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YO TE MIRO (TRILOGíA DE LOS SENTIDOS 1)

Irene Cao  

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Fragmento

1

El amarillo absorbe la luz del sol, se torna naranja y después adquiere un matiz rojo encendido. Un corte, poco menos que una herida, deja entrever los minúsculos granos de color morado resplandeciente. Hace horas que mis ojos están clavados en esta granada. Es un simple detalle, desde luego, pero es a la vez la clave del mural.

El tema es el rapto de Proserpina, una instantánea del momento en que el severo señor de los infiernos, un Plutón envuelto en la nube purpúrea de su túnica, aferra con fuerza por la cintura a la diosa, que está cogiendo una enorme granada a orillas de un lago.

El fresco no está firmado, de manera que el autor está rodeado por un halo de misterio. Lo único que sé es que vivió a principios del siglo XVIII y que tuvo que ser un auténtico genio, considerando el estilo del dibujo, la calidad del color y el delicado juego de sombras y claroscuros. Estudió cada pincelada, y yo me esfuerzo para estar a la altura de su voluntad de perfección. A distancia de varios siglos, mi tarea es interpretar su gesto creativo y reproducirlo en el mío.

Esta es la primera restauración merecedora de ese nombre que me han encargado y en la que trabajo completamente sola. A mis veintinueve años, la siento como una gran responsabilidad, pero también con una pizca de orgullo: desde que salí de la Escuela de Restauración he estado esperando una oportunidad y ahora que ha llegado haré todo lo que pueda para ser digna de ella.

Por eso estoy aquí, subida desde hace horas en esta escalera, vestida con un mono de tela encerada y un pañuelo rojo que sujeta el casco marrón —aunque algunos mechones rebeldes se obstinan en soltarse y me tapan los ojos—, sin dejar de mirar a la pared. Por suerte aquí no hay espejos, porque a buen seguro tengo la cara demacrada y ojeras. Da igual. Son las señales visibles de mi determinación.

Miro por un momento afuera: soy yo, Elena Volpe; estoy sola en el inmenso vestíbulo de un palacio antiguo que lleva mucho tiempo deshabitado y que está situado en el corazón de Venecia. Soy, ni más ni menos, lo que quiero ser.

He pasado una semana limpiando el fondo del fresco y hoy usaré el color por primera vez. Una semana es mucho tiempo, puede que demasiado, pero no he querido arriesgarme. Hay que proceder con la máxima precaución, porque basta equivocarse en una pincelada para comprometer todo el trabajo. Como decía uno de mis profesores: «Si lo limpias bien, tienes medio trabajo hecho».

Algunas partes del fresco están completamente destrozadas, así que tendré que resignarme a enlucirlas de nuevo con yeso. La culpa es de la humedad de Venecia, que penetra todo: la piedra, la madera, el ladrillo. No obstante, alrededor de las zonas dañadas hay otras en las que los colores han conservado todo su brillo.

Esta mañana, mientras subía por la escalera, me dije: «No bajaré hasta que no encuentre los tonos justos para la granada». Pero ahora pienso que tal vez me dejé llevar por el optimismo… Ni siquiera sé cuántas horas han pasado; sigo aquí, probando toda la escala del rojo, del naranja y del amarillo sin dar con un resultado que me satisfaga. He tirado ya ocho cuencos de prueba en los que mezclo los polvos pigmentados con un poco de agua y unas cuantas gotas de aceite para dar consistencia al compuesto. Cuando estoy a punto de aventurarme con el noveno cuenco oigo un timbre. Procede del bolsillo del mono. Por desgracia. De nada sirve tratar de ignorarlo, así que cojo el móvil, corriendo un gran riesgo de caerme, y leo el nombre que parpadea con insistencia en la pantalla.

Es Gaia, mi mejor amiga.

—Ele, ¿qué tal? Estoy en el Campo Santa Margherita. ¿Vienes a beber algo al Rosso? Hay más gente de lo habitual, es estupendo, ¡vente! —dice de golpe, sin preguntarme antes si me pilla en buen momento y sin dejarme hablar, dado que lo único que pretende es que le responda enseguida.

Gaia está en plena fase mundana. Mi amiga trabaja para los locales de moda de la ciudad y del Véneto, organiza eventos y fiestas vip. Empieza a eso de las cuatro de la tarde y no para hasta altas horas de la noche. Pero para ella no se trata exclusivamente de un trabajo, sino de una auténtica vocación; apuesto a que lo haría igual aunque no le pagaran.

—Perdona…, ¿qué hora es? —pregunto intentando contener el chorro de palabras.

—Las seis y media. Entonces ¿qué?, ¿vienes?

El Rosso es un pub donde se reúne la juventud veneciana que no da golpe, el tipo de personas que necesitan a alguien como Gaia para saber cómo ocupar sus veladas.

Dios mío, ¿ya es tan tarde? El tiempo ha pasado volando y no me he dado ni cuenta.

—Ele…, ¿sigues ahí? ¿Estás bien? Di algo, coño… —Gaia grita y su voz me taladra el tímpano—. Ese maldito fresco te está agilipollando…, ¡debes venir aquí enseguida! Es una orden.

—Vamos, Gaia, media hora más, te lo prometo —inspiro hondo—, pero cuando acabe me iré a casa. No te enfades, por favor.

—Claro que me enfado. ¡Eres una capulla! —suelta.

Un clásico. Representamos siempre la misma escena: al cabo de dos segundos vuelve a

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