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ZEITOUN

Dave Eggers  

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Fragmento

Viernes, 26 de agosto de 2005

En las noches sin luna, los hombres y muchachos de Yabla, una polvorienta ciudad pesquera de la costa de Siria, cogían los faroles y zarpaban en sus barcas más silenciosas. Cinco o seis embarcaciones pequeñas con dos o tres pescadores cada una. Una milla adentro, disponían las barcas en círculo en el negro mar, largaban las redes y, sosteniendo los faroles por encima del agua, emulaban a la luna.

Al poco rato, los peces, sardinas, empezaban a congregarse y formaban una masa plateada que emergía despacio desde las profundidades. Los peces se sentían atraídos por el plancton y el plancton por la luz. Empezaban a girar como una cadena de eslabones sueltos y durante una hora seguían llegando cada vez en mayor número. Los huecos negros entre los eslabones plateados iban cerrándose hasta que los pescadores solo veían una masa sólida de plata girando bajo el agua.

Abdulrahman Zeitoun tenía solo trece años cuando empezó a pescar sardinas así, con el método conocido como lampara y adoptado de los italianos. Había esperado años para sumarse a los hombres y adolescentes de las barcas nocturnas, años que había dedicado a hacer preguntas. ¿Por qué solo en noches sin luna? Porque, le explicó su hermano Ahmad, las noches de luna llena se veía plancton por todas partes, extendiéndose por todo el mar, y las sardinas descubrían y devoraban sin problemas aquellos organismos relucientes. Pero las noches sin luna los hombres podían fabricarse una luna y atraer a las sardinas a la superficie en concentraciones asombrosas. Tienes que verlo, le contó Ahmad a su hermano pequeño, no has visto nada igual.

Y cuando Abdulrahman vio por primera vez a las sardinas girando en la negritud no podía creerlo, no alcanzaba a creer la belleza de aquella órbita plateada ondulando bajo la luz blanca y dorada de los faroles. No dijo nada, y los demás pescadores también se cuidaban mucho de hacer ruido y remaban sin motores, no fueran a espantar la pesca. Susurraban por encima del mar, bromeando y hablando de mujeres y chicas mientras observaban cómo los peces subían y giraban debajo de ellos. Al cabo de unas horas, una vez listas las sardinas, cuando decenas de miles de ellas destellaban bajo la luz refractada, los pescadores aseguraban la red y la recogían.

Luego encendían los motores para regresar a la orilla y llevaban las sardinas al comprador de la lonja antes del amanecer. El comprador pagaba a hombres y chicos y después vendía el pescado por toda Siria occidental (Latakia, Baniyas, Damasco). Los pescadores se repartían el dinero y Abdulrahman y Ahmad entregaban su parte en casa. Su padre habían muerto el año anterior y su madre no estaba muy bien ni a nivel físico ni mental, de modo que todo lo que ganaban pescando iba al sustento del hogar que compartían con una decena de hermanos y hermanas.

De todos modos a Abdulrahman y Ahmad no les importaba el dinero. Lo habrían hecho gratis.

Treinta y cuatro años después y miles de kilómetros más al oeste, Abdulrahman Zeitoun estaba en la cama un viernes por la mañana alejándose lentamente de la noche sin luna de Yabla, un vago recuerdo atrapado en un sueño matinal. Se encontraba en casa, en Nueva Orleans, y oía a su lado la respiración de su esposa Kathy, exhalaciones no muy distintas del murmullo del agua contra el casco de una barca de madera. Por lo demás, la casa estaba en silencio. Abdulrahman sabía que eran casi las seis y que aquella paz no duraría. La luz matinal solía despertar a los niños en cuanto alcanzaba las ventanas de la segunda planta. Uno de los cuatro abriría los ojos y en adelante los movimientos serían bruscos y la casa se llenaría de ruidos rápidamente. Con un niño despierto, era imposible mantener a los otros tres en la cama.

A Kathy la despertó un golpe en el piso de arriba procedente de los cuartos de los niños. Escuchó con atención, rogando en silencio que la dejaran descansar. Todas las mañanas había un período delicado, entre las seis y las seis y media, en que existía una posibilidad, por remota que fuera, de poder robar otros diez o quince minutos de sueño. Pero entonces oyó otro golpe, el perro ladró y después siguió otro golpe más. ¿Qué estaba pasando? Kathy miró a su marido. Tenía la vista clavada en el techo. El día había nacido entre estruendos.

Como siempre, el teléfono empezó a sonar antes siquiera de que sus pies tocaran el suelo. Kathy y Zeitoun –la mayoría de la gente lo llamaba por el apellido porque no sabía pronunciar el nombre– dirigían una empresa –Contratas y Pinturas Zeitoun S.L.–, y todos los días trabajadores, clientes y cualquiera con un teléfono y el número de los Zeitoun parecían creer que, en cuanto el reloj marcaba las seis y media, se consideraba apropiado telefonear. Y telefoneaban. Por lo general, a las seis y media en punto recibían tantas llamadas que se solapaban unas con otras y la mitad saltaba directamente al contestador automático.

Kathy contestó a la primera, de un cliente de la otra punta de la ciudad, mientras Zeitoun se metía en la ducha. Los viernes siempre eran ajetreados, pero este, visto el mal tiempo que se avecinaba, prometía ser una locura. Hacía una semana que se hablaba de una tormenta tropical que estaba cruzando los cabos de Florida y cabía la posibilidad de que se dirigiera hacia el norte. Aunque cada agosto se presentaba una situación similar y la mayoría de la gente ni se inmutaba, los clientes y amigos más cautos de Kathy y Zeitoun solían tomar precauciones. Llamaban durante toda la mañana para saber si Zeitoun podría entablar puertas y ventanas o si pensaba retirar el material de sus fincas antes de que llegasen los vientos. Los trabajadores querían saber si debían acudir ese día o el siguiente.

–Contratas y Pinturas Zeitoun –dijo Kathy, tratando de parecer despierta.

Era una clienta mayor, una anciana que vivía sola en una mansión del Garden District y que quería que los empleados de Zeitoun fueran a entablar las ventanas.

–Claro, por supuesto –contestó Kathy, pisando con fuerza.

Estaba despierta. Kathy era la secretaria, la contable, la gestora del departamento de crédito y la jefa de relaciones públicas del negocio: se encargaba de todo lo relacionado con la oficina mientras su marido se ocupaba de los edificios y la pintura. Los dos se compensaban bien: el inglés de Zeitoun tenía sus límites, de modo que cuando había que negociar facturas, el deje de Louisiana de Kathy tranquilizaba a los clientes.

Ayudar a los clientes a preparar la casa para la llegada de vendavales formaba parte del trabajo. Kathy no había pensado demasiado en la tormenta de la que hablaba la anciana. Hacía falta algo más que un puñado de árboles derribados en el sur de Florida para llamarle la atención.

–Le mandaremos una cuadrilla esta tarde –le dijo a la mujer.

Kathy y Zeitoun llevaban once años casados. Zeitoun había llegado a Nueva Orleans en 1994, después de pasar por Houston, Baton Rouge y otra media docena de ciudades estadounidenses que había explorado en su juventud. Kathy se había criado en Baton Rouge y estaba acostumbrada a la rutina de los huracanes: la letanía de preparativos, la espera y la vigilancia, los cortes de luz, las velas y las linternas y los cubos para recoger agua de lluvia. Cada agosto pasaban media docena de tormentas y rara vez merecía la pena molestarse por ellas. Esta, llamada Katrina, no iba a ser diferente.

Abajo, Nademah, que con diez años era la segunda por edad, estaba ayudando a preparar el desayuno de las dos pequeñas, Aisha y Safiya, de cinco y siete años respectivamente. Zachary, el hijo de quince años del primer matrimonio de Kathy, ya había salido a reunirse con los amigos antes de clase. Kathy preparaba almuerzos mientras las tres niñas, sentadas a la mesa de la cocina, comían y recitaban escenas de Orgullo y prejuicio con acento británico. Se habían vuelto locas, estaban enamoradas sin remedio de la película. Nademah, de ojos negros, había oído hablar de ella por unas amigas y convencido a Kathy para que comprara el DVD, y desde entonces las tres niñas habían visto la película docenas de veces: cada noche durante dos semanas. Conocían a todos los personajes y todas las líneas de diálogo y habían aprendido a desmayarse como jóvenes aristocráticas. No les había dado tan fuerte desde El fantasma de la ópera, cuando les había atacado la necesidad de cantar todas y cada una de las canciones, en casa, en la escuela o en las escaleras mecánicas del centro comercial, a pleno pulmón.

Zeitoun no estaba seguro de qué era peor. Al entrar en la cocina y ver a sus hijas inclinarse y hacer reverencias y agitar abanicos imaginarios, pensó: Al menos no cantan. Se sirvió un vaso de zumo de naranja mientras contemplaba a sus tres hijas, perplejo. Había crecido en Siria entre siete hermanas, pero ninguna de ellas era tan aficionada al teatro. Sus hijas eran juguetonas, nostálgicas, en casa siempre estaban bailando, saltando de cama en cama, cantando con vibrato impostado, desvaneciéndose. Sin duda, era influencia de Kathy. En realidad su mujer, de gustos y modales infantiles y risueños, también era una niña: le gustaban los videojuegos, Harry Potter y la desconcertante música pop que escuchaban sus hijas. Zeitoun sabía que estaba decidida a darles la infancia despreocupada que a ella se le había negado.

–¿No vas a comer más? –dijo Kathy mirando a su marido, que estaba calzándose, listo para salir.

Era un hombre de cuarenta y siete años, estatura media y constitución fuerte, pero cómo manten

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