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Noticia

Prólogo por Jesús Méndez

Diría que la idea de este libro nació, sin proponérselo, en abril de 2016. Eran los primeros meses de una sección llamada «Aquí hay ciencia», en el suplemento Tercer Milenio del periódico Heraldo de Aragón. La idea, de la que participaba, era inmiscuir la ciencia en la actualidad: tomar noticias, sucesos del día a día y explorar la parte científica que escondían detrás.

Esa vez - como tantas otras - no fui demasiado original. Se acercaba el 23 de abril, el día del Libro, y la elección más obvia era hacer una lista con recomendaciones. Si la sección se llamaba «Aquí hay ciencia», el artículo sería sobre libros de divulgación científica. Un trabajo directo y fácil, aparentemente sencillo y lineal. Un atajo en las horas.

Solo que la frase «un atajo en las horas» no suele aparecer en los libros de divulgación ni en las listas que los recomiendan. Y la ciencia, al menos explícitamente, casi nunca figura ni pesa en los cuentos y novelas, en los libros de ficción. Pensé -  miento: escribí algo que llevaba tiempo pensando, luego quizá también miente la primera línea de este prólogo -  que hay muchos libros de ciencia ficción pero que en ellos el escenario es en general imaginario, futurista o distópico; que la ciencia - o lo que esta se encarga de estudiar - nos rodea y conforma pero no hay apenas literatura que la considere dentro de un paisaje habitual, como motor interno; que, al mismo tiempo, hay multitud de libros de divulgación científica pero en esencia son explicativos, instructivos, que escasean ejemplos que usen con convicción las armas y herramientas de la narrativa o la literatura.

Que si el «nuevo periodismo» comenzó a usar en su día lo que se llamó literatura de no ficción, la ciencia es un terreno riquísimo para aprovechar todos o parte de sus recursos (sin desdeñar las explicaciones, claro está, sino incluyéndolas).

Al final, el artículo incluyó una lista-cruzada donde se alternaban libros de divulgación particularmente narrativos con otros propiamente literarios, en los que la ciencia era referente o protagonista. Entre ellos, por ejemplo, Sábado, la novela de Ian McEwan que funciona como la crónica de un día (cual Ulises de Joyce) en la vida de un neurocirujano en Londres y donde se dice: «Un hombre que trata de aliviar las calamidades de mentes deficientes reparando cerebros no tiene más remedio que respetar el mundo material, sus límites y lo que sostienen: la consciencia, nada menos. Lo cual sobrecoge, pero también merece curiosidad; el desafío debería ser lo real, no lo mágico».

O Piezas en fuga, la primera novela de la poeta canadiense Anne Michaels, que incluye párrafos como este: «Sentir la influencia de los muertos en el mundo no es ninguna metáfora, de igual modo que no es ninguna metáfora escuchar el cronómetro de radiocarbono, el contador Geiger amplificando la débil respiración de una roca de cincuenta mil años de edad».

No se trataba de negar las diferencias entre ciencias y letras (uno sabe perfectamente si está leyendo la introducción de una tesis doctoral o, muchos años después, el comienzo de Cien años de soledad), sino de destacar su relación. La ciencia tiene una esencia narrativa incluso para los propios científicos, o como dice la profesora de filología Amelia Gamoneda, «no existen compartimentos estancos para pensar la ciencia o para pensar la literatura en nuestro cerebro». Aunque hace ya sesenta años que venimos hablando de la tercera cultura, el puente que pretendía salvar el abismo entre ciencia y letras, el concepto no parece haber terminado de hacerse viral.

La idea de este libro viene exactamente de ese artículo, de esa lista-cruzada. Con el proyecto en mente viajé hasta Alicante para reunirme con Francisco Mojica, el descubridor de las secuencias CRISPR, el germen de lo que es ya la revolución genética. Hay una historia fascinante en sus implicaciones, en lo que conllevan y lo que nos obligan a plantearnos, pero también la hay en el propio descubrimiento. Hay una ciencia que es narrativa en sus extensiones, pero también en su germen y desarrollo.

Ese texto se convertiría en el primer capítulo de este libro. Para el resto contacté con otras personas capaces de cubrir distintas temáticas con diferentes voces y estilos, ya fueran más cercanas al periodismo, la poesía o la narrativa. Tuve el privilegio y la inmensa suerte de que aceptaran y de poder compartir páginas, ideas y proyecto con ellos. Con el bioquímico y periodista Pere Estupinyà, que conversa con Pedro Duque sobre la ciencia y la intimidad de su primer viaje espacial; con el periodista Javier Salas, que ha compuesto un texto sobre las pseudociencias entre la experiencia directa y las razones comunes para creer en lo irracional; con el astrofísico, poeta y periodista Sergio C. Fanjul, que traza un viaje desde el origen de la física cuántica, pasando por nuestros teléfonos móviles y Silicon Valley, hasta acariciar unos ordenadores de potencia y promesas incalculables; con Belén Gopegui, que cierra el libro y el círculo, al ser ella una de las novelistas incluidas en aquella lista alterna y cruzada. Por entonces aún no había publicado Quédate este día y esta noche conmigo, su más reciente novela, una suerte de currículum narrativo con destino Google y su algoritmo. Su relato aquí incluido, «El conocimiento es azul como una naranja», funciona como su continuación y complemento.

El libro y el proyecto lo hemos llamado Ciencia sin ficción. No se escapa a nuestra atención (que dirían los descubridores de la doble hélice del ADN, Watson y Crick) que hay al menos un texto básicamente ficticio. Tampoco que ningún nombre contiene en sí toda su explicación. Ciencia sin ficción debe entenderse como el uso de algunos recursos más propios de la narrativa y la literatura para contar la ciencia real, pero también para resaltar una ficción que integra a lo científico sin la necesidad de acudir a un imaginario distante, futurista o distópico; que se aleja, sin desmerecerla, de la ciencia ficción más canónica. 
La empresa quizá parezca un tanto insolente, pero no la pensamos así. Es más bien una declaración de intenciones, un punto de partida.  O, mejor, una carpeta naranja, una etiqueta de reunión.

Es su turno decidir si hemos conseguido lo que nos proponíamos.

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