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Por primera vez, despu√©s de treinta a√Īos de exitosa carrera literaria, Arturo P√©rez-Reverte aborda de forma directa, en una espl√©ndida novela, el episodio m√°s trascendental de la historia reciente de Espa√Īa, la Guerra Civil, para contar la memoria de nuestros padres y abuelos, que es nuestra propia historia.

¬†En la noche del 24 al 25 de julio de 1938, durante la batalla del Ebro, 2.890 hombres y 14 mujeres de la XI Brigada Mixta del ej√©rcito de la Rep√ļblica cruzan el r√≠o para establecer la cabeza de puente de Castellets del Segre, donde combatir√°n durante diez d√≠as. Sin embargo, ni Castellets, ni la XI Brigada, ni las tropas que se le enfrentan en L√≠nea de fuego existieron nunca. Las unidades militares, los lugares y los personajes que en esta novela aparecen son ficticios, aunque no lo sean los hechos ni los nombres reales en que se inspiran. Fue exactamente as√≠ como padres, abuelos y familiares de numerosos espa√Īoles de hoy combatieron en ambos bandos durante aquellos d√≠as y aquellos tr√°gicos a√Īos. La batalla del Ebro fue la m√°s dura y sangrienta de cuantas se han librado en nuestro suelo, y sobre ella hay abundante documentaci√≥n, partes de guerra y testimonios personales. Con todo eso, combinando rigor e invenci√≥n, el autor m√°s le√≠do de la literatura espa√Īola actual ha construido, no ya una novela sobre la Guerra Civil, sino una formidable novela de hombres y mujeres en cualquier guerra: un relato ecu√°nime y fascinante donde se recupera la memoria de nuestros padres y abuelos, que es tambi√©n nuestra propia historia.

Con L√≠nea de fuego, Arturo P√©rez-Reverte sit√ļa con sobrecogedor realismo al lector entre quienes, voluntarios o a la fuerza, estuvieron no en la retaguardia, sino peleando en ambos bandos en los frentes de batalla. En Espa√Īa se han escrito muchas y excelentes novelas sobre esa contienda desde distintas posiciones ideol√≥gicas, pero ninguna como √©sta. Nunca antes la Guerra Civil se hab√≠a contado as√≠.

 

¬ęCubr√≠ varias de ellas como reportero, y hay un momento en que descubres que una guerra civil no es la lucha del bien contra el mal... S√≥lo el horror enfrentado a otro horror.¬Ľ

Arturo Pérez-Reverte

 

¬ęArturo P√©rez-Reverte sabe c√≥mo retener al lector a cada vuelta de p√°gina.¬Ľ¬†

The New York Times Book Review

 

Así empieza Línea de fuego

Son las 00:15 y no hay luna.

Agachadas en la oscuridad, inmóviles y en silencio, las catorce mujeres de la sección de transmisiones observan el denso desfile de sombras que se dirige a la orilla del río.

No se oye ni una voz, ni un susurro. Sólo el sonido de los pasos, cientos de ellos, en la tierra mojada por el relente nocturno; y a veces, el leve entrechocar metálico de fusiles, bayonetas, cascos de acero y cantimploras.

El discurrir de sombras parece interminable.

Hace más de una hora que la sección permanece en el mismo lugar, al resguardo de la tapia de una casa en ruinas, esperando su turno para ponerse en marcha. Obedientes a las órdenes recibidas, nadie fuma, nadie habla y apenas se mueven.

La soldado m√°s joven tiene diecinueve a√Īos y la mayor, cuarenta y tres. Ninguna de ellas lleva fusil ni correaje como las milicianas que tanto gustan a los fot√≥grafos de la prensa extranjera y ya nunca pisan los frentes de verdad. A estas alturas de la guerra, eso es propaganda y folklore. Las catorce de transmisiones son gente seria: cargan una pistola Tokarev al cinto y, a la espalda, pesadas mochilas con material t√©cnico o gruesas bobinas de cable de tel√©fono. Todas son voluntarias en buena forma f√≠sica, disciplinadas, comunistas de militancia y con carnet del partido: operadoras y enlaces de √©lite formadas en Mosc√ļ o por instructores sovi√©ticos en la escuela Vladimir Ilich de Madrid. Tambi√©n son las √ļnicas de su sexo adscritas a la XI Brigada Mixta para el cruce del r√≠o. Su misi√≥n no es combatir directamente sino asegurar, bajo el fuego enemigo, las comunicaciones en la cabeza de puente que el ej√©rcito republicano pretende establecer en el sector de Castellets del Segre.

Dolorida por las cinchas del armaz√≥n que lleva a la espalda con una bobina de cien metros de cable telef√≥nico, Patricia Monz√≥n¬† -sus compa√Īeras la llaman Pato- cambia de postura para aliviar el peso en los hombros. Est√° sentada en el suelo, recostada en su propia carga, contemplando el discurrir de sombras que se dirigen al combate que a√ļn no ha empezado. La humedad de la noche, intensificada por el r√≠o cercano, le moja la ropa. Como la bobina y la manta que lleva terciada no dejan espacio para mochila ni macuto -se enviar√°n con el segundo escal√≥n, les han prometido-, viste un gastado mono de sarga azul con grandes bolsillos llenos de lo imprescindible: paquete de cura individual, una tira cortada de neum√°tico para detener hemorragias, un pa√Īuelo, dos paquetes de Luquis y un chisquero de mecha, documentaci√≥n personal, el croquis a ciclostil de la zona que les reparti√≥ el comisario de la brigada, un par de calcetines y unas bragas de repuesto, tres pa√Īos y algod√≥n por si viene la regla, media pastilla de jab√≥n, una de chocolate, una lata de sardinas, un chusco de pan duro, el manual t√©cnico de transmisiones de campa√Īa, un cepillo de dientes, un palito para apretar en la boca durante los bombardeos y una navaja suiza con cachas de asta.

-Estad atentas... Nos vamos en seguida.

El susurro circula entre la sección. Pato Monzón se pasa la lengua por los labios, respira hondo, vuelve a cambiar de postura acomodándose mejor las cinchas en los hombros, y al alzar el rostro para mirar el cielo la borla del gorrillo le roza las cejas. Nunca en su vida había visto tantas estrellas juntas.

Es su primera acci√≥n de combate real, pero se beneficia de experiencias ajenas. Lo mismo que la mayor parte de sus compa√Īeras, cuando hace cuarenta y ocho horas supo que su destino estaba al otro lado del Ebro se hizo rapar el pelo por dos razones de importancia: que no se vea de lejos que es mujer, y reducir en los pr√≥ximos d√≠as, poco favorables a la higiene, la posibilidad de que le aniden piojos u otros par√°sitos. A sus veintisiete a√Īos eso le da un aspecto andr√≥gino, de muchacho, acentuado por el gorrillo cuartelero, el mono azul, el cinto de cuero con cantimplora, cartuchera con pistola y dos cargadores, y las botas rusas de clavos recibidas una semana atr√°s, tan nuevas que a√ļn le hacen ampollas en los talones. Por eso las lleva colgadas del cuello por los cordones, y como casi todas sus compa√Īeras calza alpargatas de suela de esparto atadas con cintas a los tobillos.

-En pie, venga... Ahora nos vamos de verdad. Formad en fila de a una.

-Resoplidos, murmullos, sonido de equipos, roces con las compa√Īeras en la oscuridad al agruparse puestas en pie. Se tocan unas a otras para formar fila a lo largo de la tapia, sin m√°s orden que el azar.

-Andando, y sin hacer ruido -se oye susurrar-. Los fascistas a√ļn no se han enterado de la que les viene encima.

-¬ŅYa empezaron a cruzar los nuestros?

-Hace rato... Nadadores con bombas de mano y equipo ligero sobre neum√°ticos de coche hinchados. Los vimos pasar anoche.

-Vaya tíos. Hay que tener valor para remojarse de esa manera, en una noche y un lugar así.

-Pues todavía no se oye nada al otro lado.

-√Čsa es buena se√Īal.

-Con tal de que dure hasta que estemos allí...

-Vale ya. Cerrad la boca.

La √ļltima orden, malhumorada, proviene de la sargento de milicias Exp√≥sito. Reconoce Pato f√°cilmente su voz entre las otras: ronca, cortante, con malas pulgas. Se trata de una comunista seca y dura, de la primera hora. La de m√°s graduaci√≥n y edad de la secci√≥n. Estuvo en el asalto al Cuartel de la Monta√Īa y en la defensa de Madrid y luego se form√≥ durante un mes en la Uni√≥n Sovi√©tica. Viuda de un sindicalista muerto en Somosierra en julio del 36.

-¬ŅA√ļn estamos lejos del r√≠o? -pregunta alguien.

-Que os call√©is, co√Īo.

Caminan en la oscuridad procurando no tropezar, pegada cada una a la compa√Īera que la precede. La √ļnica luz es la de las estrellas que sobre sus cabezas cuajan la noche.

 

Arturo P√©rez-Reverte naci√≥ en Cartagena, Espa√Īa, en 1951. Fue reportero de guerra durante veinti√ļn a√Īos, en los que cubri√≥ siete guerras civiles en √Āfrica, Am√©rica y Europa para los diarios y la televisi√≥n. Con m√°s de veinte millones de lectores en todo el mundo, muchas de sus novelas han sido llevadas al cine y la televisi√≥n. Hoy comparte su vida entre la literatura, el mar y la navegaci√≥n. Es miembro de la Real Academia Espa√Īola.

 

 

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