que solicite participar.
Legitimación Consentimiento del interesado.
Destinatarios No se cederán datos a terceros, salvo obligación legal.
Derechos Acceder, rectificar y suprimir los datos, así como otros derechos, como se explica en la información adicional
Información Adicional Más información sobre nuestra política de protección de datos en el siguiente enlace