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YO TE SIENTO (TRILOGíA DE LOS SENTIDOS 2)

Irene Cao  

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Fragmento

1

Me roza la frente con un beso ligero, a la vez que recorre con los dedos la curva de mi costado y se pierde bajo la camisa. La suya. Abro los ojos y encuentro la mirada de color verde claro que ilumina de inmediato mi mañana. Alargo una mano y le toco la cara, tan lisa como la de un niño. Al principio pensaba que se levantaba por la noche para afeitarse a escondidas, luego comprendí que su piel es así: tiene una barba tan suave e invisible que cuando se despierta parece que se ha afeitado ya.

Estamos tumbados de lado, uno frente al otro, nuestros pies se tocan. Nuestros cuerpos tienen el mismo olor. Ayer por la noche hicimos el amor, cada vez es más bonito, un descubrimiento que tiene el sabor irresistible del placer. Su mano me aprieta un poco más y me zarandea lentamente.

—Despiértate, Bibi… —Su voz es un soplo.

Cierro los ojos para arrebatar unos minutos más de sueño y bajo los párpados trémulos me imagino este día, todos los días, a su lado.

Filippo.

—Un poco más… —resoplo volviéndome hacia el otro lado.

Me besa otra vez en la nuca, se levanta y entorna la puerta dejándome sola en la habitación para que me desperece. Aún estoy atontada, pero, en cualquier caso, hago un esfuerzo enorme para apoyar el busto en el cabezal de la cama. Los rayos de sol que se filtran por la ventana me acarician la cara: son las ocho de un día precioso de mayo, hace ya calor y fuera la luz es poco menos que cegadora.

Es un nuevo día de mi nueva vida.

Después de viajar a Roma y presentarme sin avisar en las obras, hace tres meses, sucedió lo que no me atrevía a esperar: Filippo no solo me ha perdonado, además me ha escuchado, me ha comprendido y me ha hecho sentir que todavía me quiere. Entre sus brazos he tenido la clara sensación de haber vuelto a casa, de haberme reencontrado después de haber perdido el camino. Nos bastó mirarnos a los ojos para saber que aún queríamos estar juntos. De manera que dejé Venecia y me mudé aquí, a su piso en Roma, que se ha convertido en el nuestro. Es un ático íntimo y luminoso que da al lago artificial del EUR. Lo ha proyectado él. Adoro este nido. Además, en cada rincón hay algo nuestro, de nuestra manera de pensar, de nuestras pasiones: la librería de resina que diseñó Filippo, las lámparas de papel de arroz que pinté con ideogramas japoneses, los carteles de nuestras películas preferidas. Me gustan las ventanas sin cortinas e incluso el ascensor claustrofóbico del edificio, pese a que siempre tengo miedo de que se pare. Pero, sobre todo, me gusta que esta sea la primera casa que compartimos.

Entro en el baño y me arreglo apresuradamente el pelo recogiéndolo en la nuca con una pinza para apartarlo de los ojos. La melena de paje de mi último otoño veneciano es agua pasada; el pelo, moreno y rebelde, me llega ahora a los hombros, pese a que me obstino en recogerlo en coletas improvisadas o haciéndome unos peinados increíbles.

Me pongo los pantalones del chándal y, chancleteando, me reúno con Filippo en la cocina.

—Buenos días, dormilona —me saluda sirviéndome un vaso de zumo de naranja.

Está listo para salir, va perfumado y vestido con unos pantalones de algodón beis, una camisa celeste y una corbata con estampado de efecto óptico. Por la corbata intuyo que hoy irá al estudio, no a las obras, lo he aprendido ya. Envidio a muerte su eficiencia matutina: comparada con él, parezco una tortuga que se arrastra por la casa.

—Buenos días —contesto restregándome los ojos con un bostezo que casi me disloca la mandíbula. Me siento en el taburete y apoyo los codos sobre la encimera de cemento; el sueño sigue siendo una llamada a la que, creo, no voy a poder resistir. Alzo la mirada hacia los hornillos, donde, dentro de un cacito, está hirviendo ya el agua para mi té. Filippo ha tenido ese detalle conmigo desde la primera mañana en que nos despertamos juntos. Es un gesto pequeño, pero habla por sí solo de él.

Apaga el fuego para que no se salga el agua.

—¿Metes tú la droga? —pregunta.

Sonrío. Filippo sostiene que me coloco a base de té verde y tisanas, y puede que tenga razón: bebo varios litros al día y me gusta comprar todo tipo de variedades. Me acerco al estante y cojo uno de los innumerables tarros llenos de hojas secas. Hoy me apetece una mezcla ayurvédica: té verde con aroma a rosa y vainilla.

—¿Quieres? —intento.

Filippo niega con la cabeza a la vez que bebe a sorbos su café.

—¡Te advierto que está buenísimo! —Le tiendo la caja de latón para que la olfatee.

—Claro, faltaría más… ¿Ahora te dedicas también a traficar? —pregunta acercándosela a la cara con cautela—. Huele a gato muerto —sentencia frunciendo la nariz.

Cabeceo —es una batalla perdida desde el principio— y me siento en el taburete con mi tazón humeante, atenta a no quemarme las manos. Observo a Filippo desde aquí: su cuerpo esbelto y musculoso, su

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