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YO FUI A EGB 3

Jorge Díaz   Javier Ikaz  

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Fragmento

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Aquella frase no era tan aterradora como un control o examen sorpresa, pero sí lo suficientemente preocupante para mantenernos a los 42 alumnos de clase en silencio absoluto un lunes a primera hora de la tarde, justo cuando volvíamos más alterados después de comer. Ya estábamos todos entretenidos haciendo un título artístico con la palabra «Dictado» escrita bien grande y centrada en la parte superior de la hoja.

—Profe, ¿es para entregar?

Comenzábamos con muy buena letra y, a medida que iba avanzando el dictado, apenas se entendía lo que poníamos y cada vez nos torcíamos más escribiendo.

—¿Puede ir un poco más despacio?

De un momento a otro tenía que caer aquella frase que nunca faltaba: «Ahí hay un soldado que dice, ¡ay de mí!» y que era nuestra favorita porque todos sabíamos escribirla de memoria.

—No se oye. Profe, ¿puede repetir?

Algunas normas eran muy fáciles, como la que decía que antes de «p» y «b», «m» pondré, o que todos los verbos terminados en «bir» se escriben con «b» excepto «hervir», «servir» y «vivir», pero ante cualquier duda mejor dejar un hueco y esperar a ver si llegaba la inspiración, ya que sabíamos que el profe nos mandaría copiar diez veces cada falta y cinco si la falta era un acento.

—¿Punto y seguido o punto y aparte?

El alivio llegaba con aquel punto final con el que por fin podías descansar la muñeca. Ahora tocaba intercambiar las hojas y corregir el dictado de tu compañero sin ningún tipo de piedad.

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Es curioso cómo, con el paso del tiempo, solo nos acordamos de aquellos profesores que eran muy buenos y de los que más castigaban y que, sin duda, nos dejaron huella. Pero, sobre todo, nunca olvidaremos a los profes a los que todos llamábamos por

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