Loading...

Noticia

«¿Para qué aprender a sumar si puedo utilizar la calculadora?»

«¿Por qué aprendérmelo de memoria si lo puedo consultar en internet siempre que quiera?»

«¿Para qué hacer la ruta si puedo subir en telesilla hasta la cima de la montaña?»

Reconócelo, tú eres adulto y muchas veces has dicho o pensado frases de este tipo. Has recurrido al camino fácil, al que exige el mínimo esfuerzo, al atajo y a la opción más sencilla de todas las que tenías delante. Puede haber sido por falta de tiempo, falta de interés o bien por simple pereza. Los motivos son lo de menos.

Si tú mismo utilizas estas excusas para no esforzarte, ¿por qué lo va a hacer un niño? Ellos viven más alejados de las obligaciones de lo que lo hacemos los adultos y cuando no ven claro el objetivo o la meta, tienden a hacerse los remolones. Es entonces cuando empieza el turno de las preguntas con difícil respuesta como, por ejemplo, una de las más frecuentes entre los más pequeños: «¿qué voy a conseguir con ello?».

Explicar a un niño lo que es el esfuerzo es muy complicado ya que no es algo tangible, al igual que ocurre con la suerte. Son dos conceptos que les transmitimos en su día a día pero que no solemos ejemplificar correctamente. ¿Cómo puedes, por ejemplo, hacerles entender que la suerte no existe, sino que es esencial trabajarla y buscarla para que esta aparezca? Ya lo decía Picasso, «la inspiración existe, pero tiene que encontrarte trabajando». Pero entonces surgiría otra nueva batería de preguntas acerca de ese señor de bigote raro. No vamos a mezclar temas.

Es esencial enseñarles a valorar el esfuerzo y a saber diferenciarlo de la suerte. En el libro Papá, quiero tener suerte se tratan ambos conceptos a través de una historia cercana y muy fácil de entender para los más pequeños. El punto clave del cuento son los tréboles de cuatro hojas, un símbolo de la buena suerte desde tiempo inmemoriales que resulta tan intrigante como difícil de encontrar. De hecho, se calcula que existe un trébol de cuatro hojas por cada 10.000 tréboles foliolos o de tres hojas.  

«Todo el mundo sabe que los tréboles de cuatro hojas traen suerte,

pero pocos la encuentran porque no buscan o no saben que cuesta mucho tiempo»

Si quieres que tus hijos empiecen a valorar el esfuerzo, te damos varios consejos o razones que podrás transmitirles para que reflexionen sobre ellas:

  • Quien no busca, no encuentra. Debes enseñarles que cuando algo les sale bien, no es cuestión de suerte. Y que cuando les sale mal, no es una injusticia. El bien y el mal no dependen de las situaciones externas sino del trabajo y tiempo que cada uno dedique a esa acción en concreto. Los niños suelen confundir la suerte con el esfuerzo.
  • Puedes explicarles que existen dos tipos de suerte: la buena suerte corta, como cuando te toca un premio o ganas la lotería. Es un tipo de suerte que dura muy poco y solo ocurre de manera esporádica. Y la suerte para siempre que se consigue con el esfuerzo y practicando. No se toca bien el piano desde el primer día que vas a clase de música, sino que necesitas un proceso de aprendizaje para tocarlo bien. Al igual que tus mejores amigos no lo son el primer día que los conoces, sino después de jugar muchas veces con ellos.
  • Hay que aprender a saber esperar. Cuando menos te lo esperas, lo consigues. Pero no como consecuencia de la suerte sino del trabajo duro que hemos hecho previamente. Como dice el protagonista del cuento: «Estaba tan preocupado y nervioso por encontrarlo que no era capaz de verlo». Puede que lo tuvieras justo delante y que lo quisieras y desearas con todas tus fuerzas, pero también tienes que esforzarte. 
  • En el camino también se aprende. En muchas ocasiones, cuando crees que te falta la suerte y te falta poco para conseguirlo es cuando más estás aprendiendo. Cuando estás enfadado contigo mismo y cegado porque las cosas no te salen como tú quieres, aunque no lo parezca, estás aprendiendo.

Gabriel y Adrián son los dos hermanos autores de este cuento. Ellos han creado la historia con la ayuda de sus padres y también han hecho los dibujos que ilustran el cuento, al igual que hicieron con su primer y exitoso libro Mamá, hay un monstruo en mi cabeza. Al final del cuento hay unas instrucciones para que los niños que lo lean puedan inventarse su propia historia en familia, al igual que lo hacen ellos.

Compártelo: