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Y SI Tú ME OLVIDAS (ALANA 1)

Iris Romero Bermejo  

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Fragmento

Madrid, 1868

—«Y la niña se fue, se fue, se fue, con su perro también, también, también…» —canturreo mientras me cepillo el pelo. Ya lo tengo tan largo, que casi acaricia el final de mi espalda con las puntas.

—¿Se puede saber por qué cantas constantemente esa canción, Liliana? —me pregunta padre a mi espalda.

Pego un respingo en la silla y sonrío. Dejo el cepillo en el tocador y corro a abrazarle.

—Siempre me la cantaba madre —susurro, arrugando la nariz—. Padre, hueles a Estrella. Dile a los sirvientes que le cepillen el pelo y le apliquen mi perfume.

Se empieza a reír y sus brazos me sueltan.

—Eres tan refinada como difunta tu madre. Toma, te he traído un regalo.

Saca algo del bolsillo de su abrigo, envuelto en un precioso papel de flores. Lo cojo ilusionada y, con mucho cuidado de no rasgar y estropear el envoltorio, saco una muñeca de porcelana. Abro la boca impresionada. Es la muñeca que le dije que quería hace más de un mes, cuando la vi en el escaparate de una de las tiendas de la Plaza Mayor.

—¡Padre! ¡Es maravillosa!

Corro a sus brazos sin importarme que su olor impregne mi camisón nuevo. De repente un pinchazo en el vientre me dobla en dos. Padre me sujeta, y gracias a eso no me caigo al suelo.

—¿Liliana? —me pregunta, levantándome en vilo y dejándome con suavidad en la cama mientras yo me retuerzo de dolor—. Mi vida, ¿qué te ocurre?

—Me duele mucho aquí —explico con dificultad, tocándome el lado derecho del vientre, muy cerca del ombligo.

—Estás ardiendo —murmura con el ceño fruncido, tocándome la frente—. ¿Cómo no me he dado cuenta antes?

Cierro los ojos con un demonio en mi interior retorciéndome las entrañas, infligiéndome un agonizante sufrimiento, cuando el mundo se nubla a mi alrededor y me dejo llevar.

—¿Lili? —escucho que me llama mi hermano junto a mi cama—. Lili, despierta.

Despego los párpados con dificultad. Me cuesta respirar. Tiemblo, tengo mucho frío, y las náuseas amenazan con ahogarme.

—¿Enrique? ¿Eres tú?

Mi hermano coge mi temblorosa mano y me besa la palma, como siempre hacía cuando jugábamos a que yo era una princesa y él mi príncipe azul.

—Estoy aquí, Lili —me asegura, empezando a llorar. Sus lágrimas humedecen la mano que me tiene asida, y sus fuertes hombros tiemblan con cada sollozo que rasga el silencio. Es el único del mundo que me llama Lili, y por eso le adoro, porque nunca me ha gustado el nombre de Liliana. Demasiado largo para alguien como yo.

Intento incorporarme, pero el dolor me lo impide. Cada vez es más fuerte. ¿Por qué me ha despertado de mi dulce letargo?

—El médico ha venido a verte, pero estabas inconsciente —me explica entre sollozos—. Dice que tienes el «mal del vientre».

No entiendo nada. ¿Qué significa eso?

—Tengo la garganta muy seca, pero no puedo beber, siento náuseas… —empiezo a decir, temblando. El frío me quema, me paraliza. Un dolor sordo en el estómago me mantiene atada a la cama, como si un gran peso tirara de mi cuerpo hacia abajo.

—El médico se ha ido, pero padre ha traído a la bruja. Ella sabrá qué hacer —me explica Enrique, obligándose a sonreír.

—¿La bruja? Yo no quiero que venga, dicen que es malvada. —Mi hermano desoye mi opinión, secándome el sudor del labio superior con un pañuelo de tela bordado con sus iniciales.

La puerta se abre y veo que entra padre. Abro un poco más los ojos e intento enfocar, viendo que una mujer avanza detrás de él. Alguna vez la he visto por la ventana de mi habitación, pero siempre me he escondido detrás de las cortinas con miedo. Dicen que es peligrosa, y de intenciones malignas.

—Esta es mi hija Liliana. Lleva un día y una noche así, y va empeorando —le explica padre señalándome. Veo profundas y marcadas ojeras en sus ojos grises, iguales que los míos—. El médico nos ha recetado opio para que no… sufra —termina diciendo, llevándose las manos a su hermoso rostro, ahora desencajado.

La mujer se acerca despacio. Toca mi vientre hinchado y murmura algo en un idioma que no entiendo. Intento alejarme de su contacto, pero estoy tan débil que no soy capaz ni le levantar un solo dedo.

No me dirige la mirada ni un segundo, ni siquiera me toca la frente, no comprueba mi respiración.

—No le den opio. Yo tengo unas infusiones mucho más efectivas —dice con seriedad—. Se las tiene que tomar. Aunque vomite, debe beberse hasta la última gota —ordena, ajustándose un pañuelo de tela en el cuello.

—Así haremos —promete padre, acompañándola hasta la salida.

La vista se me nubla y siento que el dolor empieza a alejarse un poquito de mi cuerpo.

Un nauseabundo líquido invade mi garganta. Me incorporo un poco e intento escupir, pero unas manos me obligan a tragar. Me resisto y forcejeo, pero mi cuerpo ya no tiene fuerzas, así que trago y trago hasta sentir que voy a explotar.

—Liliana, mi bella dama… Ocaso perfecto de una primavera eterna —dice alguien, cuya voz no consigo reconocer, a mi lado. Siento sus dedos acariciando mi rostro.

Abro los ojos y veo que estoy sola en la habitación. Me toco la mejilla con dificultad, porque juraría que alguien acaba de rozarla con unos dedos muy fríos.

La puerta se abre y mi hermano y padre se acercan con el semblante pálido. Ya no siento dolor, pero tampoco fuerzas para levantarme. Mantener los ojos abiertos es una verdadera agonía.

—Padre… Enrique… —consigo decir con un hilo de voz.

Mi hermano se arrodilla a mi lado y hunde su rostro en mi pecho, sollozando tan fuerte que mi maltrecho cuerpo tiembla con él.

—Padre, mi muñeca —le pido, señalándola con los ojos. En dos zancadas atraviesa la habitación y la coge con cuidado de la estantería. La deja a mi lado en la cama, aprovechando la cercanía para regalarme un dulce beso en la frente. No me pasa desapercibido el temblor en sus labios cuando lo hace.

—Siempre serás mi pequeña princesa —murmura pasando sus dedos por mi pelo lacio y seguramente descuidado. Debo cepillármelo todo los días para que se vea lustroso.

—No es justo, no es justo —gimotea Enrique encima de mi pecho, con cuidado de no ahogarme. Entrelaza sus dedos con los míos, como si quisiera darme toda la fuerza que a él le sobra y a mí me falta.

—«Y la niña se fue, se fue, se fue, con su perro también, también, también» —empiezo a cantar con los labios secos y agrietados—. «Solos por el camino vagaron, hasta que otro perro encontraron. Y, juntos los tres, jamás regresaron».

Y de repente todo el dolor desaparece de mi cuerpo. Un frío inmenso invade mi torso, mis brazos, mis dedos. Quedo congelada un instante y de repente siento que floto. Empiezo a verme desde arriba. A mi hermano, a padre. Mi muñeca. Alargo la mano para cogerla pero no puedo, mis dedos atraviesan sus rizos sin llegar a tocarla en realidad.

Quiero hablar, pero las palabras se me atraviesan en la garganta. Quiero tocarme el rostro, pero creo que tampoco tengo manos en realidad. Me miro y las veo, pero son como aire flotando en la habitación.

Me quedo en un rincón, encogida, transparente, sin ser vista ni oída por nadie. Cierro los ojos y tiemblo cuando mi hermano empieza a romper todo a nuestro alrededor. Mi padre intenta sujetarle, pero no consigue amilanar su rabia.

Cubren mi delicado cuerpo con una sábana y lo bajan por las escaleras. Les sigo detrás, sin que nadie me vea. Cuando voy a salir por la puerta, justo detrás de padre, me quedo paralizada. Intento avanzar, pero no puedo. Así que voy hasta la ventana y veo cómo un coche fúnebre tirado por caballos blancos se aleja con mi cuerpo.

Vuelvo a mi habitación y me quedo en mi rincón. Como si hubiera pasado un suspiro, la casa se llena de nuevo de gente. Pero son gritos, insultos, llantos, gemidos y alaridos lo que escucho. Por la ventana veo a nuestros sirvientes huir despavoridos. Y percibo que algo malo acaba de pasar. Algo horroroso. Un grito seco, un golpe.

Tengo miedo, así que deseo esconderme donde nadie pueda encontrarme. Mi cuerpo congelado se eleva hasta atravesar el techo, y aparezco en el desván. Pocas veces he subido aquí arriba, puesto que siempre estaba sucio. Padre no me permitía jugar aquí, así que me sorprendo al descubrir el antiguo armario de mi madre, ese que desapareció cuando ella murió. Intento abrirlo, pero mis casi invisibles manos atraviesan los tiradores sin llegar a tocarlos en realidad.

—Espere, mi bella dama, yo le ayudo —dice alguien a mis espaldas.

Me doy la vuelta con temor cuando veo a un apuesto joven. Si su mirada no fuera tan dulce, huiría despavorida. Se inclina en una elegante reverencia y se acerca al armario. No sé cómo lo hace, porque sus manos son tan etéreas como las mías, pero consigue abrirlo.

Los vestidos de madre tal y como estaban el día de su muerte. Me acerco y mis dedos atraviesan sin más el terciopelo que adorna uno de ellos.

—¿Cómo lo has hecho? —le pregunto, fascinada—. ¿Cómo consigues tocar las cosas?

Se encoje de hombros y sonríe. Y a pesar de todo el dolor, frío y miedo que me acompañan, un placentero calor se instala en mi pecho. Su sonrisa me apacigua y tranquiliza.

—Son años de práctica, mi dama. Pero no se apure, yo le enseñaré todo lo que necesite saber. Seré su maestro, mi ocaso eterno —promete, tendiéndome una mano.

Por un momento recelo de él, pero después temo a la soledad, así que le tiendo la mía con la esperanza de encontrar en él la compañía que tanto necesito. Son sus ojos, que me miran con una adoración especial, hasta ahora desconocida para mí. Sus labios, carnosos y firmes, me aportan una seguridad que ahora, más que nunca, necesito, ya que mi mundo perfecto se ha derrumbado hasta sus cimientos, y lo

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