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¿Y Tú QUé CLASE DE MADRE ERES?

Paula Daly  

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Fragmento

 

 

 

Llega con tiempo más que suficiente. Aparca el coche reculando, se apea y siente la sacudida del frío. Abofeteándole la cara con fuerza, cortándole la piel. Una piel que huele bien. A perfume caro.

Ha aparcado a varios centenares de metros del colegio, en el mirador. Cuando el día está despejado, desde allí hay una vista ininterrumpida del lago y las montañas al fondo. Si hiciera mejor tiempo, ya habría llegado el carrito de los helados y los turistas japoneses estarían tomando fotos. Pero no hoy, con estos cielos encapotados y la oscuridad otoñal al caer.

Las aguas del lago reflejan los árboles. Están turbias, color marrón café —dentro de nada, gris pizarra—, y no sopla aire.

Quizá debería comprarse un perro, piensa por un momento. Un perro bonachón, un spaniel tal vez o uno de esos perritos blancos y lanudos. A los niños les encantan los perros, ¿no? Quizá no fuera mala idea.

Mira alrededor en busca de señales de vida pero por el momento no hay nadie más. Está solo, vigilando. Evaluando la situación, sopesando los riesgos.

Evaluar riesgos forma parte de su trabajo. Por lo general se los inventa, toma nota de lo que supone que el inspector de seguridad contra incendios desea oír. Y añade algún que otro dato, los suficientes como para no dar la impresión de que su trabajo le importa una mierda.

Pero esto no es lo mismo. Aquí tiene que andarse con cien ojos. Él sabe que tiene tendencia a precipitarse. Sabe que a veces no es tan meticuloso como debiera y puede acabar pagando las consecuencias. Aquí no puede permitirse ninguna imprudencia. Con esto, no.

Consulta su reloj. Falta todavía un buen rato para su próxima cita. Eso es lo maravilloso de su trabajo, que le deja tiempo más que suficiente para esta otra… afición.

Así es como lo ve por el momento, como una simple afición. Nada serio. Solo pretende hacerse una idea, ver si le gusta. Más o menos como quien baraja la idea de apuntarse a un curso nocturno.

«Asista a un par de clases de caligrafía antes de pagar el importe completo del curso.»

«Quizá, bien mirado, las clases de conversación en francés no sean lo más adecuado para usted.»

Él sabe que tiende a perder el interés fácilmente, pero ahí está la clave de su éxito, porque ¿acaso hay algún triunfador que tolere bien el aburrimiento?

De niño le decían que no tenía constancia para nada, que era incapaz de estarse quieto y concentrarse en una sola cosa a la vez. Todavía le sigue ocurriendo, por eso quiere probar antes de entregarse por completo a ello. Necesita estar seguro. Necesita tener la certeza de que llegará hasta el final antes de dar el primer paso.

Consulta su reloj. Las tres cuarenta. No tardarán en llegar… pronto pasarán por aquí los primeros, ya camino de casa.

Entra de nuevo en el coche y espera.

Quiere observar cuál será su propia reacción. Si lo que piensa que va a ocurrir, ocurrirá en realidad. Entonces podrá saberlo. A ciencia cierta.

Cuando los ve venir de lejos, se le acelera el pulso. No llevan ropa de abrigo, ni gorros, ni zapatos adecuados para la estación. Los primeros en pasar por delante del coche son un par de chicas. Pelo teñido, semblantes hoscos, piernas gordas y bastas.

No, piensa, no es esto. Esto no es en absoluto lo que va buscando.

A continuación pasan dos pandillas de chicos. Quinceañeros. Van dándose collejas unos a otros, riendo sin ton ni son. Uno de ellos mira hacia él de reojo y le hace un gesto obsceno con los dedos. Luego suelta una carcajada, riendo su propia gracia. Un pobre diablo, piensa él.

Y entonces la ve.

Viene sola. Andando a paso resuelto. La columna recta, la zancada corta y elegante. Tendrá unos doce años, aunque podría ser mayor. Quizá aparente menos edad de la que tiene.

La niña pasa por delante de su coche, y a él se le acelera el pulso de nuevo. Un estremecimiento de placer le recorre el cuerpo al ver que, momentáneamente, ralentiza el paso. Está intentando guardar las distancias con la pandilla que va delante, dudosa. Él observa embelesado el cambio en su semblante, observa la determinación que adopta, y cómo la niña de pronto toma la valiente decisión de adelantarlos.

Coge carrerilla entre graciosos brincos, salta de la acera y retoma el paso de antes. ¡Parece un cervatillo!, piensa él, contemplándola encandilado. Sus delicados tobillos se mueven ágilmente alejándose del grupo.

Él baja la vista y descubre que tiene las manos húmedas. Y en ese momento le asalta la certeza. Sonríe para sus adentros, comprende que no se ha equivocado viniendo hasta aquí arriba.

Baja la visera del espejo y observa su imagen. Tiene el mismo aspecto que diez minutos antes, pero se asombra de lo distinto que se siente. Es como si todas las piezas hubieran encajado, y comprende, quizá por primera vez, el verdadero significado de la expresión «tener una corazonada».

Arranca el motor, pone en marcha la esterilla para calentar el asiento y, con la sonrisa todavía en los labios, enfila hacia Windermere.

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Me levanto más cansada de lo que me acosté. He dormido cinco horas y media y, tras apagar el despertador por tercera vez, levanto la cabeza.

Así de cansada estoy, y ni siquiera sé por qué. Ya sabéis a qué clase de cansancio me refiero; cuanto lo notas por primera vez, te dices: ¿Se puede saber qué me pasa? Será algún desequilibrio en la sangre. O peor, seguro que he pillado algo grave de verdad, porque no es posible estar tan cansada. ¿O sí?

Pero ya me he hecho las pruebas. Los análisis de sangre salieron bien. Mi médico de cabecera, un astuto vejete que sospecho que estará más que acostumbrado a que las mujeres acudan a su consulta quejándose de agotamiento permanente, me soltó el diagnóstico con sardónica sonrisa: «Siento decirte, Lisa, que esto que tú padeces es… la vida, simplemente».

A menudo me siento como si formara parte de un macroexperimento social. Como si alguna lumbrera hubiera decidido reunir a todas las mujeres del mundo occidental para hacer un estudio a escala mundial: «¡Vamos a educarlas! ¡Vamos a darles un trabajo en condiciones para que se sientan realizadas! Vamos a ver qué pasa luego cuando procreen. ¡Veremos por dónde explota la cosa!».

Pensaréis que soy una quejica.

Yo misma pienso que soy una quejica.

Eso es lo peor. Ni siquiera puedo quejarme sin tener remordimientos, porque el caso es que lo tengo todo en la vida. Todo lo que una persona podría desear. Todo lo que una persona debería desear. Y es lo que deseo. Deseo todo lo que tengo.

¿Qué ha sido de mí?, pienso, mirándome en el espejo del baño mientras me cepillo los dientes. Con lo simpática que yo era. Antes siempre tenía tiempo para los demás. Ahora estoy tan agotada que me paso el día con los nervios de punta, y odio sentirme así.

Estoy desbordada. No se me ocurre una descripción mejor de mí misma. Ese será mi epitafio.

Lisa Kallisto: murió desbordada.

Soy la primera en levantarse. A veces mi hija mayor se me adelanta, cuando tiene el pelo en fase rebelde y necesita dedicarle una atención especial. Pero, por norma general, a las seis cuarenta de la mañana en el piso de abajo no hay nadie más que yo.

«Levántate una hora antes», dicen las revistas. Aprovecha ese remanso de paz, los momentos previos a la vorágine. Planifica tu jornada, hazte listas, tómate tu vasito de agua caliente con tu rodajita de limón. Desintoxica el cuerpo y verás qué diferencia.

Pongo en marcha el café y distribuyo la comida para los perros en los cuencos. Tenemos tres, todos ellos cruces de Staffordshire bull terrier; no es la raza que yo hubiera escogido de poder elegir, pero son buenos los tres. Limpios, mansos, tolerantes con los niños, y en cuanto les abro la puerta del lavadero donde duermen, cruzan por delante de mí como una exhalación y se plantan delante de los cuencos, expectantes. «Adelante», les digo, y se lanzan a comer.

De su paseo matutino generalmente se encarga mi marido, porque Joe suele trabajar a horas intempestivas. ¿Os lo imagináis en un despacho, el nudo de la corbata deshecho, el pelo alborotado, el plazo de entrega inminente? Yo de vez en cuando también. Nunca pensé que acabaría

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