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YO SERé LA úLTIMA

Nadia Murad   Amal Clooney  

4


Fragmento

Prólogo

Nadia Murad no es solo mi clienta, es mi amiga. Cuando nos presentaron en Londres, me preguntó si quería ser su abogada. Me explicó que no podría pagar la provisión de fondos, que era probable que el caso fuese largo y no tuviera éxito. Pero me pidió que escuchara su historia antes de tomar una decisión.

En 2014, el Estado Islámico (EI) atacó la aldea de Nadia en Irak, y su vida como estudiante de veintiún años quedó destrozada. Se vio obligada a contemplar cómo su madre y sus hermanos se encaminaban hacia la muerte. La propia Nadia pasó de mano en mano, como una mercancía, entre los combatientes del EI. La obligaron a rezar, la obligaron a vestirse y maquillarse como preparación para su violación, y una noche fue víctima de abusos sexuales por parte de un grupo de hombres hasta quedar inconsciente. Me enseñó las cicatrices de quemaduras de cigarrillos y golpes. Y me contó que, a lo largo de toda aquella terrible experiencia, los militantes del EI la llamaban «sucia infiel» y alardeaban de cómo sometían a las mujeres yazidíes y borraban su religión del mapa.

Nadia fue una de las miles de yazidíes raptadas por el EI y vendidas en mercados y en Facebook, a veces por la ínfima suma de veinte dólares. La madre de Nadia fue una de las ochenta mujeres mayores a las que ejecutaron y enterraron en una fosa común. Seis de sus hermanos se contaron entre los centenares de hombres a los que asesinaron en un solo día.

Lo que Nadia me relataba es un genocidio. Y el genocidio no sucede por casualidad. Requiere planificación. Antes de que se iniciara dicho exterminio, el Departamento de Investigación y Fatuas del EI estudió a los yazidíes y llegó a la conclusión de que, como grupo kurdoparlante que carecía de libro sagrado, eran no creyentes cuya esclavización constituía un «aspecto establecido firmemente por la sharia». Esta es la razón, según la retorcida moral del EI, por la que las yazidíes —a diferencia de las cristianas, chiíes y otras mujeres— pueden ser violadas de forma sistemática. De hecho, se convertiría en una de las maneras más efectivas de destruirlas.

Lo que siguió fue el establecimiento de una burocracia del mal a escala industrial. El EI llegó incluso a publicar un panfleto titulado Preguntas y respuestas sobre la retención de prisioneras y esclavas para proporcionar más directrices. «Pregunta: ¿Está permitido mantener relaciones sexuales con una esclava que no haya alcanzado la pubertad? Respuesta: Está permitido mantener relaciones sexuales con una esclava que no haya alcanzado la pubertad si es apta para el coito. Pregunta: ¿Está permitido vender a una prisionera? Respuesta: Está permitido comprar, vender o regalar a las prisioneras y esclavas, puesto que no son más que una propiedad.»

Cuando Nadia me contó su historia en Londres, habían pasado casi dos años desde el inicio del genocidio yazidí a manos del Estado Islámico. Miles de mujeres y niños yazidíes seguían cautivos en sus redes, pero no se había juzgado a ningún miembro del EI en ningún tribunal del mundo por tales crímenes. Las pruebas estaban extraviándose o siendo destruidas. Y las perspectivas de que se hiciera justicia resultaban ciertamente desalentadoras.

Por supuesto, acepté el caso. Y Nadia y yo hemos pasado más de un año luchando por que se haga justicia. Nos hemos reunido en repetidas ocasiones con el gobierno iraquí, representantes de las Naciones Unidas, miembros del Consejo de Seguridad de la ONU, y víctimas del EI. He redactado informes, entregado borradores y análisis legales, y he pronunciado discursos en los que imploraba a las Naciones Unidas que tomaran cartas en el asunto. La mayoría de nuestros interlocutores nos decían que sería imposible: el Consejo de Seguridad llevaba años sin intervenir en el ámbito de la justicia internacional.

Sin embargo, mientras escribo este prólogo, el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas ha adoptado una resolución histórica con la que crea un equipo de investigación que recabará pruebas de los crímenes cometidos por el EI en Irak. Esto constituye una victoria importante para Nadia y para todas las víctimas del Estado Islámico, porque supone la conservación de las pruebas y la posibilidad de llevar ante los tribunales a los miembros del EI de manera individual. Me encontraba sentada junto a Nadia en el Consejo de Seguridad cuando se adoptó la resolución por unanimidad. Y al ver las quince manos que se alzaron, Nadia y yo nos miramos y sonreímos.

Como abogada defensora de los Derechos Humanos, mi labor a menudo consiste en dar voz a los que han sido silenciados: al periodista encarcelado o a la víctima de crímenes de guerra que lucha por que llegue el día en que pueda presentar su caso en los tribunales. No cabe duda de que el EI intentó silenciar a Nadia cuando la secuestraron y la esclavizaron, la violaron, la torturaron y mataron a siete miembros de su familia en un solo día.

Pero Nadia se negó a ser silenciada. Ha plantado cara a todas las etiquetas con las que la ha marcado la vida. Huérfana. Víctima de violación. Esclava. Refugiada. En su lugar, ella ha creado nuevas etiquetas. Superviviente. Líder yazidí. Defensora de las mujeres. Nominada al premio Nobel de la Paz. Embajadora de Buena Voluntad de las Naciones Unidas. Y, ahora, escritora.

Desde que la conozco, Nadia no solo ha encontrado su voz, sino que se ha convertido en la voz de todos los yazidíes víctimas de genocidio, de todas las mujeres que han sufrido abusos y de todos los refugiados a los que se ha dejado atrás.

Los que creyeron que con su crueldad podrían silenciarla se equivocaban. El espíritu de Nadia Murad no está roto, y su voz no será acallada. Todo lo contrario: gracias a este libro, su voz se oye con más fuerza que nunca.

AMAL CLOONEY, abogada,

septiembre de 2017

Primera parte

1

A principios del verano de 2014, mientras estaba ocupada preparando mi último año de instituto, desaparecieron dos agricultores de sus campos justo en las afueras de Kocho, la pequeña aldea yazidí al norte de Irak donde nací y donde, hasta hace poco, creía que viviría el resto de mi vida. Esos hombres se encontraban descansando plácidamente a la sombra de sus ajados toldos de fabricación casera y de pronto se vieron prisioneros en una pequeña habitación del pueblo de al lado, hogar de árabes suníes principalmente. Junto con los agricultores, los secuestradores se llevaron una gallina y algunos de sus polluelos, lo cual nos confundió. «A lo mejor tenían hambre», comentábamos entre nosotros, aunque eso no contribuía en absoluto a tranquilizarnos.

Desde que la conozco, Kocho ha sido siempre una aldea yazidí, establecida por los agricultores y pastores nómadas que primero llegaron al lugar, en medio de la nada, y decidieron construir hogares para proteger a sus esposas del calor desértico mientras ellos llevaban los rebaños de ovejas a pastos mejores. Escogieron una tierra que fuera adecuada para la agricultura, aunque se trataba de una ubicación peligrosa, en la zona limítrofe sur de la región iraquí de Sinyar, donde vive la mayoría de los yazidíes del país, y muy próxima al Irak no yazidí. Cuando llegaron las primeras familias yazidíes a mediados de la década de 1950, Kocho estaba habitado por agricultores árabes suníes que trabajaban a las órdenes de terratenientes de Mosul. Pero esas familias yazidíes contrataron a un abogado para comprar la tierra —el abogado, musulmán, todavía es considerado un héroe—, y, en la época en que yo nací, en Kocho el número de grupos familiares había aumentado hasta unos doscientos, todos yazidíes y conviviendo con el estrecho vínculo de una gran familia, lo que prácticamente éramos.

El territorio que nos hacía tan especiales también nos hacía vulnerables. Los yazidíes hemos sido perseguidos durante siglos por nuestras creencias religiosas, y, en comparación con otras aldeas y ciudades yazidíes, Kocho está lejos del monte Sinyar, la elevada y angosta montaña que nos ha acogido de generación en generación. Durante mucho tiempo habíamos sufrido la presión de las fuerzas confrontadas de los árabes suníes de Irak y los kurdos suníes, que nos pedían que negáramos nuestra herencia yazidí y aceptáramos o bien la identidad kurda o la árabe. Hasta 2013, cuando la carretera entre Kocho y la montaña por fin fue pavimentada, tardábamos casi una hora en viajar con nuestra camioneta blanca Datsun por los polvorientos caminos que cruzaban la ciudad de Sinyar hasta la falda de la montaña. Crecí más cerca de Siria que de nuestros templos más sagrados, más cerca de desconocidos que de la seguridad.

El viaje en coche en dirección a la montaña era muy divertido. En la ciudad de Sinyar podíamos encontrar golosinas y un tipo especial de bocadillo de carne de cordero que no teníamos en Kocho, y mi padre casi siempre hacía una parada para dejar que compráramos lo que quisiéramos. Nuestra camioneta levantaba nubes de polvo a medida que avanzábamos, pero aun así yo prefería ir montada en la parte trasera, en el exterior, tumbada boca abajo hasta que salíamos del pueblo y nos alejábamos de las miradas de nuestros curiosos vecinos, luego me enderezaba de un salto para sentir el viento en la cara, que me despeinaba, y contemplar la borrosa imagen del ganado pastando a lo largo del camino. Era fácil que me dejara llevar, iba incorporándome cada vez más en la parte trasera de la camioneta hasta que mi padre o mi hermano mayor, Elias, me gritaban que, si no me andaba con ojo, saldría volando y acabaría cayéndome por un lateral del vehículo.

En la dirección contraria, lejos de esos bocadillos de carne de cordero y el reconfortante entorno de

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