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Queremos que nuestros hijos sean médicos, profesores, abogados o artistas. Profesionales reconocidos en sus campos. Procuramos que tengan éxito y que sean un espejo en el que otras personas puedan mirarse, un ejemplo a seguir. Y deseamos lo mejor para ellos invirtiendo recursos, todos los que están a nuestro alcance, para que sus necesidades estén cubiertas y obtengan además la educación adecuada.

Todo lo anterior es cierto, pero en realidad, lo que nos preocupa a los padres es que nuestros hijos sean buenas personas. Por lo que realmente nos esforzamos es por sentir que les hemos educado bien y tener la tranquilidad de saber que siempre actuarán de la forma correcta o en su defecto, de la mejor manera posible.

Cuando somos adultos evocamos recuerdos de nuestra infancia, y nos enorgullecemos al realizar una buena acción con la tan repetida frase: «esto lo aprendí de mis padres». Y es cierto que en infinidad de ocasiones, nuestro comportamiento adulto nos recuerda a patrones de conducta de nuestros padres. Y no solo nos referimos a ventilar la casa a primera hora de la mañana en pleno invierno o a dejar los cojines del salón ordenados y mullidos antes de irnos a la cama, que también, sino a otro tipo de acciones mucho más enriquecedoras que conforman nuestra personalidad. Nos referimos a los valores.



Los valores son esas características de índole moral que representan a cada una de las personas
, que nos ayudan a vivir en una sociedad más armoniosa y que son altamente positivas en la comunidad general, independientemente del origen cultural, la localización geográfica, el sexo, la religión o la formación académica que hayamos recibido. Te dejamos algunos ejemplos de valores humanos:

  • La gratitud es la capacidad de reconocer el servicio de ayuda que alguien haga por nosotros. Y no es solo dar las gracias de palabra, es corresponder a la persona por esa atención que hemos recibido.
  • El respeto no es tratar de usted a las personas mayores. Es valorar las necesidades ajenas. Y si lo extrapolamos al medio ambiente, es ser conocedores de nuestro impacto en todas las cosas y seres que forman parte de la naturaleza y actuar evitando el daño o deterioro de todo aquello que nos rodea.
  • La paciencia es la capacidad de soportar de forma serena las situaciones adversas y que interfieren directamente en la resolución de lo que teníamos planificado.
  • La empatía es la facultad de ponerse en el lugar del otro, entender sus circunstancias y sentimientos y comprender qué necesidades tiene.

La labor de una madre y un padre es educar a sus hijos de la mejor manera posible haciendo uso de las maneras que tengamos a nuestra disposición, pero algunas cosas, como los valores, se aprenden en casa, sin libros y con exámenes que duran toda la vida, por eso es tan importante empezar con estas enseñanzas desde que son pequeños. 
Hemos de ser un ejemplo actuando de forma que ellos asuman esos comportamientos como algo natural, y además, explicar en cada situación el por qué actuamos de una manera u otra adaptando nuestro lenguaje a su nivel de comprensión.

En muchas ocasiones, no encontramos las palabras adecuadas para hacerles entender o impartirles una enseñanza, pero encontramos la forma de hacerlo a través de los cuentos, en los que con personajes como el Duende Azul, entienden en qué han errado y cuál es la solución.

El Duende Azul es el protagonista de Pequeños cuentos con grandes valores. La conciencia aparece adoptando la forma de este simpático duende que ayuda a los niños a entender sus actitudes equívocas y cómo estas afectan a los sentimientos y emociones de los demás.


En 10 cuentos cortos con diferentes situaciones, los padres tenemos la ayuda para hacerles entender el significado de algunos valores y cómo ponerlos en práctica, no solo para ayudar a los demás a ser más felices, sino para asegurarnos de estar educando a futuras buenas personas.

 

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