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ZORRAS

Noemí Casquet  

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Fragmento

I

Que lo sepa el mundo

Estoy entre dos cuerpos. Siento la cama mullida bajo mis rodillas. El sabor de sus labios en mis comisuras. Cierro los ojos. Debes dejarte llevar, Alicia. La música suena de fondo, apenas se percibe. Los gemidos de la sala hacen eco y forman parte del nuevo hilo musical. Es excitante oír a otras personas follando y oler los fluidos y las feromonas. Yo estoy a punto de hacer lo mismo.

Uno de ellos me acaricia la piel con suavidad. «Cuántas pecas tienes», me dice. Pienso en Diego. No. Hoy no.

Los dos tienen un cuerpazo. Están fibrados, sí, pero con armonía. La piel morena de uno contrasta con la piel clara del otro. Café con leche.

Me beso con el que está a mi espalda. Giro el cuello tanto como puedo. El otro me lo lame.

Es un baño de cuerpos, tacto y estímulos. Invaden mi espacio. Estoy rodeada. Me abrazan. Volteo la cabeza. Los beso. Nos peleamos con las lenguas. Llenamos nuestros labios de saliva. Un contacto que casi no me deja respirar. Jadeo. El de la piel blanca sella mi espalda con su boca. Recorre mi columna. Puedo sentir sus pollas (sí, en plural) debajo de las toallas.

Las manos de uno se acercan de forma sigilosa a mi entrepierna. Me masturba por encima de la toalla. Las lenguas siguen lamiéndome. Un dedo se cuela por debajo de la tela. Y ahí está, mi coño. Lo toca con delicadeza. Suspiro.

—¿Estás preparada? —me susurra uno.

Joder, ¿lo estoy?

Me quita la toalla. Esta cae en la enorme cama blanca. No hay contraste. Me lame las tetas. El otro sigue empujándome por detrás. Me masturba con ganas. Estoy entrando en un túnel de placer. Sé cómo termina. Quiero alargarlo al máximo. No quiero correrme tan pronto.

Les cojo la polla. Una en cada mano. Lo siento por aquella a la que le haya tocado la izquierda. Los masturbo. El calor de sus torsos. Me gimen, uno en cada oreja. Se me eriza la piel. Hay una mano en mi coño. Somos un puzle de extremidades.

Entre los dos me tumban en la cama. Y justo ahí, delante de mí, se lían. Se tocan. Se sienten. Son bisexuales. Pido un deseo. Esto es como una estrella fugaz: no se ve todos los días (por desgracia).

Me pone muy cachonda verlos comerse la boca con tantas ganas. Al cabo de un rato, se separan. Clavan su mirada en mí. Me abren las piernas. Mi coño queda expuesto. Cierro los ojos. Cada uno me besa el interior de un muslo hasta acercarse a la fuente de mis humedades. Una lengua, luego otra. No me lo puedo creer. ¿Me están comiendo los dos a la vez? El placer elevado al cuadrado. Se coordinan demasiado bien. Debe de ser la experiencia. Uno me lame el clítoris. El otro me penetra con la lengua. Intercambian posiciones, se mueven con facilidad por los pliegues. Y yo gimo. Entreabro los ojos. Veo un desconocido observando tras la cortina. Me da tanto morbo que exagero mi excitación. Soy la protagonista de una película porno. De porno molón, no del machista.

Agarro las dos cabezas por el pelo. Las oprimo contra mi coño. Muevo la pelvis. Estoy a punto de explotar. Hago que se besen. Tengo el control. Siguen lamiendo, se vuelven locos. Ya no aguanto más. A tomar por culo: me dejo llevar. Siento cómo sube la excitación por cada átomo de mi ser. Los gemidos se intensifican. Alguien se lo está pasando muy bien al otro lado de la sala. Yo le hago la competencia. Ellos no paran. Y veo esa luz. Me invade. Gimo. Grito. Me hundo.

Contracciones. Placer. Liberación.

Pienso en dónde estaba hace un mes y en cómo he llegado hasta aquí.

En ese momento en que dije «Basta. Ya no más».

Sin el club, esto no habría sido posible. Me alegra tenerlas.

A ellas.

II

La mancha en el techo

Nunca me había fijado en la mancha de humedad que hay en el techo. Lo invade por completo, aferrándose al gotelé de una pared vieja y mal pintada. Parece una cabra, o un paisaje, no sé. Aunque si me fijo mejor, creo que es el universo diciéndome que salga de aquí. Pero ¿de aquí de dónde?

¿Esa mancha es problema del casero o mío? Vale, supongamos que es mío: ¿cómo coño se limpia una mancha de humedad? Dar una capa de pintura es tapar el problema con una solución rápida. Qué novedad, como si no hubieses estado haciendo eso toda tu puta vida, Alicia.

La cama rebota contra la pared y cada golpe hace que el techo se desconche un poco más. Diego sigue ahí, sudando demasiado y gimiendo como un oso pardo reclamando comida. Clava su pelvis contra la mía. Su polla entra y sale. Diego tiene la capacidad de quitarle la magia al sexo. ¿Cómo me voy a concentrar con esa mancha de humedad con forma de cabra mirándome desde el techo? ¿O con la señal divina del universo diciéndome que me largue lejos de aquí? Eso me lleva a plantearme lo siguiente: si Dios está en todas partes, ¿qué opinará de este polvo que estoy echando? ¿Será un castigo? ¿Estoy condenada a esto?

Un trozo de pintura blanco e irregular cae a pocos centímetros de mí y hace que desvíe la mirada hacia las sábanas. Diego las aprieta con fuerza y las arruga mientras suenan de fondo los gruñidos de este apareamiento digno de algún documental soporífero de esos que te inducen a la siesta un domingo por la tarde. Las venas se le marcan como ramas bajo la piel y a mí me invade una sensación nostálgica al recordar lo que un día fue el sexo con él. Llevamos ya cinco años de relación. Por supuesto, entiendo que las parejas caigan en la monotonía, pero ¿cómo será cuando pasen otros cinco años? Ya no recuerdo lo que son la pasión, el deseo, la sensación de adrenalina al adentrarse en un mundo desconocido y novedoso. Intento pensar en la última ve

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