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YO, ETCéTERA

Susan Sontag  

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Fragmento

La historia comienza en un lugar muy concurrido, algo así como una estación de autocares Greyhound, pero más refinado. La protagonista es una joven intrépida de irreprochable ascendencia protestante blanca y de complexión estándar, normal. Su único defecto visible se reflejaba en su nombre: señorita Carichata.

Abofeteada por las miradas mecánicas, la señorita Carichata resolvió emprender una carrera de actividades venéreas. Los espíritus de Ben Franklin y Tom Paine susurraron roncamente en sus oídos, convocándola e intimidándola.

La señorita Carichata se levantó las faldas. Todos y cada uno profirieron una exclamación. «Nada de sexo, nada de sexo —coreó la multitud—. ¿Quién podría inspirar deseo con semejante cara?» —Ponedme a prueba —murmuró ella valerosamente, mientras se replegaba contra una pared de azulejos blancos. La concurrencia continuó mofándose de ella, sin moverse.

Entonces el señor Obscenidad irrumpió en el recinto, luciendo pantaloncitos blancos, una camisa a cuadros y un monóculo.

—Vuestro problema, muchachos —manifestó, mirando a la señorita Carichata con expresión lasciva, y desgarrándole luego la blusa de nailon sin molestarse en desabrochar los botones—, consiste en que tenéis principios. Un exceso de sen

68 Yo, etcétera tido estético, ese es vuestro defecto. —Para dar mayor énfasis a sus palabras propinó un empellón a la señorita Carichata, que lo miraba fijamente, atónita, parpadeando—. Mansa como un corderito —agregó mientras se apoderaba de su pecho izquierdo y apuntaba con él a los fascinados espectadores.

—Eh, sepa que yo soy su marido —dijo un joven robusto, llamado Jim, separándose de la concurrencia—. Señorita Carichata es solo su nombre de soltera. En casa es simplemente la señora de Jim Johnson, orgullosa esposa y madre de tres criaturas, jefa de distrito de la Asociación de Boy Scouts, vicepresidenta de la Asociación de Padres y Maestros de la escuela Green Grove, a la que van nuestros niños, y secretaria del registro de la Liga Local de Mujeres Votantes. Tiene casi diez cuadernillos de cupones canjeables de King Korn y un Oldsmobile de mil novecientos sesenta y dos. Su madre, o sea, mi suegra, se pondría furiosa si le permitiera salirse con la suya. —Hizo una pausa—. Si le permitiera salirse con la suya, señor Obscenidad, caballero.

—Así me gusta más —dijo el señor Obscenidad.
—Jim —exclamó la señorita Carichata enfadada—. Es inútil, Jim. He cambiado. No volveré a casa.

Algo semejante a un carruaje con un tiro de caballos ruanos se detuvo ante las puertas de vidrio esmerilado. El señor Obscenidad se precipitó sobre su asiento y, con un ademán que no admitía negativas, indicó a la señorita Carichata que ocupara el suyo. Cuando salieron disparados, se oyeron lamentos y risitas por encima del redoble de los cascos.

Allí donde vivía, la señorita Carichata —ex señora Johnson— se hacía célebre porque tenía la basura más limpia de la manzana. Pero en el lugar adonde la transportó el señor Obscenidad, nada parecía ceñirse a las leyes de la higiene tal como ella las había conocido. La gente dejaba caer lánguidamente

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sobre los suelos de madera blanqueada los melocotones demasiado maduros, a medio comer. En las hojas de papel oficio de color azul celeste garabateaban dibujos de órganos genitales masculinos y femeninos, y después las estrujaban y las arrojaban a un rincón del cuarto. Sobre los manteles de damasco, que nunca cambiaban, florecían manchas de vino. En la cara interior de la puerta del armario estaba clavada con chinchetas una foto desvaída de Marlon Brando, arrancada de una revista y manchada con lápiz de labios; nadie quitaba el polvo del alféizar de las ventanas; la señorita Carichata apenas tenía tiempo para cepillarse los dientes una vez al día, y las condiciones en que se encontraba la cama —particularmente la almohada, erizada de pequeñas plumas— eran increíbles.

Desde su ventana la señorita Carichata podía ver el océano, un tiovivo y una montaña rusa llamada El Huracán y pequeñas figuras —agrupadas por parejas o en familias— que discurrían por la pasarela de tablas. Era verano y varios ventiladores grasientos distribuidos por la habitación removían el aire sin vencer al calor. La señorita Carichata anhelaba bañarse en el océano, aunque no habría osado lavarse los acres olores corporales que deleitaban al señor Obscenidad. Su apetito por el algodón dulce se satisfacía con más facilidad. Prácticamente no terminaba de enunciar su deseo de ingerirlo, cuando aparecía allí, envuelto en papel de periódico, al pie de su puerta. Pero cuando solo lo había consumido a medias, arrancando alegremente bolas de filamentos rosados con sus dientes superfluos, el señor Obscenidad se abalanzaba sobre la cama y la poseía. El cucurucho de papel impregnado con el mejunje pegajoso rodaba inadvertidamente al suelo, en medio de los quejidos de los muelles del colchón.

Algunas veces se presentaba gente a la hora de la cena. Mientras el señor Obscenidad presidía la reunión desde un extremo de la mesa de roble, varios individuos morenos conversaban sobre el comunismo, el amor libre, el mestizaje ra

70 Yo, etcétera cial. Algunas de las mujeres lucían largos pendientes de oro. Algunos de los hombres calzaban zapatos puntiagudos. La señorita Carichata tenía una idea de los extranjeros sacada de las películas. Lo que no conocía era los modales espantosos de que hacían gala a la mesa, por ejemplo, cuando arrancaban trozos de pan con los dedos. Y no siempre le sentaban bien los suculentos guisos sazonados con ajo y las cremas espumosas. Generalmente después de la cena resonaban salvas de solemnes eructos. La señorita Carichata participaba jubilosamente en la ceremonia.

Aunque a veces la incomodaban tanto la desagradable confusión de alimentos como la estridencia e ímpetu de la conversación, la señorita Carichata ya confiaba bastante en el señor Obscenidad. Este, cualquiera que fuese el aspecto de sus huéspedes, estaba siempre inmaculada y pulcramente abotonado. Las páginas mimeografiadas que el señor Obscenidad llevaba a menudo en su sujetapapeles y consultaba con frecuencia, incluso a la mesa durante la cena, contribuían a aumentar su confianza. «Esto es de buen augurio», pensaba la señorita Carichata. «Aquí rige algún sistema.»

Joviales y dispuestos a divertirse a la menor insinuación: así era como la señorita Carichata procuraba imaginar a los huéspedes. Cuando hacían circular por la mesa estatuillas de yeso procaces, podía suceder que su vecino le rozara el bajo vientre con el codo para expresar entusiasmo. De vez en cuando un par de comensales se sumergían bajo la mesa, que se estremecía durante un rato hasta que la pareja reaparecía congestionada y desaliñada.

Al observar que el señor Obscenidad parecía querer exhibirla ante sus amigos, la señorita Carichata procuraba ser lo más afectuosa posible. Alimentaba la esperanza de que un día no hubiera nada que ella no pudiese hacer de cuanto él le pidiera.

—Qué linda mujercita tienes aquí —comentó uno de sus compadres negros, un hombre a quien todos llamaban Abe el

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Honesto. Dejó caer la ceniza de su puro en un diafragma chapado en oro que hacía las veces de cenicero, y se repantingó en su silla.

—Está a tu disposición —respondió el señor Obscenidad con un ademán cordial. Después anotó algo en su sujetapapeles.

—Bueno, no sé... —murmuró Abe el Honesto. Se frotó la hilera de barba que le orlaba el mentón, cavilando.

La señorita Carichata dudó. ¿Este negro corpulento, Abe el Honesto, sentía temor del delgado señor Obscenidad? ¿O la encontraba indeseable?

—La cara no es gran cosa...
¡Eso liquidaba la cuestión! Las lágrimas se agolparon tras los ojos de la señorita Carichata.

—Y las mujeres blancas no son buenas para mi sangre. Es lo que dice el Profeta.

—¡Abe! —exclamó el señor Obscenidad, con tono amenazador.

—Sí, señor Obscenidad. Quiero decir, sí, patrón. Quiero decir, sí, señor.

Abe el Honesto apartó parsimoniosamente de la mesa su enorme mole, dejó caer la servilleta y dispersó por el suelo las migas de pan acumuladas sobre su regazo.

—Bueno, mujercita, veamos qué podemos hacer tú y yo. No será peor para ti que para mí. —Soltó una risita.

La señorita Carichata se levantó ansiosamente. Experimentó un ligero cosquilleo en el estómago. Los espíritus de James Fenimore Cooper y de Betsy Ross le susurraron al oído, convocándola e intimidándola.

—Es mi deber, ¿verdad? —le preguntó al señor Obscenidad, deseando sofocar los últimos

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