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YO HE DE AMAR UNA PIEDRA

António Lobo Antunes  

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Fragmento

PRIMERA FOTOGRAFÍA

Tengo dos años y estoy en brazos de mi madre: es un retrato de estudio firmado Photo Royal Ltda. con letras en relieve, primorosas, la silla donde nos sentaron servía para todos los clientes, majestuosa, de veludillo raído y taco de cartón en la pata derecha, tan alta que los zapatos de mi madre no llegaban al suelo

(pies rígidos, quietos, de ahorcado)

cambiaban el telón de fondo

(una escena de circo, una plaza de toros, un bosque con boas y cebras, por no mencionar los trajes de gorila sin persona colgados de las perchas de los árboles por un solo brazo)

y la silla aún allí, el telón que esta vez apoyaron en la pared detrás de nosotros

(además quedó torcido con la mitad fuera de foco)

representaba el castillo de la Bella Durmiente en el pico de una montaña, ventanas en ojiva, almenas, la Princesa con un lazo en el pelo remando en una barquita de pescar limos en el Tajo, se veía la marca de un pulgar en mi hombro, el fotógrafo

–¿Qué marca?

acercando la nariz, mintiendo

–No veo ninguna marca

frotando con un paño y mintiendo de nuevo

–No se nota

y se notaba más, pintaron de color rosa el lazo y de azul mis calzones, una gota azul en mi rodilla, otra en la barquita que parecía nacer de mi oreja

(si me rascase la quitaría)

cables en el suelo y el pie del reflector en el rincón, se suponía a alguien haciendo señas o diciendo no sé qué junto a la cámara porque la boca de mi madre

–¿Perdón?

la Photo Royal Ltda. de Beato y su escaparate de novias alternando con bebés desnudos en cojines, delante del mismo castillo y del mismo lago que nosotros pero en un tamaño mayor y sin pulgar, con el tiempo apenas se distinguían nuestras caras, la boca hacía las señas ya no

–¿Perdón?

no boca aunque la Princesa siga remando, la gota en mi rodilla disolviéndose

(me disolví)

quedó parte del cuello y el telón una niebla, supongo que la Photo Royal Ltda. una niebla también, una niebla el fotógrafo con las manos amarillas de los ácidos que nos acomodó en la silla, una niebla el espejo con un cepillo y un peine para arreglar rodetes, melenas, Beato cambiado, muchos edificios ocultando el río que el tiempo disolvía igualmente, yo escurriéndome de mi madre y el fotógrafo ajustando lentes, invisible tras las cajas, arcos voltaicos, telas, el desorden de bodega de los bastidores

–Sujételo, señora

en la parte del barrio en el que vivíamos huertezuelas, patios, se adivinaba la lluvia por la exasperación de las gaviotas, lamentos que buscaban barcos y encontraban gasóleo, estaba seguro de que eran las novias del escaparate sollozando en los pantanos con juncos o encaramadas en los canalones recogiendo algas de las alas, los bebés con la nariz hacia arriba y las novias encajándoles pedazos de pez en la garganta, agitadas, graznando, iban y venían por la tarde sobre los tejados arrastrando guirnaldas, florecillas blancas, velos y el escaparate de la Photo Royal Ltda. desierto, solo los marcos, el fotógrafo corroído por los ácidos las llamaba en vano desde el umbral, los bebés berreaban de hambre en los cojines de raso de los nidos, me acuerdo de la tarde en que el hidroavión

(¿o un albatros?)

cayó, venía planeando derecho a cabo Ruivo acechando medusas y en esto la carlinga ardiendo, las novias encogidas de miedo en el petrolero persa que se descomponía en la margen, recorría la cubierta y un eco antiguo en el que parientes muy ancianos se estremecían

–Pimpollo

o sea señoras que alzaban el bastón encima de camarotes en la penumbra apuntando a tazas de té

–¿Tú de quién eres hijo?

perfumes estancados, braseros, novenas, un racimo de bebés en la chimenea pidiendo los mejillones de la bajamar, el fotógrafo de la Photo Royal Ltda. corría por el pontón, el albatros se inclinó suspirando, perdió un flotador, una hélice, se veía a los pasajeros en los cristales con las fauces abiertas y la nariz hacia arriba tal vez agitándose también por comida, un rastro de gasolina avanzó por el lodo incendiando los juncos, cabo Ruivo un desierto de charcos en cuyas hierbas se escondían patos salvajes y golondrinas del mar, suponía a Alcochete más allá del silencio, una novia rozó nuestra ventana y luego las parientas muy ancianas que oían misa por la radio en los camarotes del petrolero persa

–¿Qué es esto?

olivos de provincia que la ciudad había olvidado, relojes con manecillas a lo largo del cuerpo desinteresados del tiempo, el hidroavión reconoció un cangrejo porque cayó con las patas de fuera en una mancha de río desprendiéndose de bolsas, maletas, ropa que la creciente traía y las novias en torno a la ropa provocándose, discutiendo, rasgando tejidos en medio de fragmentos de aluminio y madera, prefería que hubiésemos hecho el retrato con un telón así, es decir, el petrolero, las gaviotas y el jeep de la Guardia ahuyentando a los pájaros, el fotógrafo de la Photo Royal Ltda.

–Sujete al pimpollo, señora, que se le va de las manos

y en efecto yo bajando hacia la alfombra adonde no llegaban los zapatos de mi madre, toda la noche a la cabecera de la cama, deshabitados, ella pelo y sábanas y yo recorriendo las sábanas

–¿Qué habrá sido de sus pies, madrecita?

hombros que protestaban al cambiar de lugar, tal vez ojos debajo de los mechones pero dónde están los ojos, uno de ellos llegó a duras penas desde la almohada hasta mí, desprendiéndose de pestañas

–¿Será posible dormir, Jesús?

comenzó a desenfocarse y montones de párpados, superponiéndose, se lo llevaron, los hombros no protestaban siquiera, anclados

–¿Se ha convertido en un petrolero persa, madrecita?

(el motor de los pulmones trabajando en sordina)

qué motor, el petrolero sin motor, una camioneta extranjera lo desmontó, lo metió en el almacén y por tanto no el motor de los pulmones, cardúmenes que entraban y salían de él, el fotógrafo de la Photo Royal Ltda. acabando de regular las lentes

–¿Se encuentra bien, señora?

el lago, el castillo, la Princesa remando en la barquita, una de las novias del escaparate comenzó a sonreír, inmensa, en el cristal, le pedí

(yo una cinta de liquen)

–No me coma

las que permanecían en el Tajo abandonaron el pontón y ocuparon la tienda, el primo Casimiro me cogía por la cintura, me alzaba en el aire, me hacía cosquillas, se enfadaba

(creía yo que se enfadaba)

–¿De qué te ríes?

después de que mi padre se fuese apartándonos

–Incordios

me estrangulaba con la servilleta, la voz propietaria, solemne

–No te ensucies, pimpollo

se instalaba en el lugar de mi padre explorando la sopera, sirviendo la comida, reñía a mi madre

–¿Te vas a quedar pensando en él toda la vida, pequeña?

y al

–¿Te vas a quedar pensando en él toda la vida, pequeña?

mi padre en casa de nuevo, a la mesa con nosotros a pesar de no tener cuchara, no tener plato, en el sitio donde mi madre lo interrogaba

(ella en esos momentos dos palmas en las mejillas, los ojos iguales a las lentes del fotógrafo)

–¿Por qué?

mientras que mi padre ni hombros ni ojos, codos que desdeñaban

–Incordios

lo que quedó de él fue la brocha de afeitar en el lavabo con espuma seca en los pelos, perchas que mi madre revolvía en el armario preguntándoles

–¿Por qué?

las perchas balanceaban en la barra motivos que nadie entendía, les cerrábamos la puerta y se callaban, mi madre acabó tirando la brocha de afeitar a la basura, gastó eternidades limpiándola

(no hacía falta que estuviese limpia)

y pidiéndole disculpas, imaginaba a mi padre tosiendo en las tardes de junio y al final un tubo, algo en la calle, el crujido de los muebles, el primo Casimiro devolvía la botella al aparador, las palabras no ganaban fuerza en su boca, goteaban, las recogía en el pañuelo que después de no atinar con el bolsillo se preocupaba en el interior de la chaqueta

(el pañuelo, dado que el primo Casimiro era mudo)

–¿Te vas a quedar pensando en él toda la vida, pequeña?

introdujo la cerviz en el agujero del telón de la Photo Royal Ltda. con boas y cebras, asomó en el retrato matando a un jaguar pero el casco colonial no coincidía con la cabeza, el cuerpo pintado se agachaba en un tronco, una de las piernas gorda y la otra flacucha, el primo Casimiro comparando grosores

–De flacucha nada, pimpollo

había una rasgadura en el lomo de una cebra y por la rasgadura los trapecistas del circo, en el agujero del segundo cazador, desocupado, un hindú con turbante equilibraba espadas en el mentón

(las novias abandonaron todas a una el balcón del ingeniero, con un ruido de papel de estraza cuando un paquebote silbó)

en lo que quedaba del agujero del primo Casimiro un pedazo de circo también o sea un fragmento de foca jugando con una pelota, algo de conejo en el hocico del jaguar, la delicadeza, los dientecitos, la botella se alzó del aparador indecisa pero con esperanza

–Estoy bien en África, ¿no?

en los días sin clientes el fotógrafo de las manos amarillas, ayudado por una lata de pintura y un pincel, dromedarios, rinocerontes, mozos de cordel con uniforme de ascensorista de hotel que transportaban baúles, el fotógrafo, didáctico

–Es la selva, señora

tal vez el baúl de nuestra casa

(¿con quién dentro?)

regalo de la madrina de mi madre, la visitábamos en un segundo piso del Jardim Constantino lejísimos del Tajo, sin hidroaviones ni novias, donde la madrina de mi madre, o sea mantas y chales, oculta en un sillón entre sombras de plantas o de rinconeras puesto que las rinconeras se mueven también, despacio, al atardecer, un brillo de porcelana, siempre el mismo

(una sopera supongo yo)

acechándonos ora ahí ora allá, agudo, furtivo

(la sopera, sí)

y alejándose de nosotros

(¿la sopera o un gato?)

la madrina de mi madre una sombra igual a las otras, las mantas sombras, los chales sombras, la voz sombras, una sombra surgió de las sombras, se convirtió en índice al encontrarme, se retrajo de inmediato y de nuevo nada más que el sillón, los chales para mi madre sacudiendo una lata de bizcochos, con sílabas confundidas en las migas, en el azúcar

–El pimpollo ha crecido tanto este año

(a quien vivía en nuestro baúl le ocurría encontrarme, yo minúsculo en el sofá

–No)

cerca de la sopera un candelabro de piano osciló un momento y adiós, mi madre abría el baúl y toallas, lo cerraba y una persona a la que yo no le caía bien se revolvía entre la lavanda desordenando los pliegues, los bizcochos se me pegaban a las encías y me impedían respirar, yo me arrimaba cohibido a mi madre y me pisaba y volvía a pisarme

(–¿No me lo agradeces, pimpollo?)

para sentirme a mí mismo, comprobar quién era, no uso las botas de mi padre, uso sandalias

(–Llevo calzones, fijaos)

de crecer tanto este año me volví adulto y no me apetece ser adulto, que no me conozcan en Beato

–No perteneces al barrio

el del baúl no atragantado por bizcochos, yo lo notaba bien a través de la lavanda

–Ayúdame

y si no pertenezco a este sitio la solución es dormir con las novias en la Photo Royal Ltda. o en los almacenes del río, perseguir con ímpetu la espuma de las traineras, alimentar a los bebés desnudos, con la garganta hacia arriba, que nacen de huevos de tul, la criada del ingeniero echándome del balcón

–Me lo arruinan todo, fuera

y el candelabro del piano con las grietas de metal creciendo, discos de ópera en los que el tenor y el soprano, apoyados en violonchelos, se amenazaban a gritos lanzándose uno a otro clarinetes y tubas, las sombras se interrumpieron un instante cuando el viento cuchicheó en las cortinas y me encontré con los arbustos del Jardim Constantino allí fuera, la carnicería ca

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