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ZOE EN HORIZONTAL

@ZoeSwinger

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Fragmento

 

 

 

 

Acabo de salir de Encuentros VIP. Son las seis y cuarto de la mañana, esta noche me he dejado llevar demasiado. No recuerdo la cantidad de chicos con los que he tenido sexo durante las últimas cinco horas. También chicas, sí: dos, preciosas, divinas. Mi acompañante hace ya rato que se fue a casa. Tenía que trabajar y me dijo que estaba cansado. Comprendo que hay días en que es difícil seguirme el ritmo. Me abrocho el abrigo, el frío de la calle acaricia mi piel con tanta delicadeza como antes lo han hecho decenas de manos.

Caminando por la calle, en el silencio de la madrugada, tengo tiempo de pensar en cómo me siento: por un lado, plena de energía, como si en lugar de gastar la mía hubiese absorbido la de mis ocasionales compañeros. Por otro, sucia, todavía no he conseguido deshacerme de esa sensación. El metro acaba de abrir. Avanzo por la calle medio desierta y el retrovisor de un coche aparcado en la acera me devuelve mi reflejo. Me observo, me escudriño, intento recordar a esa yo tan diferente de hace un año tan solo. Esa persona que hoy no me habría reconocido.

 

 

Me llamo Zoe. Antes era una chica «normal», ahora, por lo visto, soy swinger.

UN AÑO ANTES

 

 

 

Tiene un culo perfecto. No solo es el amor de mi vida, sino que además tiene un culo perfecto. Dicen que el domingo es el día más aburrido de la semana, pero a mí me encanta: es el único que puedo disfrutar entero con mi chico. Llevamos ya diez años pero con nuestros horarios, si sumamos los momentos que pasamos juntos, nuestra relación no pasaría de tres meses. Quizá es por eso que tenemos la ilusión del que todavía está empezando.

Javi gira la cabeza, parece como si hubiera notado mis pupilas clavadas en sus nalgas y, con esa mirada que solo él tiene y que siempre me desarma, me sonríe. Está desnudo de cintura para arriba, y yo, medio dormida y hecha un bicho bola con el edredón, lo contemplo embobada desde la cama. No tiene un cuerpo espectacular, pero es mi chico y a mí me parece el tío más atractivo del mundo.

—¡Buenos días, cariño! —Se acerca y sus labios acarician mi frente—. ¿Qué tal has dormido?

—De maravilla —contesto estirándome como si fuera a desmembrarme—. ¿Y tú?

—Yo también, pero no demasiado. No quería perderme el precioso espectáculo que es verte durmiendo a mi lado —me dice, zalamero. Este quiere algo.

—Anda, eso se lo dirás a todas. Podrías inventarte algo más original conmigo —contesto bromeando.

—Pero ¡no a todas les traigo el desayuno! —Y, como por arte de magia, desliza una bandeja con café recién hecho, zumo de naranja y mis cruasanes favoritos de la pastelería de abajo. Decididamente, quiere algo.

—Pero ¿cuándo te has levantado, si no me he dado ni cuenta?

—Pues ya ves, los pesados del grupo de baloncesto, que no paraban de mandar wasaps porque les faltaba uno a última hora para jugar. Que les ha fallado Carlos. Seguro que salió anoche, como siempre, y se ha quedado dormido. Ya les he dicho que se busquen a otro, que hoy estoy con mi churri —dice con la boca pequeña. Ya sé lo que quiere.

—¿Y ya han encontrado a alguien? —No sé ni para qué pregunto si ya conozco la respuesta.

—Qué va, lo llevan crudo. ¿A quién se le ocurre montar un partido un domingo por la mañana?

—¡Ay, pobres! Oye, si quieres ir a jugar, no pasa nada. De verdad. Pero no te puedes quedar a las cervezas, ¿eh? —le digo mientras pienso que soy una santa.

—No, paso, que para un día que podemos estar juntos, sin nadie que nos moleste… —farfulla todavía con menos convicción que antes.

—De verdad, que no me importa, yo aprovecho y me veo un capítulo de Breaking Bad, que como nunca me esperas, me llevas ya tres de adelanto. Pero te vienes nada más terminar, ¿vale?

—Ummm…, bueno, lo haré por estos, que me dan pena. —Sus ojos se han iluminado de repente.

—Sí, por estos y por ti, que hace ya dos semanas que no juegas y tienes un mono de baloncesto… Eso sí, no gastes muchas energías, que luego te voy a dar cañita de la buena —le digo riendo.

—¡Uy, entonces me voy a mover menos que los ojos de Espinete! Pero ¿hoy no tenemos que ir a comer a casa de tus padres?

—Hoy no. Hoy te libras. Y hasta te dejo ir a jugar. Si es que claro, me traes el desayuno a la cama y me ablando… Pero ¡no te acostumbres!

—¡Pues salgo corriendo, que ya no llego! —Su cara es la de un niño al que le han dado permiso para salir al recreo.

—Si es que sabías que te iba a decir que sí. Me conoces demasiado.

—Y tú a mí…, y tú a mí.

Me regala un beso delicado y comienza a ponerse la ropa. Me encanta verlo vestirse, casi tanto como desvestirse. Cuando termina, me guiña un ojo desde la puerta y se marcha con su mochila al hombro a echar su partido de baloncesto. ¡Son tan simples! A veces pienso que nuestro perrito Genaro y él no se diferencian demasiado: son felices con un poco de comida, una pelotita tras la que correr y de vez en cuando a menear la cola.

Empiezo a desayunar mientras escucho Band Of Horses en el ordenador. Es mi momento del día y, sin embargo, soy tan gilipollas que ya echo de menos a Javi. ¡Mierda! Suena el teléfono. Y no es el móvil, que lo tengo apagado para que nadie me moleste. Es el fijo, por lo que no puede ser otra que la pesada de mi madre.

—¡Hola, cariño, buenos días! ¿Qué tal has amanecido? —me dice con su voz chillona.

—Hola, mamá… pues bien. —Hasta que llamaste tú—. Aquí, desayunando.

—Tan tranquilita con Javier, ¿no? ¿Por qué no venís luego a comer?

—Pero si ya te he dicho que no, que este finde lo queríamos entero para nosotros…

—Pero es que vienen todos tus hermanos y tú vas a ser la única que no estés… —Mi madre, como todas las madres, es una especialista en el chantaje emocional.

—Que no, mamá, que vamos todos los domingos. Por uno que no vayamos no pasa nada. Que al pobre Javi lo tengo hartito.

—Pero si voy a preparar cocido, que sabes que le encanta.

—Que no, mamá, no insistas —añado firmeza al tono para dar por zanjada la cuestión.

—Está bien. Oye, dile a Javier que se ponga, que le quiere preguntar Miguel una cosa del ordenador.

—No está ahora, se acaba de ir a jugar al baloncesto.

—Hija, no te entiendo, o sea que no vienes para estar con él y se va a jugar con sus amigos. Tiene un vicio que no veas con el deporte ese. Yo creo que le consientes demasiado. —Ahí lleva razón.

—Y a ti, mamá. A ti sí que te consiento demasiado. Venga, un beso, que estoy desayunando. Dales recuerdos a todos.

—Está bien, hija mía, un beso, anda. Que siempre parece que molestamos. —Otra vez chantaje emocional. Si no, no sería ella.

—Un beso.

Vuelve la paz. Mi madre tiene una maravillosa capacidad para conseguir crisparme incluso cuando, como ahora, más tranqui

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