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Y YO A TI MáS (TESSA LEONI 1)

Lisa Gardner

4


Fragmento

Prólogo

A quién quieres?

Es una pregunta que todo el mundo debería ser capaz de responder. Una pregunta que define una vida, crea un futuro, nos guía a través de la mayoría de los minutos que componen nuestros días. Sencilla, elegante, lo incluye todo.

¿A quién quieres?

Me hizo la pregunta, y sentí la respuesta en el peso de mi cinturón de servicio, en lo mucho que me limitaba mi chaleco antibalas, en cuánto me apretaba la gorra, calada hasta las cejas. Bajé el brazo poco a poco, mis dedos rozando la pistola que llevaba sujeta a la cadera.

—¿A quién quieres? —volvió a gritar, más alto, más insistente.

Mi mano pasó de largo por encima de la Sig Sauer que me había proporcionado mi país, y encontré el cierre que sujetaba mi cinturón. El velcro restalló mientras soltaba la primera cincha; después la segunda, la tercera, la cuarta. Desabroché la hebilla de metal y me liberé de los nueve kilos que pesaba mi cinturón, incluidos la pistola, el táser y la porra extensible de acero, que se quedaron balanceando en el espacio que nos separaba.

—No hagas esto —susurré, un último intento de razonar.

Se limitó a sonreír.

—Demasiado poco, demasiado tarde.

—¿Dónde está Sophie? ¿Qué le has hecho?

—Cinturón. En la mesa. Vamos.

—No.

—PISTOLA. En la mesa. ¡YA!

Como única respuesta, cambié de postura, poniéndome en guardia en medio de mi cocina, con el cinturón todavía en la mano izquierda. Cuatro años de mi vida patrullando por las carreteras de Massachusetts, que había jurado defender y proteger. Tenía el entrenamiento y la experiencia de mi parte.

Podía coger la pistola. Solo debía decidirme, agarrar la Sig Sauer y empezar a disparar.

Tenía el arma en un ángulo raro, y me iba a costar unos segundos de más. Él me estaba observando, a la espera de cualquier movimiento brusco. Un fallo mío sería castigado de forma terrible y dolorosa.

¿A quién quieres?

Tenía razón. A eso se reducía todo. A quién amabas y cuánto arriesgarías por ellos.

—¡LA PISTOLA! —gritó—. ¡Ahora, joder!

Pensé en mi hija de seis años, en el olor de su pelo, en sus bracitos enlazados en mi cuello, en su voz mientras la acostaba por las noches.

«Te quiero, mamá», susurraba siempre.

Yo también te quiero, mi amor. Te quiero.

Estiró un brazo vacilante hacia el cinturón que pendía de mi mano, la pistola guardada en su funda.

La última oportunidad.

Miré a mi marido a los ojos. Un solo instante que se extendió en el tiempo.

¿A quién quieres?

Tomé una decisión. Dejé el cinturón de policía en la mesa de la cocina.

Y él cogió mi Sig Sauer y empezó a disparar.

1

La sargento detective D.D. Warren se enorgullecía de su habilidad como investigadora. Tras doce años de servicio en la policía de Boston, creía que analizar el escenario de un homicidio no consistía solo en seguir los procedimientos o en hablar con los testigos, sino también en la inmersión total de los sentidos. Palpaba el agujero que había dejado la bala en la pared de pladur como una broca ardiente del 22. Intentaba escuchar a los vecinos cotilleando en el piso de al lado, porque, si ella los podía oír, estaba claro que se habían enterado de todo lo que había pasado allí.

D.D. siempre se fijaba en cómo había caído el cuerpo, de frente, de espaldas o ligeramente hacia un lado. Analizaba el aire para descubrir el acre sabor de la pólvora, que podía permanecer hasta veinte o treinta minutos después de que hubieran disparado por última vez. Y, en más de una ocasión, había acertado la hora de la muerte gracias al olor de la sangre, que, como el de la carne cruda, empezaba de forma débil, pero se hacía más intenso a medida que transcurrían las horas.

En cualquier caso, hoy no iba a hacer nada de eso. Iba a pasarse el domingo por la mañana holgazaneando, con unos pantalones de chándal grises y la camisa de cuadros rojos de Alex, que le quedaba grande. Estaba sentada a la mesa de la cocina, agarrando una taza de café y contando pausadamente hasta veinte.

Trece. Alex había llegado por fin hasta la puerta. Se detuvo para protegerse el cuello con una bufanda azul oscuro.

Quince.

Terminó de ajustársela. Siguió con un gorro de lana negro y unos guantes forrados. La temperatura acababa de subir a menos seis grados. Una gruesa capa de nieve en las calles y se suponía que iba a nevar más durante el fin de semana. Que fuera marzo no significaba gran cosa en la primavera de Nueva Inglaterra.

Alex era profesor de análisis de la escena del crimen, entre otras ocupaciones, en la academia de policía. Hoy tenía clase todo el día. Mañana los dos libraban, lo que no sucedía con mucha frecuencia y prometía algún tipo de diversión todavía por decidir. Quizás ir a patinar sobre hielo al parque de Boston. O dar una vuelta por el museo de Isabelle Stewart Gardner. O acurrucarse en el sofá y ver películas antiguas con un cuenco de palomitas.

Las manos de D.D. agarraron con fuerza la taza de café. Bueno, pues sin palomitas.

Contó hasta dieciocho, diecinueve, veint...

Alex terminó de ponerse los guantes, cogió su viejo maletín de cuero negro y se acercó a ella.

—No me eches mucho de menos —dijo.

Le dio un beso en la frente. D.D. cerró los ojos, recitó mentalmente el número veinte, y empezó a contar hacia atrás.

—Te escribiré cartas de amor durante todo el día, con corazoncitos sobre las íes —le contestó.

—¿En tu carpeta del instituto?

—Algo así.

Alex dio un paso hacia la puerta. D.D. llegó a catorce. Su taza tembló, pero Alex no pareció darse cuenta. Respiró hondo y se concentró en aguantar. Trece, doce, once...

Alex y ella llevaban saliendo unos seis meses. Llegados a ese punto, ella disponía de un cajón entero para sus cosas en la casita de campo de Alex, y él poseía un resquicio de armario en el piso de D.D. en el barrio de North End. Cuando él daba clases, les era más fácil estar en casa de Alex. Cuando ella trabajaba, les resultaba más cómodo quedarse en Boston. No tenían un ritmo fijo. Eso hubiera implicado ponerse a hacer planes y hacer más sólida una relación que los dos tenían mucho cuidado en no definir abiertamente.

Ambos disfrutaban de la compañía del otro. Alex respetaba sus complicados horarios. Ella admiraba sus dotes de cocinero, como buen descendiente de italianos. La opinión de D.D. era que los dos esperaban con ganas las noches que podían estar juntos, pero también sobrevivían a las que no. Eran dos adultos independientes. Ella acababa de cumplir cuarenta, Alex había cruzado esa frontera hacía unos pocos años. No es como si fueran adolescentes ruborizados que se acordaban del otro cada instante que estaban despiertos. Alex ya había estado casado. D.D. simplemente era más sensata.

Vivía para trabajar, lo que otras personas podían pensar que no era muy saludable, pero qué más daba. Estaba donde había llegado por eso mismo.

Nueve, ocho, siete...

Alex abrió la puerta y enderezó los hombros para afrontar la cruel mañana. Un viento frío entró por el recibidor y arañó las mejillas de D.D. Ella se echó a temblar y agarró la taza de café con más fuerza.

—Te quiero —dijo Alex, cruzando el umbral.

—Yo también te quiero.

Alex cerró la puerta. D.D. se echó a correr por el pasillo, justo a tiempo para vomitar.

Diez minutos después, seguía tumbada en el suelo del baño. Los azulejos eran de los setenta, docenas y docenas de cuadraditos en beis, marrón y dorado. Mirarlos fijamente le hacía desear vomitar aún más. En cambio, contarlos parecía un ejercicio de meditación sorprendentemente bueno. Siguió contando azulejos mientras esperaba a que sus mejillas, sonrojadas por el esfuerzo, se enfriaran, y a que su estómago dejara de contraerse.

Su móvil empezó a sonar. Lo miró desde el suelo, sin verdadero interés, dadas las circunstancias. Pero se percató de quién estaba llamando y decidió cogerlo por compasión.

—¿Qué? —preguntó, su saludo habitual para su examante, el detective de la policía estatal de Massachusetts Bobby Dodge, actualmente casado.

—No tengo mucho tiempo. Escucha.

—No estoy de guardia —contestó ella automáticamente—. Los nuevos casos son para Jim Dunwell. Llámale a él. —Frunció el ceño. Bobby no podía asignarle un caso. Ella solo recibía órdenes directas de Boston, no de la policía estatal.

Bobby continuó hablando como si ella no hubiera dicho nada.

—Es un puto desastre, pero estoy bastante seguro de que es nuestro puto desastre, así que necesito que me escuches. Los estatales están en la puerta de al lado, los periodistas en la acera de enfrente. Entra por detrás. Tómate tu tiempo y fíjate en todo lo que puedas. Ya he perdido mucha ventaja y, créeme, D.D., en este caso, ni tú ni yo nos lo podemos permitir.

D.D. frunció todavía más el ceño.

—¿Pero qué ha pasado, Bobby? No tengo ni idea de qué me estás hablando, por no mencionar que hoy es mi día libre.

—Pues ya no. La policía de Boston va a querer que una mujer se encargue de esto, mientras que los estatales van a preferir a uno de los suyos, en especial a alguien que haya patrullado las calles. Los jefazos deciden, pero son nuestras cabezas las que están en juego.

Un nuevo sonido, esta vez desde el dormitorio. Su busca estaba pitando. Mierda. La estaban llamando, lo que significaba que todo lo que Bobby le había dicho hasta ahora era verdad. Se esforzó por levantarse, aunque las piernas le temblaban y tenía ganas de vomitar otra vez. Dio el primer paso solo gracias a su fuerza de voluntad y, a partir de ahí, el resto fue mucho más fácil. Se encaminó hacia el dormitorio. Su trabajo como detective exigía que, de vez en cuando, se quedara sin días libres y esa no sería la última ocasión.

—¿Qué necesito saber? —preguntó, la voz más tajante ahora, sujetando el móvil en el hueco del hombro.

—Nieve —masculló Bobby—. En el suelo, en los árboles, en las ventanas... Joder. Tenemos agentes por todas partes...

—¡Sácalos! Si es mi puñetera escena del crimen, haz que se vayan.

Encontró su busca en la mesilla de noche —efectivamente, una llamada de Boston— y empezó a quitarse los

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